OJOS AMATISTAS

 por Anais Cephiro

1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos

(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)

  

CAPÍTULO DOS

LA PRIMERA VEZ QUE VI TUS OJOS

 

II

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto
.

-El Seminarista de los Ojos Negros,

Miguel Ramos Carrión.-

  

¡CRASH!

 Había roto otro plato.

 Por culpa de mi rugido, los ancianos nos habían atrapado a todos convertidos en dragones. Como castigo nos asignaron más tareas domesticas y nos aumentaron una hora de meditación, al mismo tiempo que nos suprimían una hora de sueño por la mañana.

 Suficiente para que yo, quien nunca había tenido que mover un dedo y solía levantarme hasta bien entrada la mañana,  estuviera irritable. Sin embargo, mi mal humor estaba empeorando a pasos agigantados con cada plato roto (¿quién pensaría que lavar platos fuera algo tan difícil?) y las burlas de Ness, a quien habían asignado junto conmigo para limpiar la loza, después de que absolutamente todos los habitantes del Seminario(entiéndase, ancianos, sacerdotes, seminaristas, novicias y aspirantes) hubieran terminado el desayuno.

 Aquello era una pila monumental de platos, pues a pesar de tener una figura humana, no disminuía su apetito draconiano, por lo que Ness (quien consideraba aquello “asunto de hembras”) iba y venia del comedor trayendo los platos y vasos que iban desocupando, para que yo me encargara de ellos, (¡maldito “macho”!)

 La tarea era interminable, aburrida y difícil, ya que cada dos por tres, se me resbalaban de las jabonosas manos,  los platos de porcelana y los vasos de cristal, lo que para mi, era un verdadero misterio, era por que no ocurría lo mismo con las jarras y cazuelas de metal.

 ¡CRASH!

 Ahí iba un tazón más de porcelana blanca.

 - ¡Esto apesta!- chillé desesperada.

 - No es para tanto Filia-Chan, podría haber sido peor...-

 Escuche el susurro demasiado cerca de mi oído,  la piel se me erizo, era la misma seductora voz de aquél tramposo dragón negro.

 - ¡¡¡¡TU!!!.- Grite, gire rápidamente con una taza enjabonada en la mano, y la arroje con todas mis fuerzas a lo primero que vi, que resulto ser Ness con una nueva pila de platos en las manos.

 - ¡Que carácter!, a este paso ya no habrá vajilla que lavar.- Menciono él, entre irónico y divertido, mientras se levantaba de un montón de guijarros esparcidos por el suelo, que habían sido los últimos trastos del desayunó. 

 Di la vuelta para quedar frente al fregadero nuevamente y me dedique a desquitar mi coraje contra la loza sucia y el estropajo. Ese condenado dragón, se las vería conmigo, tan pronto como descubriera su identidad.

 Lo recordaba bien, era un dragón negro con cara de tonto, para mi desgracia, la mitad de los chicos tenían cara de tontos, y suponiendo que al adquirir forma humana, como la mayoría, tuviera el cabello del mismo color de sus escamas, entre los seminaristas y los aspirantes, había unos diez chicos de cabellos negros. Me llevaría un buen tiempo descubrirlo.

 ***

 Rápidamente transcurrido cerca de medio mes, de que mis padres me abandonaran en Halemaumau.

  No había podido descubrir la identidad de aquel dragón, pero este parecía disfrutar sobre manera, mis esfuerzos por pillarlo, puesto que me había estado dejando pistas falsas, que siempre me metían en algún embrollo (como cuando fui a dar al baño de los machos, ¡Fue horriblemente vergonzoso!).  

 Los aspirantes ya nos habíamos integrado en varios grupitos, con aquellos que teníamos más afinidad y los ancianos se habían encargado de clasificar aquellos grupitos de acuerdo a su comportamiento.

 Yo pertenecía al de los alborotadores No. 1, gracias el primer incidente, a toda la loza que rompí y a las bromas de aquel desgraciado dragón. Si bien a mis padres, supongo que no les haría mucha gracia cuando se enteraran, a mi no me disgustaba del todo, me estaba divirtiendo en grande.

