La Canción Desesperada

 de Pablo Neruda

por Naga

 

Una sombra atraviesa furtiva las oscuras calles de la ciudad. Dos mendigos se encogen al verle pasar, “ese joven no es humano” murmura uno. El extraño se acerca a la playa, se detiene ante una rica mansión, el sonido del océano y su caricia le acompañan.

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.

El río anuda al mar su lamento obstinado.

 Abandonado como los muelles en el alba.

Es la hora de partir, oh abandonado!

 La puerta cede dócil ante su mano. Pasos de silencio suben la escalera, sin prisa, uno de los jarrones que la adornan le hace olvidar momentáneamente su misión. Los recuerdos se agolpan una vez más, atormentando su negra alma de demonio con el dolor de la perdida, los remordimientos.

 Sobre mi corazón llueven frías corolas.

Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

 

En mí se acumularon las guerras y los vuelos.

De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

 

Todo te lo tragaste, como la lejanía.

Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

 Al entrar en la habitación reconoce inmediatamente sus objetivos, una pareja de recién casados, una pareja de hechiceros que importunan a las altas esferas demoníacas. Su educación pasó por la Orden de Hechiceros de Atlas, su perfeccionamiento en el arte de la magia vino de mano de sus progenitores; él los conocía muy bien, al igual que todos los poderes del mal, y sin duda eran peligrosos. “¡Los quiero muertos antes del alba!”, aquella orden resonó en su cabeza al tiempo que su mano se cerraba con fuerza sobre su báculo.

El fresco aire marino agita los cabellos púrpuras de su dueño, él mira sin ver, apoyado en la balaustrada de la terraza, perdido en sus recuerdos...

-          ¡Zeros, suelta ahora mismo ese jarrón! – unos ojos azules se clavaron furiosos sobre él.

-          Como quieras -.

¡Crash!

-          ¡Namagomi! -.

La doncella dragón le persiguió por la tienda maza en mano sin éxito, como tantas otras veces, pero ese día iba a ser distinto. Zeros se detuvo y la recibió en sus brazos, con facilidad le arrebató el arma.

Ella le había mirado confusa, interrogante, enfadada e inquieta. Y él la había besado, con una pasión desbordante, con el deseo que, una vez liberado de sus ataduras, ha de ser saciado como la sed más acuciante.

 Era la alegre hora del asalto y el beso.

La hora del estupor que ardía como un faro.

 

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,

turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

 

En la infancia de niebla mi alma alada y herida.

Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

 Así es como el mazoku más poderoso, tras los Dark Lords, había caído en la peor de las debilidades, en un sentimiento que a los seres del mal les está vedado por su propia naturaleza: amar. Amar con la más absoluta de las desesperaciones a una mujer de cabellos dorados y ojos de zafiro, cuya alma era puro fuego bajo su pudor y su inocencia. Una mujer que le aceptó a él y a su pasado, que fue capaz de llegar a amarle olvidando voluntariamente una masacre, cerrando su corazón a los prejuicios y al eterno odio entre razas; aceptó todo eso junto al sufrimiento que sabía que le acarrearía ser la amante de Zeros Metallium, sacerdote general del Ama de las Bestias.

La balaustrada crujió bajo la presión de las manos del demonio. Los vacíos ojos amatista permanecieron fijos en el horizonte.

 Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.

Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!

 

Hice retroceder la muralla de sombra,

anduve más allá del deseo y del acto.

 

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,

a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

 Se agarró a aquellos recuerdos llenos de luz. Las visitas en mitad de la noche, el secreto, amándose como dos adolescentes que se ocultan de sus padres. Ella abría la ventana y esperaba. Muchas veces él la había observado así, escondido, deleitándose con su belleza, viéndola impaciente y nerviosa como una niña a la que se le promete un caramelo.

Al verle llegar sus ojos se iluminaban. Apenas ponía un pie en la habitación Filia le rodeaba con sus brazos, de una manera casi violenta, y él notaba como desaparecía su miedo a perderle.

 Como un vaso albergaste la infinita ternura,

y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

 

Era la negra, negra soledad de las islas,

y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

 

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.

Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

 Y él respondía a su violencia con un ardor aún mayor, besándola y acariciándola temiendo que aquella fuera la ultima noche que pudiera tenerla entre sus brazos. Necesitaba poseerla, hacerla suya, día tras día, noche tras noche, hundiéndose poco a poco en la locura tanto como en el cuerpo femenino. Cuando quiso reaccionar fue demasiado tarde, su mujer dragón le había hechizado sin remedio, con su dulce belleza y su alma de fuego.

