OJOS AMATISTAS

 por Anais Cephiro

1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos

(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)

  

CAPÍTULO TRES

JUEGOS DE MANOS

 

III

Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.

 

-El Seminarista de los Ojos Negros,

Miguel Ramos Carrión.-

 

 

El invierno termino, dándole paso a la primavera, esta al verano, el verano al otoño y el otoño a un nuevo invierno. Así constantemente, el tiempo siguió su curso hasta completar un siglo, el primero de los seis que necesitaba para concluir mi entrenamiento.

Al principio fue difícil, extrañaba terriblemente a mi familia, mi cueva, mi isla, incluso echaba de menos el volcán.

Mis padres iban a visitarme una vez cada año, y yo podía pasar con ellos seis meses cada diez años. Con el paso de tiempo, las visitas fueron más esporádicas y yo deje de extrañar mi casa, aunque las despedidas nunca dejaron de ser dolorosas, especialmente cuando todos juntos visitábamos a Val.

Nunca tuve tiempo de entristecerme, la vida como novicia era en extremo absorbente, pero he que reconocer que también era tranquila, placentera e incluso divertida.

Todos los días debía levantarme apenas despuntaba el alba, para entonar cánticos a Ceifíed, antes debía dejar limpia mi habitación con la cama hecha, cosa que me costo mucho dominar, puesto que a menudo me quedaba dormida y salía corriendo para llegar a tiempo a la muralla este, a donde todos subíamos para entonar aquél ronco y dulce canto que inundaba todo el valle, mientras amanecía.

Desayunábamos todos juntos y comenzaban las clases.

Algunos días tenia cátedra hasta que se ponía el sol,  otros días, ya no tenía ninguna después de la comida, pero si alguna tarea como ir a la aldea cercana por víveres, asistir a los sacerdotes en alguna ceremonia, acompañar a los sacerdotes y sacerdotisas, al pueblo cercano para impartir alguna clase acerca de nuestras tradiciones, a los dragones más pequeños, etc…

Aquél día yo volvía de la aldea cercana, me habían mandado a hacer un recado, tenía que avisarle al Jefe de la Aldea, que la ceremonia que quería realizar con el motivo del nacimiento de su primogénito, no podría realizarse ese día, puesto que el sacerdote encargado de ello, había tenido que salir de urgencia para curar a un dragón que había sido atacado por un demonio.

Estaba algo intranquila por eso, era el tercer dragón atacado en lo que iba del siglo. Era demasiado para nuestro pueblo que vivía en paz con todas las razas, nunca atacábamos si no nos provocaban.

Los demonios se estaban haciendo más audaces, habían empezado a motivar a los humanos para cazarnos, ya fuera por nuestra piel, por los poderes curativos de nuestra carne y sangre, por envidia de ser los elegidos para vigilar la llama de la Diosa, o tan solo por miedo.

Sabíamos que usaban a los humanos como fabricas de comida, exacerbando sus sentimientos negativos haciendo que dirigieran su odio contra nosotros, pero nunca antes nos habían atacado de frente, nunca desde la gran Shin-Ma Sensou, un demonio había atacado directamente a un dragón.

- ¡Filia!, ¡Filia!.- Escuche una voz ronca y fuerte llamarme, sacándome de mis pensamientos.

 Reconocí la voz y sonreí con toda la boca, Kobo, aquél enorme dragón, (y que no por tener figura humana dejaba de ser enorme) me saludaba contento, mientras bajaba por el camino que llevaba al seminario, no venía solo, detrás de él con su eterna cara de tonto, con ojos cerrados y sonrisa burlona, lo seguía Zeros.

A Kobo lo veía casi todos los días, incluso algunas de las clases, como “Introducción a las armas” y “La Sagrada Historia de los Dragones” eran mixtas, y ahí nos encontrábamos, era de los pocos dragones machos que podía considerar mi amigo. Por otro lado, Zeros era Seminarista, lo veía poco, (cosa que agradecía, por que nunca dejo de hacerme blanco de sus bromas)pues era uno de los “privilegiados” que gozaba de la complacencia y favor de los ancianos, (como diría mi amiga Helia“Solo Ceifìed sabe porque”) y constantemente acompañaba a alguno de los sacerdotes o incluso de los ancianos como asistente personal, o lo enviaban a los Centros Espirituales por periodos cortos de tiempo para que asistiera a los sacerdotes de dichos centros y les trajera noticias de ellos.