 A los clasificados como “revoltosos, indignos de ser aspirantes y pesadilla de los ancianos” pertenecíamos: Franks y George dragones rojos de la región céntrica, los trillizos Adric, Ness y KB de los dragones albinos del norte, Xachitl de los dragones azules, Kobo de los dragones verdes del oeste y por supuesto yo, Filia de los dragones dorados del este. 

 Pusimos el Sagrado Templo de Ceifíed, patas para arriba, los seminaristas y los sacerdotes no sabían que hacer con nosotros mientras los ancianos clamaban que seriamos la perdición de la raza (Exagerados :P).

 Despertábamos a todos, con nuestras carcajadas a media noche, inventamos un juego llamado “atrapa al dragón” que consistía en que uno de nosotros adquiriera su forma draconiana y armara alboroto mientras los demás ayudábamos a los ancianos y a los seminaristas a atraparlo, (en realidad lo que hacíamos era alejarlos cada vez más del “infractor”), reíamos y jugábamos todo el tiempo, incluso saboteamos algunas pruebas y demostraciones mágicas.

 Estábamos a punto de volver locos a los Sacerdotes, que tenían la negra idea de echarnos a todos, pero los seminaristas y las novicias, siempre intervenían a nuestro favor, recordándoles a los ancianos nuestra juventud y nuestra energía.

 Además, no éramos los más disciplinados, pero siempre estábamos dispuestos a ayudar a los necesitados, especialmente nos gustaba ir a jugar con los dragoncitos del orfanato y llevar alimento a las familias más necesitadas. Eso era lo que había detenido una inminente expulsión masiva :P.

 Como parte del cierre de las Festividades de la Gracia, los aspirantes, junto con las novicias y los seminaristas, teníamos la obligación de participar en la representación de la Shin-Ma Sensou, la épica batalla que en la que Ceifíed había sellado a Shabranigudú en siete partes, y en la cual ella se había dividido en los cuatro dioses Dragón.

Supuse que no nos incluirían en la puesta en escena, pero me equivoque. Todos tuvimos que participar en la selección de personajes, para elegir a quienes mejor representaran el papel. 

 Para nuestra sorpresa, Adric, una dragona de cabellos ondulados y negros, obtuvo el papel principal, la Diosa Ceifíed. Yo también obtuve un papel, justo el que quería: seria una Sacerdotisa de Ceifíed, todo lo que tenía que hacer, era entrar en escena, cruzar unas palabras con un supuesto “Mazoku” y salir corriendo despavorida para avisar que los demonios estaban entrando al templo. Era un papel perfecto, no tendría que ayudar con la escenografía por que tendría que estar presente en los ensayos, solo estaría cinco minutos frente al publico, para salir corriendo despavorida, cosa que no me costaría trabajo por mi inminente pánico escénico (supongo que había sido por eso que me dieron el papel).

Los ensayos se llevaban a cabo por la tarde, después de todas nuestras actividades, por suerte, gracias a las muchas ofrendas que se hacían para la Diosa aquellos días, ninguno de los ancianos podía supervisarlos, dejaron esa tarea en manos de dos de sus seminaristas de “más confianza”: Lito, el primo de mi amiga Helia, y aquél chico de cabellos violetas que fue a rescatarlo de la furia de su prima, el día que llegamos al Templo.

Cada ensayo era un caos, aprovechábamos el tiempo para charlar, además de que podíamos transformarnos en dragones para “estirar un poco las alas” y  jugar “atrapa al dragón”.

Unos pocos días antes de la presentación publica de la obra, Kobo, el más enorme dragón que recuerde haber conocido alguna vez, estaba haciendo un excelente trabajo volviendo locos a los Sacerdotes y a los seminaristas, sobre volando el patio principal para después desaparecer por alguno de los pasillos y volver a aparecer en algún otro patio o pasillo, mientras los demás “ayudábamos a atraparlo”.