Ahora que la había perdido agonizaba lentamente, como una planta a la que se le arrebata la luz y el agua. Sonrió irónico, morir por amor, un final patético para cualquier demonio.

 Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme

en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

 

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,

el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

 

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,

aún los racimos arden picoteados de pájaros.

 La ironía dejó paso a la añoranza. A un camisón que cae. A una mujer vestida solo con el deseo. A perderse en un amor prohibido para ambos.

Siempre que podía se quedaba con ella hasta el alba. Sabía lo mucho que le gustaba a Filia encontrarle allí, que la despertara con besos. Y una mañana...

-          Buenos días – la dragón dorado se estiró entre los brazos de su amante.

-          Duerme un poco más, no hay prisa, recuerda que Val está de excursión con Paúl -.

-          Es verdad – sonriente le besó el estómago, se recostó sobre él y cruzó las manos bajo la barbilla.

-          Te ves preciosa – Zeros deslizó sus dedos entre los dorados mechones que enmarcaban el rostro de Filia.

-          No digas tonterías, debo tener un aspecto horrible, apenas si he dormido esta noche – las ultimas palabras la hicieron sonrojarse levemente.

Con una expresión traviesa el mazoku la invitó a acercarse más. Filia aproximó su rostro al de Zeros y le besó. La boca del demonio se movió ávida sobre la suya, al tiempo que sus manos empezaban a jugar bajo la sábana.

-          Como sigas así hoy tampoco desayunaremos – río ella.

-          ¿Acaso importa? – enarcó las cejas, mostrando esa mueca despistada y tontorrona tan típica de él.

La dragón dorado cedió a sus atenciones. Jamás imaginó que alguien se preocuparía tanto de ella y la mimaría como aquel demonio tramposo, su raza lo hacía aún más inverosímil.

-          Te amo -.

Aquellas palabras paralizaron a Zeros. Los ojos amatista se clavaron en la mujer que yacía sobre él, reflejaban sorpresa.

-          ¿Te he molestado? – preguntó Filia, el temor al rechazo anudándole la garganta.

-          No, es sólo que no lo esperaba – sonrío para tranquilizarla y la oprimió contra su pecho.

Besó su cabeza, sintiendo la suavidad del cabello. La tensión desapareció instantáneamente del cuerpo de la dragón dorado.

-          Necesitaba decírtelo -.

Él deslizó sus manos por la espalda de Filia, sintiendo la delicada piel. Se sentía feliz, por primera vez conocía lo que era la auténtica alegría y no esa oscura satisfacción que obtenía realizando los encargos de Zellas o distrayéndose por cuenta propia.

-          Filia -.

-          ¿Mmm? -.

-          Yo también te amo -.

Ahora la perpleja era ella. Se incorporó para mirarle a los ojos, tenía que comprobar que no estaba bromeando.

-          Es en serio – sonrío divertido.

Y ella había llorado. 

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,

oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

 

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo

en que nos anudamos y nos desesperamos.

 

Y la ternura, leve como el agua y la harina.

Y la palabra apenas comenzada en los labios.

 

Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,

y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

 Pero llegó la oscuridad. De alguna manera su señora, el Ama de las Bestias, descubrió el amor que su siervo profesaba a una dragón dorado. Todavía recordaba como ella le había convocado a su presencia, impresa en su cerebro quedaría la imagen de Zellas sentada en su lujoso trono ataviada con su vestido favorito, el blanco de corte griego, fumaba y en su mano el cigarro temblaba imperceptiblemente; sin embargo, debajo de toda esa mascara de tranquilidad Zellas hervía furiosa, y él había visto aquella ira reflejada en la profundidad de sus ojos rojo dorados...

-          He recibido cierta información que te atañe, mi tramposo sacerdote – habló con naturalidad – Solo te lo preguntaré una vez, ¿es cierto que amas a esa lagartija dorada que acompañaba al grupo de Rina Invers? -.

-          Eso es un secreto -. Lo que equivalía a decir que sí.

Toda la compostura del Ama de las Bestias desapareció para dar paso a la cólera desatada.

-          Has enloquecido, estúpido – rugió – Debería devolverte al Mar del Caos de una patada por atreverte a transgredir las normas, sin embargo me eres necesario para alzarme por encima de Dynast y Dolphin -.

