Libertad: Historia de un Rey
Por GourryFAN “G-FAN” Metallium
Notas: ¿Qué tal? Bueno, esta idea me vino a la mente mientras escuchaba como quinta vez seguida la canción “When you believe” de El Príncipe de Egipto (Mariah Carey y Whitney Houston). Es un poco triste, sobre todo al final, pero bueno... No lo podía dejar pasar... ¿no?
Libertad: Historia de un Rey
Nadie pensó que esto pasaría, pero para cuando Rina y Gaudy, Zelgadiss e incluso Zeros llegaron a Saillune, se encontraron con el peor de los desastres. No sólo Philionel, pero Ameria, y toda la Familia Real de Saillune había sido asesinada por un grupo de hombres que se hacían llamar Los Justos. Parecía un regimiento, grupo terrorista o soldados de algún otro reino.
Zelgadiss sólo había ido a Saillune de casualidad, ahora humano, para contarle a Ameria las buenas noticias (que él era humano). Pero cuando se enteró de la tragedia, había quedado devastado. Aún así, no pudo salir de Saillune, ya que había perdido todos los poderes que alguna vez poseyó, y ahora era un simple humano. Se tuvo que someter a los malos tratos de Los Justos. Estos sujetos parecían sacados de una pesadilla horrenda, ya que se la pasaban atormentando a las mujeres, robando las cosechas, y causando cambios en las posturas diplomáticas de otros reinos con Saillune.
Rina Inverse simplemente no pensó que había algo que salvar, no había visto más allá de la Familia Real. Ni siquiera Gaudy planeaba quedarse más en la Capital de la Justicia. Sencillamente se fueron.
Zeros había sido enviado a ver porqué había tanta energía negativa en Saillune, y el demonio se sorprendió por lo que descubrió. Ahora los reyes de Saillune eran unos humanos sin sesos, carentes de poderes mágicos, y sin embargo, nadie ayudaba a la pobre gente que quedó atrapada por esa dictadura.
Y así pasaron tres años, los más duros y fúnebres de Saillune y Zelgadiss. Cada semana se despachaban cuatro cadáveres, que él y un grupo de hombres tenían que quemar. La comida era escasa, y a veces pasaban semanas sin comer, hasta que morían de hambre, o comían la carne quemada de algún cadáver.
Zelgadiss se limitó a pasar hambre, y tratar de conseguir su comida dignamente. Aún así, le costaba mucho seguir adelante, y de vez en cuando se preguntaba si Rina y Gaudy sabían lo que pasaba en Saillune. ¿Por qué no ayudaban a la gente de Ameria? La gente de Ameria... Delgado, exhausto, y avejentado Zelgadiss recordaba a la hermosa princesa todas las noches, todas las mañanas... Y lloraba en silencio, pidiéndole al Señor de las Pesadillas que se lo llevara del mundo, para ir con Ameria. Pero parecía que cada día podía más que cualquier persona, aguantaba más el dolor, como si fuera una quimera nuevamente.
Rina Inverse se encontraba muy, bastante enojada. Para empezar, Gaudy se había comido su comida. Y además, se había quedado dormido durante la guardia y los bandidos les habían robado todo lo que habían conseguido de la semana.
Sin embargo, dado a que Gaudy era un caso perdido, decidió reflexionar un poco en lo que había ocurrido. Ya era la quinta vez que los asaltaban, y ella notaba que era relativamente cercano a Saillune. Eso la alarmó. En esos tres años, no habría cambiado nada entonces...
Una mano le agarró el hombro, cortándole los pensamientos... y aterrándola. “¡¡¡AAAHHHH!!! ¡¡¡GAUDY!!!” En un instantáneo reflejo que había brotado en ella en los últimos cinco años, corrió hacia su compañero y, aunque este estuviera durmiendo, se arrojó sobre él.
Zeros la miró incrédulo. ¿Quién es ella, y que hizo con Rina Inverse? Se preguntó el demonio. Suspirando, se dirigió hacia la, ahora, alterada pareja de viajantes. Gaudy gritaba al unísono con Rina, por el simple hecho de tranquilizarla, aunque no entendía que es lo que le quería decir. “¡¡¡YA CÁLLENSE!!!” Gritó el demonio, y ambos humanos se detuvieron y lo miraron.
“¡Hola, Zeros!” Dijo Gaudy casualmente. Rina parpadeó, mirando a su amigo y luego miró al demonio con una mirada asesina.
“¿Qué quieres?” Zeros se hizo el ofendido, pero no funcionó, así que se puso serio, por alguna de las pocas veces en su laaaaarga vida.