Si hubiera sabido lo que iba a pasar, hubiera conducido a la novicia que me seguía, directamente a él, y no al lado contrario. Aunque, ciertamente la culpa de mi desgracia no la tuvo él, ¿como iba a saber él, que aquella novicia pelirroja, lo había visto entrar por el pasillo que conducía al patio principal y se le había adelantado para atraparlo al final del corredor?, ¿Cómo iba a saber ella que Kobo venía volando a lo más que podían sus alas por el oscuro corredor para no ser alcanzado por los ancianos y que no iba a verla hasta que fuera demasiado tarde para frenar?

El resultado fue, un enorme estruendo acompañado de una nube de polvo de igual tamaño, al derribarse uno de los muros del patio central, una novicia seriamente lastimada y un dragón con una fractura en la cola, además de dos actores menos.

No había mucho problema para sustituir a Kobo, su papel era similar al mío, incluso si suprimían su parte no se notaria demasiado. El problema era sustituir a la novicia, quien representaba a una sensual Mazoku, aliada de Shabranigudú, no había muchas dragonas que pudieran hacer ese papel, dicho sea de paso, las mayoría éramos bastante tímidas.

Lito trato de convencer a su prima de tomar el lugar de la actriz lastimada, lo cual causo gran molestia en Helia, pero se deshizo del problema de una forma muy sencilla.

- Ya tengo memorizado mi papel, y no puedo cambiarlo por que es un personaje con cierto peso, ¿por qué no se lo das a Filia?, ha estado en todos los ensayos, y sabemos que tiene una excelente memoria ;).-  

Así que obtuve el papel, no había nadie más, todos tenían ya sus papeles memorizados, el vestuario estaba casi terminado, y la obra era en tres días, no tenía escapatoria.

El día de la representación, la mañana se fue rápidamente en limpiar el patio central y montar la plataforma que seria el escenario, además de colocar la escenografía.

Por la tarde, las novicias, que se habían hecho cargo del vestuario y el maquillaje, me enfundaron en un escotado vestido rojo, me dieron unas sandalias que se ataban con cintas cruzadas hasta las rodillas y me pintaron los labios de carmesí.

No esperaba el resultado cuando me vi en el espejo de plata, del improvisado camerino, me sonroje de pena, me veía bien, pero de alguna forma esa no era yo, no tenía que ver con la modesta dragona que vivía en una isla, mi padre jamás me hubiera permitido vestir así.

Salí corriendo avergonzada a encerrarme al baño más próximo que encontré, Helia, precisamente venia saliendo de ahí, antes de que me dijera nada, la pase de largo y cerré la puerta tras de mi.

- Filia, ¿qué ocurre?.- Helia golpeo la puerta del baño suavemente para que la escuchara.

- No puedo hacer esto, no puedo salir así.-

- Vamos Filia, abre la puerta y hablaremos.-

- No saldré de aquí, hasta que termine la función.-

- Te estas comportando como una cría.-

- Puedo comportarme como una cría, por que soy una cría :P.-

- Eres una inmadura Filia, no puedes dejar todo tirado, todos han trabajado para sacar esto adelante.-

- ¡Si puedo!,  ¡Además tu bien sabes que yo no quería participar en esta obra, fue culpa tuya que terminara metida en esto!-

Helia no dijo nada más, al parecer se había rendido.

- Déjame tratar a mi.- Escuche decir a una seria voz masculina, se me hacia familiar, pero no lograba adivinar, de quien era.

- No seas muy duro con ella, esta un poco consentida y es algo infantil, pero es una gran chica.- Se disculpo Helia, por mi.

- Ve a prepararte tú también, yo me encargo de ella.-

Escuche los pasos de Helia al alejarse, y a quien quiera que estuviera detrás, recargarse contra la puerta.

- Filia, no tienes que hacer esto, si no quieres. Pero si huyes hoy, te aseguro que seguirás escapando de cualquier cosa que te asuste, por el resto de tu vida.-

Yo no escapaba, nunca huía de nada y en ese momento jure, que jamás lo haría.

