Diario de una anoréxica
Esta historia va dedicada a todas las personas que habiendo sufrido anorexia han sabido salir de ella. Especialmente, a las q como mi madre, la tuvieron en una época en la que esa palabra no se conocía y no se sabía como tratarla. Y es también una critica contra las tiendas de ropa que no tienen tallas mayores de la 42.
Bueno, espero que os guste...
Estoy en un hospital, y ni tan siquiera recuerdo que ha pasado. Lo único que recuerdo es que iba por la calle y que todo se volvió completamente negro.
Un doctor ha entrado y me ha comentado que padezco una enfermedad llamada “anorexia” y que a eso se ha debido mi desmayo... y mientras ese hombre sale de la habitación, me he quedado contemplando el techo y recordando como comenzó todo.
Tenía dieciséis años y pesaba unos 69 kilogramos, nunca me había importado mi peso aunque la gente me tachase de “gorda”, “elefante” o “ballena”. Era mi cuerpo y lo aceptaba.
Pero ese día, tenía que comprarme ropa. Lo recuerdo como si fuera ayer. Entre contenta a la tienda, y fui mirando las tallas. Las que eran de mi talla, me quedaban pequeñas. Y el resto eran mucho menores.
Salió de ese infierno llorando y pensando que lo mejor sería que empezara a hacer dieta, pues así no podía seguir.
Cuando llegue a mi casa, en vez de hacer lo que hacía cada día, comer algo caliente, cogí y me prepare una sencilla infusión y un poquito de queso.
En mi mente no cabía la idea de que la anorexia podía tocarme a mi. Creo que, como todo el mundo, pensaba que era imposible que a mi me pasara.
Y con ese orgullo que tenemos todas las que aún estamos dentro de la adolescencia, aunque casi la hayamos terminado, comencé a dejar de comer.
Si bien el primer día por la noche comí un bocadillo, muy pequeñito eso sí, era algo que tenía en el estomago cuando me acosté.
Pero realmente no sé como llego el día en que, para desayunar, no tomaba nada. Y que la comida la hacía con una simple infusión de té. Ya por la noche, me acostaba antes de que llegaran mis padres.
Algo que nunca imagine, que podría mentirles y que no se dieran cuenta, fue lo que paso entonces. Siempre me preguntaban si había cenado y yo les decía que sí, por supuesto que he comido.
Mi madre miraba la olla, pero claro, yo había cogido un plato y lo había tirado. De este modo era imposible que ella descubriera mi engaño.
Y mientras yo iba perdiendo peso, comencé a ponerme ropa más amplia para que no descubrieran mi secreto... no sé como, pero creo que empezaron a sospechar.
A pesar de que mi madre solía quedarse a mi lado a la hora de comer, le era imposible controlar que yo no me metiera los dedos y sacara de mi estomago aquello que no deseaba.
Un día, contemplándome en el espejo, tome la decisión de que cuando pusiera mis brazos laxos al lado de mi cuerpo, no debería verse nada ni por delante ni por detrás.
Así que poco a poco me conduje a este momento, en el que mi vida pende casi de un hilo, pues mi estomago se ha cerrado.
Una siquiatra ha entrado a los pocos minutos de salir el medico y ha comenzado a hablarme y esplicarme todas las causas por las que mi vida puede terminar tan rápidamente y con tanto dolor que incluso deseare morir antes de que llegue mi hora.
¡No quiero morir! Pero... tampoco sé como lograre sanarme de esta maldita enfermedad psicológica.
Me han prohibido tener contacto con nadie del exterior desde que salí del hospital y entre en un lugar especializado para gente con mi mismo problema.
Veo a chicas que están en estados mucho más avanzados de esta enfermedad y a otras que no desean luchar contra ella.
¡Pero yo si quiero! Aunque, ¿cómo hacerlo? ¿de que forma lograre salir del infierno al que me tire de cabeza sin siquiera saberlo?
Los días van pasando, parecen eternos. Deseo estar con mi familia.
Aquí soy controlada constantemente después de cada comida, me impiden ir al servicio hasta que hayan pasado más de dos horas desde que algo de consistencia entro en mi estomago.
Pero aunque trato de evitarlo, hay veces en las que no quiero comer. Aunque mi mente racional me dice que si quiero vivir tengo que comer, hay otra parte que no quiere.
En cierto modo, es como si esa parte se hubiera rendido casi antes de comenzar.
No puedo creerlo. He conseguido engordar un kilo, ahora peso 35.
Poco a poco, voy saliendo de este infierno sin sentido. Me esta constando mucho, pero estoy dispuesta a luchar con todas mis fuerzas hasta que lo logre pues no quiero terminar como están algunas de estas chicas.
Han pasado tres meses y, al menos es lo que dicen los psicólogos, estoy mucho mejor. Mi estomago vuelve a estar abierto y dentro de poco podré ver a mi familia, aunque no me permitan salir de aquí.
Un año, y por fin puedo salir a la calle. Mis labios se curvan en una sonrisa, aunque sé que nunca podré estar completamente tranquila pues en cualquier momento esta enfermedad podría volver a por mi.
Sé que evadí a la muerte por muy poco, pero no estoy dispuesta a desperdiciar la segunda oportunidad que me ha sido concedida.
Diario de una anoréxica.