-          Ama, os seguiré sirviendo lealmente -.

-          Me aseguraré de ello – la sonrisa de Zellas se convirtió en una mueca perversa.

Él se teleportó a casa de Filia.

-          Zeros, ¿qué ocurre? -.

No hizo falta que contestara, la pared del salón saltó en pedazos revelando la figura de un aterrador lobo negro con alas de murciélago. La dragón dorado gritó asustada. El demonio se interpuso entre ella y el monstruo.

-          ¡Apártate! – exigió una voz gutural.

-          No -.

Hizo frente a su señora, no dudó en defender al único ser que había amado en toda su existencia inmortal. Él por sí sólo era un mazoku muy poderoso pero no era rival para Zellas, su ama y creadora, de manera que su acto de rebeldía estaba condenado al fracaso.

Las garras atravesaron su cuerpo mortal y las descargas golpearon el astral. Caído entre los escombros, sangrando, malherido, impotente, contempló como el Ama de las Bestias despedazaba a la mujer que amaba. Escuchó los gritos de pánico y  sufrimiento extremos, el crujir de los huesos astillándose, la voz de Filia ahogándose en su propia sangre. Vio las garras abriendo la carne sin piedad, las fauces teñirse de rojo al igual que el vestido rosa. Y gritó.

La loba soltó su presa. Un golpe seco y el cuerpo sin vida de Filia quedó tendido sobre el suelo encharcado de sangre. Parecía una muñeca rota. Los ojos abiertos por el dolor y el espanto.

Zellas adquirió su forma humana, el vestido blanco bañado en rojo. Observó a su sacerdote general, ya no gritaba, sus ojos amatista permanecían clavados en la dragón dorado, la Dark Lady fue incapaz de ver o percibir lo que sentía Zeros. Sonrió satisfecha y se esfumó.

 

Oh, sentina de escombros, en ti todo caía,

qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!

 

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.

De pie como un marino en la proa de un barco.

 

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.

Oh, sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

 

Pálido buzo ciego, desventurado hondero,

descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

 Así noche tras noche aquella escena se repetía en su mente, despierto o dormido, sólo veía la cara de su amada crispada por el dolor y escuchaba sus alaridos pidiendo ayuda... y la sangre. Era el peor castigo que Zellas podía haberle impuesto: soledad y desesperación. La tortura de los remordimientos, de la culpabilidad, de los ojos de un niño que ha perdido a su madre.

Miró al horizonte, quedaba ya poco para el alba. Esa dulce hora en la que él tuvo entre sus brazos a una mujer con alma de fuego.

 Es la hora de partir, la dura y fría hora

que la noche sujeta a todo horario.

 

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.

Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

 

Abandonado como los muelles en el alba.

Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

 Desde la terraza echó un vistazo al interior. En la habitación, en un lecho, dos sombras dormían abrazadas. Uno con los apellidos Gabriev Inverse, otra con los de Graywords Will Tesla Seyluun. Zeros sonrió, nostálgico.

Con gesto decidido partió por la mitad su inseparable bastón y arrojó los dos trozos al mar.

-          L_sama, Madre, te lo ruego, concédeme lo que mi alma de demonio desea -.

La luz del día baña el océano y la terraza. Un soñoliento joven sale al balcón, su cabello pelirrojo refulge al sol.

-          Zahira -.

-          ¿Qué quieres Aidan? -.

-          Ven a ver esto -.

Su esposa se acerca frotando sus ojos grises, medio dormida.

-          ¿Qué...?, ¡oh, vaya! -.

En la mano del chico reposaba un broche de plata con tres rubíes en una de sus piezas.

 Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

 

Es la hora de partir. Oh abandonado!

 

 N. de A.: Neruda es uno de mis poetas favoritos, siempre me ha gustado la lírica trágica, los poemas que hablan de amores perdidos o nunca realizados. Quise hacer un poemfic con una de sus obras y “La Canción Desesperada” me pareció perfecta, es cruda pero hermosa.

En cuanto a mi propia narración creo que se me ha ido un poco la mano con el dramatismo pero, al menos para mi gusto, quedó bien ^_^. Vale, cuando lo terminas de leer induce al suicidio y posiblemente me pasé con la sangre.

Quizás tome un título como “Romeo y Julieta” para el próximo fic.