OJOS AMATISTAS
por Anais Cephiro
1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos
(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)
CAPÍTULO CUATRO
CONOCIENDO A ZEROS
VI
Desde la ventana del
casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos; ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
-El Seminarista de los Ojos Negros,
Miguel Ramos Carrión.-
Al día siguiente, muy temprano por la mañana, la Superior me mando llamar.
Me lo esperaba, la única razón por la que no me dijo nada la noche anterior, era que habíamos llegado ya muy entrada la noche y Zeros aun se veía enfermo. Prefirió atenderlo que regañarme. Pero no fue un regaño, más bien fue un horrible y traicionero castigo…
- El joven Zeros, me lo ha contado todo. No tienes excusa para haberte ido sin mi consentimiento Filia, pero te lo pasare por esta única ocasión, por que el joven Zeros, me ha contado que realmente necesitaba a una novicia que lo asistiera con la ceremonia y fue el quien te insistió para que los acompañaras. Pero espero que no vuelva a repetirse.-
- No se repetirá, Superiora, se lo aseguró, no volverá a tener una sola queja de mi.- Dije mansamente y agache la cabeza, me había librado del inminente castigo y la mala nota en mi expediente. Ahora me preocupaba más por mi expediente, aspiraba a algún día ocupar el lugar de mi padre en mi querida isla, y sabía que no podría hacerlo si no demostraba ser digna del puesto.
- Eso espero, no quiero escuchar ninguna queja de ti, del joven Zeros. Ahora que serás su asistente.-
Mis cejas se levantaron escandalosamente, no quería creer lo que estaba escuchando.
- A sí es Filia, tendrás la responsabilidad y el honor de cuidar al joven Zeros, últimamente no se ha sentido bien, y nos preocupa. Habíamos pensado en que Kobo, primero, pero creemos que sería mejor una novicia, puesto que dentro de los instintos de una dragona, esta el de cuidar a los de su raza. Como he visto que se llevan bien, y la sacerdotisa Beth, me comento que ya habías estado presente cuando la Diosa lo tomo y no te inmutaste, pensamos que eres la persona indicada.-
Y así fue como acepte en silencio mi condena de asistente, carga paquetes, esclava-sirvienta, enfermera, niñera y madre “del joven Zeros”.
Mi castigo comenzó, ese mismo día, llevándole el desayuno a Zeros, así que fui por los alimentos a la cocina y me dirigí a su celda, que estaba en la parte norte del monasterio, asignada a los machos, dispuesta a sacarle los ojos. De alguna manera estaba segura de que todo esto había sido obra suya para mortificarme y tenerme a su merced.
- ¡BUENOS DÍAS JOVEN ZEROS!- Le grite mientras abría la puerta, aventaba la bandeja con el desayuno en la mesa de estudió y corría las cortinas dejando entrar la luz del sol.
- ¿Filia?- Pregunto el sin levantarse de la cama y con los ojos cerrados, lo escuche débil y me acerque a la cama.
- ¿Cómo te encuentras?- Pregunte preocupada.
- No me siento bien, tal vez no pase de esta noche…-
- ¡Por Ceífid!, no digas eso.- Me conmovió, no soportaba verlo así, tan vulnerable, tan frágil.
- Así que si vas a confesarme tu amor será mejor que lo hagas ahora.- Sonrió con esa maldita cara burlona.
- ¡Eres un idiota y un mentiroso!- Le grite y fui directamente por la bandeja y se la arroje encima con todo y desayuno.
- Ja,ja,ja,ja, no te he mentido Filia, yo nunca miento.-
- ¿Me vas a decir entonces que si te estabas muriendo?-
- Podría decirse que en cierta forma, ja,ja,ja,ja, pero ya que me has traído el desayuno me he sentido mejor.-
- ¡Idiota!, ¡Deja de estar jugando!- Al terminar la frase, me di cuenta de a quien le estaba gritando y el desorden en general que había causado en la habitación.
- Perdóneme joven Zeros, me he exaltado por la broma, le prometo que no se volverá a repetir, pero no le diga a la Superiora.- Me costaba trabajo hacerlo, pero no quería perder la posibilidad de convertirme en la sacerdotisa de mi Isla.
- Estás perdonada Filia, pero deja esas tonterías para los superiores. No pedí que fueras mi asistente para que me adularas, bastante tengo ya de eso.-
- ¿Tu pediste que yo fuera tu asistente?- Ahora si lo mataba.
- Digamos que sí. Kobo dijo que debíamos conocernos mejor ¿no?, además, tenerte cerca me hace bien.- Me guiño el ojo y yo me sonroje.
No hablamos más en el resto del día, si que era una persona ocupada. Todas las cuevas de dragones, pedían su presencia ya fuera por una u otra razón, y el Patriarca lo llamaba siempre que podía para que asistiera a las grandes ceremonias junto con otros futuros sacerdotes y sacerdotisas, todos sabían que le faltaba menos de un siglo para terminar el seminario, y que el podría ser el próximo Gran Patriarca, así que ya lo solicitaban como si fuera realmente un sacerdote y trataban de convencerlo que al salir del seminario, solicitara ser enviado a sus centros espirituales, todos lo querían como futuro sacerdote de su centro.
El día se pasó muy rápido entre peleas tras bambalinas y él presentándome como su asistente. Tenía muchísima vitalidad, no parecía que apenas la noche anterior hubiera estado tan débil Regresábamos al seminario, volamos bajo, y nos transformamos en humanos, en un claro cercano. El caminaba delante de mí con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
- Estás muy callada dragón dorado. No es que eche de menos tus encantadoras “pláticas”, pero ya tienes un buen rato sin decir nada.-
- No es de tu incumbencia.- Dije volteando la cara.