Abrí lentamente la puerta, y la cabeza de aquél Seminarista de Ceifíed fue a dar contra el suelo, por que estaba sentado en el piso y recargado contra la puerta.

- Lo siento.- Dije apenada.

El se limito a sonreír y se puso de pie.

Lo reconocí, era el amigo de Lito, aquel que junto con él se suponía que dirigía los ensayos, hasta ese día, nuestra relación había sido muy formal, el parecía un chico de los más serio y siempre era muy atento y respetuoso con todos, especialmente con las hembras. Helia y yo no nos explicábamos como podía ser amigo de Lito.

- Gracias.- Le dije, el me abrazo suavemente y me condujo detrás de telón para que esperara a entrar en escena, después se fue para prepararse el también.

Rápidamente llegó mi turno, entre al escenario, en medio de un silencio sepulcral, era una de las partes más dramáticas de la historia. La Mazoku, a la que yo representaba, debía seducir a uno de los virtuosos sacerdotes de Ceifíed y conseguir que traicionara a la Diosa, disminuyendo así su poder.

Camine hasta el centro del escenario, donde en medio de la representación del que había sido el hermoso castillo dorado, morada de la Diosa, aguardaba el Sacerdote que debía seducir. No fue si no hasta que lo vi, que recordé quien había obtenido ese papel.

El amable chico que había hablado conmigo en el baño, y es que nadie hubiera quedado mejor que él, para ese papel. Me sonroje fuertemente, al pesar lo que debía decirle y que tenía que pavonearme delante de él, desvíe mi mirada para observar al público, pero al ver a la gran cantidad de dragones congregados para ver la representación, olvide todo mi parlamento de golpe. Estaba a punto de salir corriendo.

- ¿Quién eres tu?- Dijo él mientras se acercaba a mi (cosa que no estaba en el guión original), yo seguía con la mente en blanco. - Eres hermosa.- Me dijo mientras me tomaba de la mano, sentí como una suave ola de calor se expandió rápidamente por todo mi cuerpo.

 No supe como, ni por que, pero levante el rostro y mire a mi victima con ojos traviesos y una sonrisa seductora. Me recargue sobre una de mis piernas, y puse una mano sobre mi cadera, lo cual hizo que se descubriera uno de mis blancos hombros al bajarse el tirante, camine alrededor suyo, moviendo las caderas mientras trataba de convencerlo de abandonar a la Diosa. Para terminar, me acerque hasta su oído, y le susurre promesas de amor, placer y poder.

Salimos del escenario, él con la mano alrededor de mi cintura y yo con una diabólica sonrisa de victoria en los labios.

- ¡Muy bien hecho, dragón dorado!- Exclamo en tono de broma, mientras apretaba más su agarre sobre mi cintura.

- ¡¡¡¡TU!!!!.- Grite con todas mis fuerzas, al reconocer la burlona voz y me aparte de él.

- Ya me habían dicho que tenías un carácter tremendo, muy impropio de una hembra dragón.- Dijo el chico de cabellos violetas sarcásticamente, mientras volvía a acercarse a mí.

- ¡Quita tus manos de mi cola!- Me sonroje a más no poder, y le aseste un manotazo en su cara de tonto, dejándole las huellas de mis dedos impresas en la mejilla.

Todos los que estaban alrededor nuestro, y que no habían visto la escena completa se sorprendieron, pero el Seminarista no dejaba de sonreír. Yo quería matarlo, comencé a recordar todas las bromas pesadas que me había hecho en los últimos días, me dieron unas ganas terribles de volver a pegarle, pero no pude hacerlo, la obra aun no terminaba, teníamos aun, un par de escenas de apoyo a los personajes principales, y “el espectáculo tenía que continuar”.

Una de las novicias me llamó, tenía que entrar de nuevo a escena. Cuando me alejaba, él aun sonreía. No volvimos a encontrarnos solos en el resto del día, parecía que todos se las habían ingeniado para mantenernos lejos y evitar un “segundo round”.