“¿Acaso no vas a hacer nada al respecto?” Está bien que Gaudy no entendiera nada, ya sabemos cómo es él (mi querido ^_^) pero Rina ahora rivalizaba la mirada desconcertada del espadachín.
“¿Qué?”
“Rina Inverse, el reino de Saillune es un verdadero caos (no que me importe, claro) y tu no haces nada por él, ¿por qué?”
Rina suspiró y desvió la mirada al suelo. “No hay nada que hacer...” Zeros no podía creer lo que estaba viendo. Un gran sentimiento de culpa se sentía desde ella, pero aún así, ella no hacía nada.
Gaudy suspiró y aclaró su garganta, anunciando que hablaría. Rina y Zeros lo miraron. “Yo creo... que no... no podemos hacer mucho por esa gente... No es nuestro asunto” Rina asintió.
Si Zeros hubiese estado en otra situación, tal vez los hubiera felicitado, pero ahora él necesitaba más que nunca que esta pareja dispareja peleara contra Los Justos, y liberaran a la gente de Saillune. Así que hizo lo mejor que pudo. “Rina, Gaudy. Ameria era su mejor amiga, ¿no?” Los mercenarios asintieron, dolidos. “Entonces deben hacerlo por ella. Estoy seguro que no debe estar feliz de ver que su gente sufre y ustedes no hacen nada al respecto”
“No te metas en lo que no te importa, Zeros” Dijo Rina, y dio media vuelta y se fue. Gaudy la siguió.
Zelgadiss bostezó, cansado. El calor abrasador del horno le quemaba la piel, y ahora deseaba más que nunca volver a ser quimera. Cada vez se le hacía más difícil conseguir comida, pero su cuerpo se ajustaba a sus necesidades. Muchas veces, la gente que lo conocía bien le preguntaba qué era ese brazalete, parecido al de la princesa Ameria. Él sonreía solemnemente y decía que ella se lo había obsequiado.
De ese modo, la gente comenzó a respetarlo más, para sorpresa de Zelgadiss. Lo ayudó también, decir que era bisnieto del Monje Rojo. Era increíble, pero habían personas que habían sido sanadas por él. Y el joven se dio cuenta que muchos hombres le comenzaron a preguntar cosas como: “¿Nos quieres representar?”, “¿No podríamos armar un levantamiento?”, o “¿Quieres ser nuestro líder?”
Las sugerencias fueron tan insistentes, que una noche tuvo un sueño. Ese sueño le cambió la manera de ver las cosas.
“¡Libertad!” Gritaba un señor, mientras los matones de Los Justos arremetían contra él. “¡Libertad! ¡LIBERT--!” La cabeza del señor rodó por el suelo, mientras la multitud alrededor del grupo de asesinos los agredían.
Una mujer vestida de blanco se les acercó, salida desde la muchedumbre. Zelgadiss la reconoció al instante, era Ameria. Sintió un impulso de gritarle, aunque se sentía más como si fuera Rina, gritándole a la gente desde las multitudes. Optó por ser como Rina. “¡¡¡AMERIA!!!”
Todos los que habían estado gritando y agrediendo a Los Justos se detuvieron, y lo miraron. Ameria sonrió y caminó hacia Zelgadiss. “Sálvalos, Zelgadiss. No los abandones, no los ignores. Son mi gente, pero cuando encuentres la Paz y la Justicia, serán tu gente” Le parecía irónico que Ameria mencionara ‘Paz’ y ‘Justicia’. Pero tendría que comprobar que no era uno de sus discursos, sino, que era algo importante que debía descubrir.
Él le sonrió. “Ahora soy humano, ¿qué opinas? Había venido a Saillune para decírtelo, pero tu...” Ameria rió suavemente, y lo miró con una sonrisa cálida.
“Me parece genial que hayas encontrado tu cura, aunque para mí sigues siendo como un príncipe azul” Ahora sí se sentía avergonzado, sabía que Ameria algún día tenía que hacerle alguna broma como esa, pero no en un momento como este.
“En serio, Ameria”
“Ya lo sé. Espero que cumplas con mi súplica, tal vez nos veamos algún día...”
“Ameria...”
“... algún día...”
Zelgadiss despertó de pronto. Faltaba una hora para que amanezca y los demás esclavos seguramente estarían planeando su escape. Se dirigió hacia la choza de una familia de esclavos, donde se reunirían los demás jefes de familias. Tocó la puerta y le abrieron, aliviados que no era un guardia.
