CONDENA
por H.J. Maps
- Es la hora – murmuró el carcelero.
Desde las sombras de la lúgubre celda de máxima seguridad emergió la esbelta figura de un hombre en mono anaranjado con una fría sonrisa torciendo sus labios, y con sonoros grilletes ciñéndole muñecas y tobillos.
- Justo cuando empezaba a decepcionarme. ¿Ya dicen que no espera a nadie, no?
Había sido el mes más eterno en la vida de Metallium. Su nombre real era Zeros… a secas; nunca se supo de dónde venía y tampoco se le conoció ningún familiar… vivo. En el mundo del hampa le apodaron Metallium gracias a su habilidad excepcional para convertir cualquier objeto metálico en una potencial arma… incluso una simple llave podía ser letal en sus manos.
El estridente ruido de los oxidados barrotes deslizándose hizo eco en toda la zona. Los otros reclusos cuchicheaban, observando incrédulos cómo una verdadera leyenda del bajo mundo era trasladada hacia su inminente destino.
La misma destreza que había aplicado en sus fechorías le llevó al bote, al ser formalizado por el homicidio calificado de más de 1000 personas sin distinción de sexo, edad o condición, sólo por el mero placer de ver sangre fuera de su sitio.
Desde los 13 años, trabajando como sicario, Metallium y la muerte se hicieron amantes, y Zeros demostraba su aparente superioridad sobre ella en cada llama de vida que apagaba. Una especie de dios que tenía en su poder a esos pobres mortales ignorantes de su omnipotencia.
El largo y oscuro pasillo llegó a su fin en una ancha puerta de acero, tras la cual se encontraba la sala de ejecución.
La condena original exigida por los familiares de las víctimas había sido de 48 años (Zeros tenía 25 al momento de ser apresado y llevaba 3 tras las rejas), pero un sorpresivo cambio de juez lo sentenció a muerte por inyección letal, práctica que lentamente ganaba adeptos. Los familiares, indignados, aceptaron la decisión a regañadientes.
La oportunidad perfecta para Zeros de demostrar su supuesta condición de inmortal.
¿Por qué esa obsesión? Le preguntaron tantas veces. Arrogantemente respondía que su pericia le permitía birlar a la muerte a su antojo, y por más que ésta intentaba torcerle la mano, no lo había conseguido: se salvó de tiroteos, riñas callejeras, allanamientos, peleas de pandillas, accidentes automovilísticos… y su curtido cuerpo poblado de cicatrices era la huella indeleble de tantas aventuras.
Le acomodaron parsimoniosamente en la silla que sería su penúltima morada. Asegurándolo con gruesas correas, dirigió una mirada desafiante a los familiares que estaban en primera fila para presenciar su “nuevo triunfo”, tras una pared de policarbonato polarizado. Aunque no las veía directamente, sabía que estaban allí: personas que habían perdido hermanos, amigos, esposos, hijos…
Rechazó el ofrecimiento de un sacerdote para confesarse, aduciendo que era demasiado tarde para arrepentirse… algo que en realidad le importaba una mierda. Tampoco refirió sus últimas palabras, y jamás borró la ladina sonrisa de su rostro, gesto que exacerbó aún más lo ánimos tras la pared ahumada.
Si hubiera podido, se habría frotado las manos de gusto. ¿Qué mejor ocasión? Vencer definitivamente y legitimar su teoría…
El verdugo, rostro cubierto por una máscara de tela negra, acercó la jeringa al tostado brazo del imputado. A Zeros le brillaron las rasgadas pupilas amatistas al sentir la carga fatal dentro de sí, y la adrenalina contribuyó a su éxtasis. Se la imaginó como una doble o triple dosis de heroína que acostumbraba inyectarse.
Lentamente su cuerpo se sintió más y más pesado, pero su astuta mente se negaba perder la batalla. ¡Él era inmortal, no se dejaría llevar por una sobredosis de mierda!
Después de 5 tensos minutos, su conciencia cedió, y en sus últimos momentos reconoció con sorna que, esta vez, su amante le había ganado la partida.