Inclusive llegó a pasar una temporada en “Halekala” y mi padres prácticamente se enamoraron de sus buenos modales y su encanto, y es que aunque me pesara admitirlo, tenía cierto “carisma” que le ganaba las simpatía de todos ( lo cual no le quitaba lo tonto).

- Tiempo sin verte Filia-Chan.- Dijo bajando su voz una octava más de lo normal y arrastrando las palabras, cosa que siempre hacia que se me erizara la cola.

- Si, pero no puedo decir que sea un gusto encontrarte.- Conteste, ante el saludo de aquél petulante.

- No comiencen…- Suplico Kobo fastidiado.

- Yo no comencé nada, fue él. Es un tramposo y, y…-

- Yare, yare, Filia. Vaya que eres rencorosa, eso paso hace siglos.-

- Tiene razón en eso, por que no lo olvidas y comienzan de nuevo.- Sugirió Kobo

- Pero, pero, el siempre encuentra la forma de hacerme enojar.-

- Dragón dorado, yo no tengo la culpa de que no tengas sentido del humor.-

- ¡¡¡VES!!!!.- Conteste alterada

- Creo que su problema es que no se conocen bien, estoy seguro de que si pasaran más tiempo juntos se entenderían.- Aseguro mi enorme amigo para agregar- ¿Por qué no vienes con nosotros?.-

- Me parece una excelente idea.- Apoyo Zeros, y casi juro que pude ver sus ojos entre abiertos brillar con maldad.

- ¿A dónde.- Pregunte extrañada

- Nos han enviado como representantes en los Ritos de Astarté, de la hija del Jefe de los dragones albinos de los Montes Azules, por que ninguno de los sacerdotes podrá asistir.

- Pero, tengo que pedirle permiso a la Superior, ya debe estarme esperando, hace una hora que me envió a la aldea.- 

- ¿Así que ya están domando a la fierecilla que llego de la isla?, bien, me alegro que los sagrados rituales y la vida con gente civilizada allá surtido efecto en tus instintos salvajes.- Señalo Zeros con sorna.

- ¿Qué quieres decir?- Pregunte irritada, más por la manera sarcástica que por lo que había dicho, que hasta cierto punto era verdad, la vida en el Seminario me estaba ayudando a dominar mi carácter explosivo.

- Que has perdido tu gracia Filia, ahora tienes miedo de quebrantar una pequeña regla.-

Me estaba retando, con su desgraciada sonrisa burlona y sus ojos traviesos, ¡Me estaba retando!, con que pensaba que no me atrevería, pues estaba equivocado…-

- ¡VAMONOS!- Grite y en el acto me convertí en dragón y emprendí el vuelo. Vi a Zeros, sonreír complacido para después tomar su forma draconiana,  Kobo tardo un poco más, supongo que dudaba de que me llevaran con ellos sin avisar, pero sabia también como yo, que Zeros podría sacarnos fácilmente de cualquier apuro con los sacerdotes con su encanto.

¡Por Ceifìed!, lo trataban como si fuera un Santo Varón y eso que apenas era seminarista,  ¿Cómo seria cuando fuera sacerdote?, estaba segura que, al terminar el seminario, lo nombrarían uno de los cuatro Sacerdotes Supremos, guardianes del Fuego Eterno, había escuchado a los sacerdotes hablar acerca de eso, y que podría llegar a ser el Profeta más grande de nuestro tiempo.

Era tan difícil de creer, que aquél tramposo dragón, con cara de tonto y traviesos ojos amatistas, fuera un Profeta de la Diosa…

Llegamos a los Montes Azules cuando el sol se estaba poniendo. Era un lugar de difícil acceso, altas montañas que casi tocaban el cielo, en aquella región el invierno apenas estaba llegando a su fin. Los picos de las montañas estaban aun coronados por nieve, que poco a poco se derretía, creando riachuelos y ojos de agua que despertaban la naturaleza de aspecto verde seco.