El día declino pronto, pero las actividades no. Al ser nuestra ultima noche en Halemaumau, los ancianos decidieron darnos un regaló muy especial, por lo que mandaron a los sacerdotes y sacerdotisas a despertar a todos a media noche.

Mientras caminábamos por un oscuro pasillo, aproveche para contarle a Helia lo que había pasado en realidad, puesto que ya se había corrido el rumor de que “había atacado a un seminarista”

- Así que aquel dragón contra el cual clamabas venganza resulto ser, el mejor amigo de mi primo. Me has resuelto el misterio, siempre me pregunte como un chico tan atento como él, podía ser amigo de Lito, ahora entiendo que “están cortados por la misma tijera”.- Dijo Helia, aquél día, que junto con todos los aspirantes, recorríamos el pasillo, a media noche, para llegar a la sala principal del templo de Ceifíed.

- Pero no entiendo, ¿por qué yo?, habiendo tantas otras chicas dragón, ¿por que solo me hace blanco de sus bromas a mi?-

- Mmmm, tal vez no seas la única.-

- Creo que no lo soy, pero soy a la única que persigue con verdadera saña, he hecho todo lo posible para alejarme de él, desde el día de la representación. Pero parece que el me sigue a donde quiera que voy, para hacerme enojar.-

- Entonces pueden ser dos cosas: o le gustas, o es que eres un blanco tremendamente fácil y divertido, y es que tienes que admitirlo Filia, tu haces rabietas como nadie.-

- Descartemos la primera, ¡que pesadilla!, y la segunda no me hace mucha gracia.- Mire acusadoramente a mi amiga.

- Pues mira que ha muchas les gustaría estar en tu lugar.-

- Pobres locas, solo por que un dragón sea atento contigo, no quiere decir que caerás rendida a sus pies.-

No pudimos seguir la conversación, por que una sacerdotisa se había colocado junto a nosotras para que guardáramos silencio.

Estaban reuniendo a todos los aspirantes a las afueras de de la sala del Fuego Sacro de la Diosa. Todos habíamos escuchado hablar de ese lugar, a través de los sacerdotes, los seminaristas y las novicias, pero nunca habíamos podido entrar.

Yo nunca les creí antes, pero lo que decían acerca de que al entrar a esa sala, podías sentir la presencia de la Diosa, era cierto. Todos pudimos sentir su presencia en cada rincón del salón, y el agradable calor que provenía de una llama que había justo al centro, debajo de una enorme estatua que representaba su esfinge un gran dragón esculpido en mármol azul.

Los Sacerdotes, junto con los seminaristas y las novicias, comenzaron a cantar alabanzas a Ceified, era un sonido ronco y fuerte, prácticamente un rugido de alegría de un dragón. El canto seguía y subía de intensidad, la flama de Ceifíed, parecía danzar siguiendo el canto.

Era algo sorprendente, siempre había visto a los ancianos de mi cueva dirigirse a Ceifíed con respetuosos murmullos, jamás había escuchado cantos de alabanza o interpelar a la Diosa directamente, como lo hizo aquél sacerdote, quien con voz perfectamente audible por todos, suplico a la Diosa, su ayuda para elegir a los más aptos para ser novicias y seminaristas, que después podrían convertirse en servidores de Ceifíed o llegar a ser uno de los sacerdotes que servían a cada una de las partes en las que se había dividido la Diosa, el máximo honor para cualquier dragón ya fuera macho o hembra.

El Sacerdote que dirigía las oraciones, nos pidió a todos que cerráramos los ojos, el canto me iba transportando rápidamente a un mundo desconocido para mi, un mundo interior que al mismo tiempo expandía mi conciencia a todo ser viviente que se encontraba en la sala, incluyendo la llama.

Fue entonces cuando la vi, una hembra dragón salía de la flama y se acercaba a algunos de los aspirantes para tocarlos con su hocico, acto seguido, las rojas flamas los rodeaban y caían fulminados, pero sin ningún tipo de quemadura.

