Déjame ir

por Karoru Metalliam

Sólo hay sombras a mi alrededor... sólo hay sombras, y frío, mucho frío. Algunos piensan en la desesperación como algo vivo, algo lleno de rabia, de inquietud, de calor. Pero sólo lo piensan porque jamás la han sentido: la desesperación es algo frío, algo helado, algo mortal que se retuerce dentro de ti y carcome lentamente tus entrañas.

Algo fino, incluso delicado... lleno de sentimientos y muerto a la vez.  

Algo hermoso... y triste.

Tú lo sabes.

¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes saberlo, si no sabes lo que es sufrir?

 No es que importe demasiado saber el porqué. En realidad, no importa nada, porque tú simplemente me has forzado a ver la verdad.

La verdad, esa que escondo en el lugar más profundo y sombrío de mi alma, la que me hiere tanto que no me permite vivir.

Miro tus ojos, esos ojos que me dieron la vida y hoy me dan la muerte, y de pronto siento que mis labios se curvan en la sombra de una sonrisa.

¿Porqué sonrío, si voy a morir? ¿Porqué sonrío, si ya estoy muerta?

En tus ojos veo reflejado el dolor que deben expresar los míos. La pena que es igual a la mía está ahí, aunque te niegues a aceptarlo. Mi dolor es el hielo que lentamente ha cubierto tu alma.

Tu mirada estremece mi cuerpo... es una sensación extraña, como olas que corren dentro de mi ser helado, como las pequeñas ondas que forma en el agua una piedra al ser lanzada a un estanque. 

¿Porqué siento, si estoy muerta?

 Soy un arco. Sí un arco. Uno que ha sido forzado demasiadas veces, tantas, que está a punto de romperse.

¿O se ha roto ya?

 No tengo la fuerza necesaria para resistir esto, nunca la he tenido.

Te llamo. Te llamo, y tú no respondes. No siento tu presencia, tu comprensión, tu apoyo. Ya no puedo sentirte, y sin embargo te siento.

Cuánta amargura. Aquí me tienes, hundida en la autocompasión, como un niño regañado que se ha cansado de llorar y ya sólo puede gemir. Gemidos bajitos, quejosos.

Ojalá fuera una niña, y no lo que soy. Ojalá pudiera desterrar de mi mente la visión de mis sueños destrozados sin piedad.

De la felicidad, o algo parecido, escapando como agua entre mis dedos.

Sí, ya lo sé, la vida es así. Quisiera llorar, quisiera gritar, pero no puedo; y sé que eso no me ayudaría. 

La oscuridad me espera... y quiero llegar hasta ella, quiero abrazarla, ¿porqué no? Necesito el pequeño rayo de piedad que me daría el olvido. No temo a la muerte.

La felicidad es sólo una quimera, una ilusión. 

Yo creí en ti... fuiste mi vida, el centro de mi ser, y ahora todo se ha roto.

Y sin embargo, no muero. Quizás porque una parte de mí aún se resiste a abandonar a los que me quieren, o dicen quererme. 

La esperanza ha muerto, y yo quiero morir con ella. 

Sé que tú lo sabes, lo sé porque sonríes suave y gentilmente. Tú, mi amado; tú, mi asesino, sientes piedad por mí.

Eres más fuerte que yo, yo soy cobarde y débil, y ya no tengo fe. 

Oscuridad y frío, eso es todo lo que me rodea. 

Sé que no me has querido, amado demonio... pero por piedad, ¡déjame ir! No me niegues el consuelo de la oscuridad... te lo suplico.

Vivir sin ti duele demasiado, yo no quiero hacerlo. Mientras crece mi dolor, mi amor por ti permanece aquí en mi corazón, y sé que nunca se irá. Como la pena.

Una parte de mí no quiere el olvido, por el dolor que eso causaría en la gente que quiero y que me quiere; pero deseo tanto, tanto, poder dormir y olvidar.  

No quiero vivir el dolor por ti... quiero morir y olvidar por mí.

Por mí, querido demonio.