Los Ritos a Astarté, se llevaban a cabo en el valle, a pesar de que los dragones albinos vivían en cuevas altas, cerca de los picos. Para cuando alcanzamos la cañada, la noche ya había caído sobre nosotros.

Estaba oscuro como boca de lobo, aquél día no había luna.

Los tres caminamos juntos entre las tinieblas, con nuestras formas humanas. No debíamos de estar lejos del lugar al que nos dirigíamos,  pero la oscuridad no nos dejaba saberlo con certeza. Kobo iba delante de mí, se alejo diciendo que había visto las antorchas de los dragones, pero yo no vi  nada más que su silueta ser devorada por la oscuridad.

- ¡Kobo!, ¡Kobo!- Comencé a llamarlo pero tan solo el frió  viento de la montaña me respondió.

- ¿Qué te pasa pequeño dragón dorado?, tienes miedo…- Dijo Zeros detrás de mi, realmente odiaba que me hablara así, disparaba todo mi sistema nervioso en un segundo.  

- Déjame pensarlo… ¡NO!.- Dije molesta y acelere el paso, tratando de alejarme de él, sonrió divertido y me siguió de cerca. 

Escuchaba el canto del agua constantemente, proveniente de los pequeños riachuelos que corrían por la montaña. Pronto nos topamos con un pequeño ojo de aguas cristalinas.

- ¿Será agua dulce?- Pregunte

- ¿Por qué no lo investigamos?- Dijo el poniendo una calida sonrisa.

Me acerque un poco a la orilla del pequeño manantial y me agache un poco.

- Permíteme.- Dijo él amablemente, y metió su mano a las frías corrientes para acercar a mi boca un poco de agua cristalina.

Fue un gesto propio de un caballero, y a esa edad, yo nunca abría adivinado sus negras intenciones. ¡Quería tirarme al agua!

No pudo hacerlo, Kobo nos llamo justo cuando ese tramposo pensaba empujarme, yo me levante y di la vuelta para lograr verlo entre las tiniebla, haciendo que Zeros tropezara con mi cola y fuera a dar al helado manantial.

- Ja, ja, ja, ja, Zeros 0, Filia 1.- Rió Kobo de buena gana mientras ayudaba al chico de cabellos morados a salir del agua. Fue entonces cuando entendí que el muy desgraciado había tratado de arrojarme a mí dentro.

Continuamos el camino sin más incidentes y logramos llegar hasta el monolito, a la orilla del valle, donde se llevaban a cabo los ritos.

Astarté, era el nombre con el que los dragones nombrábamos la fuerza del amor, los ritos eran una celebración a la vida, a la fertilidad de la tierra y por supuesto a la descendencia.

Eran los ritos que indicaban que una dragona había dejado la niñez y algún día podría convertirse en madre, después de que su primer ciclo de fertilidad concluía.  No hacía mucho que yo había sido la protagonista de una de esas ceremonias, apenas unos dos o tres siglos atrás.

Se llevaban a cabo al amparo de la luz de la luna, en una mesa de mármol blanco, se colocaba una copa que contenía su primera sangre, y la chica tenía que ofrecerla a Ceifíed pidiéndole que la bendijera y le diera fertilidad y larga vida. Posteriormente el sacerdote (o el seminarista en su defecto), tomaba la copa, mojaba uno de sus dedos en ella y dibujaba un pentagrama en el vientre de la chica, mientras la bendecía. Esa era la señal de que había dejado de ser una niña.

Tenía rato que los dragones albinos nos esperaban para comenzar el banquete previo a los ritos.

- Bienvenido joven Zeros, el Gran Patriarca Jacob lo a recomendado mucho y nos ha pedido que lo tratemos como si fuera el mismo en persona.- Le dijo el Jefe de la manada mientras le estrechaba la mano amistosamente, parecía estar encantado con él.

- Mi persona, no merece ese trato.- Dijo humildemente Zeros

Yo levante una ceja escandalizada. ¡Cretino!, que lo comprara quien no lo conociera.

- Bienvenido joven Kobo, su nobleza también a sido alabada por el Gran Patriarca.- Continuo aquél hombre de aspecto tranquilo, de blancos cabellos y barbas.

Entonces me miró, con extrañeza, seguro que de mí el Gran Patriarca, no tendría ninguna recomendación que dar, especialmente por se supone que yo no debería de estar ahí.