Parecía venir directo a donde yo estaba, pero me pasó de largo rápidamente, pude verla de cerca, tenía una mirada extraña, parecía furiosa. Gire para poder seguir observándola, estaba justo detrás de mí, frente un remolino negro, abrió su hocico y una poderosa llamarada se estrello de lleno contra el remolino haciéndolo desaparecer.

Dio la vuelta y me miró directo a los ojos, tenía una mirada dulce y melancólica.

- Hasta el fin de los tiempos, luz y oscuridad, están condenadas a encontrarse, sin poder unirse jamás.-

Escuche la voz salir de todas partes, como si el sonido me rodeara y entrara por cada poro de mi piel, entonces acerco su hocico a mi, hasta que rozo mi mano, me sentí desfallecer.

Abrí los ojos, seguía de pie, aunque me sentía un poco mareada.

Los cánticos no habías cesado, algunos seminaristas y novicias parecían estar en trance, algunos de los aspirantes yacían en el piso. Entre ellos, justo a mi espalda, se encontraba el amigo de Lito, parecía sufrir mucho, una sacerdotisa hacia una silenciosa oración por él.

- ¿Esta bien?, ¿Voy por ayuda?.- Le dije preocupada a la mujer que sentada sobre sus piernas, vigilaba al seminarista.

- No te preocupes pequeña, estará bien. Es un profeta, la Diosa siempre lo toma para comunicarnos sus designios, el poder de la Diosa es tan grande, que lo debilita pero no debemos moverlo hasta que su espíritu vuelva del astral.-

- ¿Por qué la Diosa lo atacó?, ¿Por qué nos envuelve en llamas?.-

La joven sacerdotisa me miró sorprendida.

- Parece que los ataca, pero en realidad los esta bendiciendo,¿Viste a la Diosa, pequeña?.-

- Si, es un enorme dragón de fuego, ella me dijo que…-

- Basta, no repitas lo que te dijo la Diosa, a menos que ella te lo haya pedido. Lo que ha dicho es solo para ti. Es sorprende que salieras del astral por tu propia cuenta, son muy especiales los aspirantes que pueden hacer eso, estoy segura de que algún día serás sacerdotisa.-

Me sonrió dulcemente.

Yo no estaba tan segura como ella, pero si entendía que no cualquiera podía entrar y salir del astral, por voluntad propia, puesto que mis compañeros y varios de los seminaristas y novicias tardaron un buen rato en regresar. Los cánticos fueron bajando de intensidad hasta desaparecer por completo, casi todos salieron del trance en ese momento a excepción del chico burlón de cabellos morados. Me quede a su lado, junto con la sacerdotisa, hasta mucho después de que se vaciara la sala y todos se hubieran ido a dormir.

Fue casi entrando la madrugada, cundo volvió en si, se levanto trabajosamente con nuestra ayuda, y tambaleándose un poco. Murmuro un “gracias” apenas audible y salio de la sala. Salí detrás de él y lo seguí por algunos corredores, aun se vía muy débil.

El escucho mis pasos, volteo para encararme con los ojos entre abiertos, tenían un brillo extraño, eso y la oscuridad le daban un aire demoníaco, supuse que aquello era por la oscuridad que nos rodeaba.

- ¿Por qué me sigues?.- Pregunto en un tono frió.

- Yo, yo… estaba preocupada, aun estas muy débil.-

Cerró los ojos, y me sonrió, se acerco a mí y rozo mi mejilla con su mano.

- Me encanta tu inocencia Filia-Chan.-

Me sonroje y me aparte.

El continúo andando.

- Espera.- Le dije, él se detuvo y volteo el rostro.

- ¿Sucede algo?- Pregunto

- No, es que no se cual es tu nombre.-

El volvió a sonreírme antes de responder:

- Zeros.-

Y se marcho dejándome sola en el corredor.