“Muy bien” Dijo Zelgadiss, y todos lo miraron expectantes. Él sonrió. “¿Qué esperamos?” Ninguno pudo ocultar la emoción que les dio semejante pregunta. “Pero vamos a tener que cambiar el objetivo”
“¿A qué te refieres, Zelgadiss?” Le preguntó un hombre que le recordaba a Philionel, pero con cabellos muy cortos, y una barba rubia.
“Me refiero a que no vamos a escapar de Saillune” Todos lo miraron extrañados. “Vamos a pelear por Saillune” Los hombres bajaron sus cabezas. “¿Qué? ¿Tienen miedo?”
“No sólo eso, señor, no tenemos armas” Dijo otro hombre.
“¡Má, qué armas!” Dijo otro hombre, musculoso y alto. “Nosotro’ podemo’ defenderno’ bien con la’ herramienta’ del rancho”
Zelgadiss asintió. “Sí, como dijo Threck. No necesitamos armas. Sólo las herramientas de las granjas. Son lo suficientemente filosas y fuertes como para embestir a un caballo”
“Ademá’...” Continuó Threck. “Podemo’ incendiar lo’ carro’ e arrojarlo’ contra Lo’ Ju’to’” Unos niños rieron por la forma de hablar del gran sujeto. Él les sonrió amablemente. “Yo so’ moy gracioso, ¿verdai?”
Zelgadiss sonrió. “Muy bien, Threck. Si descifré bien lo que dijiste...” Algunos rieron. “Podríamos arrojar carrozas incendiadas contra Los Justos” El gigante asintió, sonriendo. “Bien”
Rina y Gaudy habían estado rodeando Saillune con Zeros detrás. “Muy bien, Zeros. ¿Cuántos son en total?” El demonio recontó mentalmente y sonrió.
“Como unos... setecientos cincuenta y ocho” Gaudy y Rina casi se desmayan.
“Son muchos... ¿Y los esclavos?”
“Mil ciento tres” Dijo Zeros.
“Esto será muy malo. Dime más específicamente...” Suspiró Rina.
“Ciento diez niños. Quinientos sesenta y seis adultos. Cuatrocientos veintisiete ancianos” Dijo el demonio. Rina suspiró nuevamente.
“Son menos activos que lo que esperaba. Los Justos los pasan por casi doscientos” Pensó Rina. “Tendríamos que conseguir unas trescientas personas más. Tal vez... ¡Martina!” Zeros y Gaudy la miraron incrédulos.
“¿Qué?”
“Martina es reina de Zoanna, tiene mucha gente... ¡Seguramente estará de acuerdo con nosotros!” Rina sintió una pizca de esperanza. “Por supuesto que tu tendrás que llevarnos con ella, Zeros”
El demonio no emitió palabras, sólo un murmullo indescifrable. Y los tres desaparecieron.
Faltaban dos noches antes que el pueblo de Saillune luchara por su libertad. Zelgadiss había considerado una nueva opción, que era ir al palacio a buscar algo para luchar. Sería arriesgado, pero ya tenía siete hombres dispuestos a seguirlo. Debían ir con cuidado, ya que el palacio se encontraba a un kilómetro de distancia.
Durante la noche, caminaron sobre los tejados, sigilosamente, hasta llegar al gran complejo que se dividía en el palacio y algunos templos. Lograron entrar, ya que ningún guardia custodiaba el palacio. Eso le bajó los ánimos a Zelgadiss, ya que significaba que no había nada importante que proteger. Sin embargo, luego comprobaron que la razón era otra. Los Justos habían puesto trampas muy tontas, lo que hacía que Zelgadiss dudara de todo lo que había en el palacio.
“Escúchenme bien, tenemos que tener mucho cuidado. Este lugar es muy dudoso y debemos permanecer juntos, y caminar sobre los pasos del otro” Dijo Zelgadiss.
Caminaron durante unos minutos por un pasillo oscuro, y repleto de muebles rotos y ropa vieja. Los ocho esclavos se adentraron en una sala grande, que parecía haber sido una habitación, pero ahora habían maderas rotas, y sábanas viejas. Todo era igual. Los Justos habían destrozado el palacio por adentro. Zelgadiss tenía un nudo en la garganta, tenía ganas de echarse a llorar, pensando en las cosas que le habrían hecho a Ameria o a su padre. Todos siguieron buscando por todas partes, pero no encontraron mucho. Hasta que Zelgadiss halló un cofre. Era muy precario, de madera, y encadenado. Seguramente Los Justos no habrían podido abrirlo. Era sencillo, y en unos segundos abrió el candado. Cuando abrieron el cofre encontraron armas de fuego. Zelgadiss supuso que serían de algún otro reino, o algo. Pero antes que nada, dejó sus pensamientos a un lado y cerró el cofre. “Debemos llevárnoslo” Los otros asintieron. Threck, quien había venido con él, levantó el cofre sin esfuerzo. Todos se dirigieron hacia los ventanales, por donde huyeron.