 

- ¡Oh!, discúlpeme señorita, no me avisaron de que el joven Zeros traería a su prometida. Pero estoy seguro de que debe tener un encanto sin igual para ser elegida como esposa de nuestro futuro Gran Profeta.- Termino dándome un beso en la mano.

Me puse de mil colores, avergonzada no se acercaba ni tantito a lo que estaba sintiendo. Kobo luchaba por no soltar la carcajada y Zeros sonreía con malicia.

- Mi querido amigo, me temo que se ha equivocado, esta niña, es una joven novicia que me he permitido traer para ayudar a vuestra hija a prepararse para el ritual. Es una pequeña encantadora, pero apenas una cría, le suplico que no la perturbe con ese tipo de insinuaciones y que la disculpe si se muestra torpe o algo cohibida, salió de una isla usted entiende, es algo salvaje.- 

Aunque prácticamente susurro las últimas palabras, pude escucharlas claramente, y mi vergüenza se volvió furia, ¡Cría, cohibida, salvaje!, ya me encargaría yo de probarle que tan cría, cohibida y salvaje podía ser.   

Durante el banquete, corrí con suerte y me asignaron un lugar junto a Zeros. Y ya que, al parecer el no pensaba comer, me las ingenie para que “mis salvajes modales de dragón de isla” hicieran que su comida terminara en sus ropas de seminarista un par de veces.

Pensé que se pondría furioso, pero el muy tonto parecía disfrutarlo enormemente y eso me enfurecía. Si bien, el muy desgraciado tuvo ocasión de vengarse al ofrecerse a servir el estofado y tirármelo todo encima.

Apenas lo había hecho, se disculpo y trato de escabullirse, pero inmediatamente que había desaparecido por detrás de la tienda que servia de cocina, yo me levante, me disculpe diciendo que tenía que ir a asearme y lo seguí con una casuela en la mano.

- ¡Esta me la pagas, maldito tramposo!- Dijo Kobo que se escucho segundos después de que yo me fuera y los golpes de la cazuela contra los árboles interrumpieran las amenas conversaciones de los dragones albinos.

- Ja,ja, ja, el amor esta en el aire.- Rió de buena gana el Jefe de la manada y pregunto a Kobo- Es cierto que no hay nada entre esos jóvenes, seria una lastima, hacen una linda pareja.- Y siguió riendo, con un fondo musical de golpes secos de cazuela contra los árboles, chillidos histéricos de “deja que te atrape maldito tramposo” y risas burlonas combinadas con “tienes mala puntería dragón dorado”. Kobo se limito a subir los hombros y poner los ojos en blanco.

 El ritual fue tan bello como yo recordaba el mío, los pálidos rayos de la luna sobre la esfinge de la jovencita vestida con una túnica blanca y  la dorada copa destellando por la luz de las antorchas. Cuando Zeros toco el vientre de aquella jovencita, esta se estremeció, y me sorprendí pensando que yo también me estremecería si el me tocara.

Apenas termino el ritual, me lleve a la pequeña (es un decir puesto que no era mucho más chica que yo :P), para que se cambiara de ropa. Al volver, me encontré con Zeros apoyado en Kobo, estaba pálido y parecía apunto de desmayarse.

- La Diosa ha vuelto a tomarlo.- Me explico Kobo.

Nos despedimos rápidamente, Kobo se transformo en dragón y me ordeno que subiera a su lomo junto con Zeros, yo tenía que sostenerlo para que no se desmayara.

- Estaré bien en poco tiempo.- Se quejo el Seminarista.

No pude evitar mirarlo dulcemente, y le dije:

- Lo se, yerba mala nunca muere. Pero si regresamos sin ti, me echan del convento.-

- No me siento bien.- Admitió mientras nuestro enorme amigo agitaba las alas y ganaba altura.

- Shshshs, descansa, yo te cuidare.- Dije poniendo mi mano sobre su frente afiebrada. 

Viaje toda la noche con su cabeza sobre mi regazo, mis dedos enredados en sus sedosos cabellos violetas y contemplando su rostro que dormido, tenía la apariencia de un ángel.  

 

CAPÍTULO 4