 

Tarde un tiempo en reaccionar, pero cuando al fin lo hice, me retire a mi cuarto. No tenía caso que intentara dormir, faltaban solo un par de horas para que amaneciera así que me enfoque en recoger mis pertenencias y alistarme para la partida. Los días en Halemaumau, habían terminado.

Me sentía extraña, estaba contenta de volver a casa y al mismo tiempo triste de abandonar a mis nuevas amigas, y para colmo la sonrisa burlona de Zeros se me venía constantemente a la cabeza y me hacia rabiar.

Aquella noche, no dormí prácticamente nada, y la mañana me traía aun más sorpresas.

Beth, que era el nombre de la sacerdotisa, con la que había hablado aquélla noche, tenía razón, fui elegida para el noviciado, lo cual quería decir que no volvería a casa.

Mis padres estaban muy orgullosos de que me hubieran elegido, pero no podían ocultar su tristeza, perderían a sus dos hijos el mismo día, cuando terminaran la Fiesta de la Gracia.

Aquél ultimo día, nuestro ejercito sobrevolaba el templo haciendo hermosas figuras, había danzas y fiestas por toda la ciudad y durante todo el día, la sala del fuego sagrado de Ceifíed permanecía abierta y dentro de ella, se llevaban a cabo los compromisos, las nupcias, la consagración de los sacerdotes y por supuesto los votos de los novicios.

Las sacerdotisas me vistieron de blanco, con un sencillo atuendo muy parecido al de ellas, y recitaba un conjuro que me unía a la Diosa de forma transitoria, hasta que hubiera concluido mi entrenamiento y tomara el juramento de fidelidad como sacerdotisa.

Al terminar la ceremonia de los votos, permanecí al lado de mi familia todo el tiempo que me fue posible. Incluso dormimos todos juntos en la misma habitación de la posada, no queríamos que el día llegara.

Por la mañana nos presentamos en las puertas de “La Mansión del Fuego Eterno”, Val traía todo lo que pudo llevar, en una mochila de piel, yo no necesitaba equipaje, en la casa profesa, me proveerían de todo lo necesario.

Esperamos unos minutos, antes de que un anciano y un seminarista que reconocí como Zeros, salieran de Halemaumau.

Los cuatro nos abrazamos fuertemente, llorando, no podía creer que no volvería a casa en seis siglos, tiempo que tardaría en concluir mi entrenamiento. Val volvería a casa, dos siglos antes que yo, si quería volver, para entonces ya seria un apuesto y joven dragón, y nosotros no lo veríamos crecer.

- Vamos chico, ya es hora.- Dijo el anciano mientras lo separaba suavemente de nosotros y se lo entregaba a Zeros, el sería el encargado de conducirlo hasta las montañas, hogar de los su raza.

Val intentaba no llorar, pero no pudo contener las lágrimas y regreso a abrazar a mamá, yo me agache y abrace a mi hermanito. Zeros se acerco, y me tomo suavemente de los brazos para levantarme.

- ¡Por favor no te lo lleves!.- Le suplique con lo ojos llorosos.

- No puedo hacer eso Filia.-

- Por favor, te lo suplico.-

El abrió los ojos, y me miró de frente.

Tenía unos ojos hermosos, ligeramente rasgados, jamás había visto unos parecidos, eran de color morado brillante, como los cristales que se daban en el interior de mi cueva, los llamábamos amatistas.

Me hechizo con su mirada, no podía dejar de admirar sus ojos, tenía un semblante serio y decidido.

- Escúchame Filia, te prometo, que te devolveré a Val, pero tienes que dejarlo ir ahora.-

- Si.- Asentí, sus palabras me calmaron, nunca entendí por que, pero le creí.

Mi padre, tomo en brazos a Val, a pesar de que este ya le llegaba a los hombros, y espero a que Zeros se transformara en dragón para ponerlo sobre su lomo, y darle el último adiós, antes de verlo, partir sobre el lomo de aquél Seminarista de los Dragones Antiguos.

  

Capítulo 3