“Aún así, no puedo” Dijo Martina. Ahora más madura, la reina de Zoanna, entristecida y pero decidida, negó la petición de Rina Inverse.
“¡Pero Martina...!” Protestó la hechicera. “¡Era nuestra amiga, maldita sea!”
Zeros y Gaudy suspiraron. “Yo tengo una idea...” Propuso Zeros. “Danos al menos cien hombres y prometemos traerlos para la semana próxima”
Martina se puso roja de la furia. “¡Tu no me hables, idiota!” Miró a Rina. “Está bien, les daré cien hombres. Los quiero a los CIEN de vuelta en una semana”
Rina, Gaudy y Zeros le hicieron una reverencia y desaparecieron.
Querido diario, esto debe ser una broma, pero Ameria una vez me dijo que escribiera mis sentimientos en un diario. No creo que mañana sobreviva, y no me asusta. Mientras que esta gente de Saillune logre ser libre, yo estaré feliz, porque sé que Ameria también lo estará.
Espero que la gente de Ameria... No, mi gente pueda ser libre, y armen su democracia.
Era temprano, todos los esclavos prepararon sus armas, ya sean armas de fuego, herramientas de granja, o catapultas caseras, todos estaban en sus puestos. Estaban listos. Listos... para la guerra.
Zelgadiss caminó por el camino principal que llevaba desde las chozas hacia el palacio. Una gran columna de hombres armados lo seguían. Los ancianos y los niños, junto con algunas mujeres, empujaban las carrozas llenas de paja, cubiertas de líquido inflamable. Todos marchaban decididos, frente en alto, y con la fe que todo se les cumplirá.
Los soldados que se encargaban de vigilar las chozas habían salido corriendo a avisarles a sus compañeros. La muchedumbre de Saillune caminaba, y parecía que hasta podrían atravesar mares con tal determinación.
Zelgadiss sentía una calidez en su pecho, y una Paz interior. Debía hacer lo correcto. Él debía salvar a la gente, como alguna vez lo hizo su bisabuelo. “Son mi gente, pero cuando encuentres la Paz y la Justicia, serán tu gente”
“Señor” Dijo Threck. “Usted es nuestro Rey” Dijo el grandote, forzosamente, intentando no cometer errores al hablar. Sonrió, una sonrisa de orgullo, como quien mira al representante más justo que uno pueda tener.
Zelgadiss sonrió, satisfecho de sí mismo. Asintió lentamente y se dio cuenta que eso le había dicho Ameria en sus sueños. Miró a todos los que lo seguían y aceleró el paso.
Rina, Gaudy, Zeros y Zangles, seguidos por un ejército, llegaban a la entrada del reino de Saillune. Desde la distancia veían la multitud marchando al centro del reino. “Oh, ¡por Cephied!” Murmuró Rina. “¡Vamos, vamos, VAMOS!”
Zelgadiss ya podía divisar a Los Justos. Todos en fila. Muy bien, vengan por nosotros. Se detuvo súbitamente, haciendo que sus seguidores lo imitaran. “¡Prepárense!” Gritó, alzando el brazo derecho. En su puño tenía el brazalete que Ameria le había dado una vez. Lo miró, y sonriendo, se lo colocó en la muñeca. “Threck, dame la bandera”
El gran guerrero le dio una bandera, que tenía dibujado un león. Zelgadiss miró a su alrededor y se subió a un poste, con la bandera en la mano. Miró hacia el ejército amenazante y luego esperó.
“¿Qué rayos hacen?” Preguntó el líder de Los Justos. “¿Qué esperan?” Los otros soldados lo miraron sin saber qué decir.
“Yo creo que se rinden...”
El líder bufó, y pensó sus opciones. “¡ATAQUEN!”
Zelgadiss sonrió. Mordieron el anzuelo, idiotas. Meneó la bandera, y los ancianos y niños entendieron la señal. Enseguida soltaron las catapultas, dejando volar rocas enormes, que cayeron sobre Los Justos. “¡¡¡SÍ!!!” Gritaron todos.
“¡¡¡VAMOS A TERMINAR CON ESTO!!!” Gritó Zelgadiss. Todos gritaron con él, y corrieron hacia Los Justos. Zelgadiss y Threck corrieron juntos, listos para acabar con los asesinos. Todo Saillune se unió en un solo grito...
Rina y los demás ya podían ver a los ancianos y niños descansando al lado de las máquinas caseras que habían construido. “¿Dónde están los demás?” Preguntó Rina. Un anciano se acercó a ellos.
“Están luchando... Nuestro Rey está con ellos, ¡él nos salvará!”
“¿Quién? ¿Un rey?” Preguntó Gaudy, confundido.
“Sí, se llama Zelgadiss Greywords. Él ha venido a salvarnos” El anciano dijo, feliz. Gaudy y Rina se miraron horrorizados.
“Pero... pero ¿cómo?”
“Es el hombre más valiente que he conocido. Sé que hubo rumores que él había sido convertido en quimera, pero parece que ya encontró su cura...”
Rina y Gaudy corrieron por donde se habían ido los demás. Zeros, Zangles y el ejército de Zoanna siguiéndolos enseguida.
“¡Tenemos que llegar lo más pronto posible!” Decía Rina, mientras corría.
Zelgadiss ya había perdido la cuenta de los sujetos que había matado. Todo lo que sentía, todo lo que quería, se manifestaba en la necesidad de acabar con ese Infierno. Hacía años que no peleaba así, y pensaba que no iba a poder, pero ahora se sentía bien otra vez.
“¡¡¡ALTO!!! ¡¡¡EJÉRCITO REAL DE ZOANNA!!! ¡¡¡CIUDADANOS DE SAILLUNE ALÉJENSE, NOS HAREMOS CARGO!!!” Los ciudadanos miraron a sus alrededores, y comprobaron que un pequeño ejército se interponía entre ellos y Los Justos, que ahora se habían disminuido a menos que el ejército de Zoanna.
Zelgadiss sonrió y pegó un grito de alegría, que todos compartieron.
“¡Zelgadiss!” Rina y Gaudy se acercaron a él, sorprendidos. Él estaba bañado en sangre, pero se notaba que era humano. “Lo hiciste...” Dijo Rina, sonriendo.
“Hice lo que tenía que hacer” Threck se acercó a ellos. “¿Sí, Threck?”
“Señor, como usted es ahora nuestro rey, debe decidir el destino de Los Justos” Dijo el gran guerrero. Zelgadiss asintió, y junto con sus dos amigos, fueron hacia donde los ciudadanos tenían atados a Los Justos.
“¡Ustedes son unos cretinos! ¡Malditos! ¡Tendríamos que haberlos matado a todos!” Gritó el líder, atado como un puerco.
“Calla” Dijo Zelgadiss, con todo el esplendor de un rey tolerante. “Estamos en Saillune” Dijo mirando a los ciudadanos. “Es el reino de la Justicia, por lo que no morirán a merced nuestra” Miró a Rina y Gaudy. “Ni a merced de nuestros Jefes de Estrategia” Dijo sonriendo. Rina y Gaudy se miraron anonadados, y sonrieron. “Yo, como rey, estoy obligado a castigarlos”
“¿Qué propone usted, alteza?” Preguntó un hombre.
“Propongo... Que los dejemos en libertad” Todos se sorprendieron por la decisión. Threck se acercó.
“Pero, ¡ellos nos tuvieron de esclavos por tre’ año’!”
“Sí, lo sé. Pero ellos quedarán libres, para que todos los bandidos del mundo sepan que aquí en Saillune, no podrán tocarnos!” Todos gritaron, afirmando lo que su rey dijo. “¡Aquí en Saillune somos justos!”
“¡¡¡SÍ!!!”
“¡En Saillune sabemos perdonar!”
“¡¡¡SÍ!!!”
“¡Y pondremos carteles con sus retratos, PARA QUE SEPAN QUE EN SAILLUNE NO PERMITIREMOS QUE NOS SOMETAN!”
“¡¡¡SÍIIII!!!”
Zelgadiss sonrió, y lágrimas caían de sus mejillas. Y se permitió, sólo por una vez, ser feliz... “¡¡¡SAILLUNE!!!”
“¡¡¡SAILLUNE!!!” “¡¡¡SAILLUNE!!!” “¡¡¡SAILLUNE!!!” “¡¡¡SAILLUNE!!!” “¡¡¡SAILLUNE!!!”
Notas: Esto es extraño, ¿no? Bueno, espero que les guste, envíenme un e-mail a gourry_fan@yahoo.com