- A que tienes miedo. Le temes a la oscuridad.-
- ¡Por supuesto que no!- Tenía un rato que había oscurecido, y no estábamos lejos del seminario, pero esa noche no había luna y a mi pesar, si estaba un poco asustada.
- Entonces no te importara volver sola ¿verdad?, tengo un pequeño asunto que atender.- Y desapareció corriendo dejándome sola en la oscuridad, sin darme tiempo a replicarle nada.
Continué andando, tenía la odiosa sensación de que alguien me observaba y después un escalofrió me recorrió la espalda. Me detuve, detrás de mí, se encontraba una enorme y hermosa loba plateada. Sus ojos dorados me paralizaron y sentí que escudriñaban mi alma y me arrastraban a la oscuridad. Caí de rodillas.
- ¡Zeros!- Grite con todas mis fuerzas.
El apareció de repente y la loba huyo.
No me dijo nada, solo me tomo de la mano y me llevo hasta el seminario.
Sin embargo, al otro día se la paso riéndose de mí. ¿Cómo era posible que un dragón se atemorizara de esa manera con un lobo?, no me hacían gracia sus burlas. Pero lo que me hacia enfurecer, era que tenía razón, el animal aquél, me había petrificado de miedo.
Unos años después de que me asignaran como asistente de Zeros, tuvimos nuestro primer gran reto, debíamos llevar a los seminaristas más jóvenes a las “Montañas del Lamento”, donde se suponía que la Diosa Ceífied, había llorado y sus lagrimas había bañado el lugar, dotándolo de una energía espiritual sin igual. Nunca había estado ahí, pero tuve que hacerme cargo de casi todos los preparativos del viaje, por que Zeros tenía otras ocupaciones.
El día de la partida estaba hecha un manojo de nervios y él como la fresca mañana. Cuando llegamos al lugar, las cosas no fueron muy diferentes.
Era un lugar hermoso, en medio de grandes montañas, había un lago cristalino. Todos, cansados del viaje, nos refrescamos en el lago, todos a excepción de Zeros. Lo vi alejarse por una de las orillas del lago y caminar por un sendero casi inexistente entre las rocas. Salí del agua, y me transforme en humana, para seguirlo.
- Se que estas detrás de mi Filia.- Me dijo con voz seria.
- ¿Por qué no vienes con nosotros?, todos se están divirtiendo.-
- No puedo, ve tú en mi lugar.- Dijo en un tono muy serio
- Pero…- Replique
- Vamos, hazme caso por una vez.- Se escuchaba molesto y cansado, así que hice lo que me pedía.
Regrese con los otros dragones y seguimos el programa que había echo a pesar de que Zeros no volvió. Me había dejado la responsabilidad sobre todos, a mi sola, ya me las pagaría cuando se apareciera, ¡yo había tenido que hacer todo su trabajo!
No era extraño que desapareciera, solía hacerlo algunas veces y me obligaba a inventar excusas por sus desapariciones, pero siempre regresaba a tiempo para hacer lo que le tocaba, por eso ya no me enojaba ni me preocupaba tanto por él. Después de pasar tanto tiempo juntos, aun no sabía gran cosa de él, y tampoco nos llevábamos mejor, seguíamos peleando todo el tiempo y creo que el lo disfrutaba enormemente, hasta que asumí que quizás esa era su forma de comunicarse.
Era alguien bastante raro, todo un personaje. Se comportaba de la forma más correcta posible con los ancianos y sacerdotes, cumplía sus tareas con verdadera devoción y sabía tanto de la historia de los dragones, que competía en conocimiento con nuestros maestros de historia.
Con los seminaristas era cordial y divertido, pero no hacia amistad con ninguno de ellos, en cierta forma se apartaba, le gustaba hacer bromas pesadas a las novicias, (especialmente a mi ¬¬), pero también podía ser todo un caballero.
Para mi, era todo un enigma, a pesar del tiempo que pasábamos juntos, no sabía gran cosa de su pasado, casi nunca hablaba de ello, y cuando yo le preguntaba directamente me contestaba con molestos: “Sore wa himitsu desu” o cambiaba el tema de conversación.
Cuando quería, hablaba mucho conmigo, del seminario, de lo que teníamos que hacer, de sus bromas aunque siempre terminábamos gritándonos y persiguiéndonos por cualquier cosa.
Los más extraños, eran esos días como hoy, cuando no dejaba a nadie acercarse a él. Me había tocado acompañarlo a lugares muy lejanos, así, sin que dijera una sola palabra y sumido en sus pensamientos. Al principio yo trataba de hacerle conversación, pero nunca lo conseguía. Termine por aceptar, que algunas veces el podía ser así, callado y misterioso, casi siniestro. Aprendía a aceptar sus silencios.
Estaba atardeciendo, y el aun no volvía.
Comenzamos a buscarlo, por los alrededores. Dos dragones lo encontraron casi del otro lado de la montaña, desmayado y pálido, lo pusieron en el suelo, y yo lo tome de la mano. Las lagrimas se salieron de mis ojos, estaba muy preocupada por él.
- Filia ordena que preparen todo para regresar.- Me dijo.
- Estás muy débil, que tal si te pones peor en el camino.- Susurre
- He dicho que volvamos.- Abrió los ojos, y me miró severamente. Soltó mi mano, yo me levante y todas las miradas se posaron en mí
- Ya lo han escuchado, regresamos inmediatamente.- Ordene
No me dejo acercarme a él en el viaje de regreso, permaneció cerca de dos de las novicias más jóvenes que lo ayudaban a volar. Cuando llegamos al seminario tenía mucho mejor aspecto y se dio el lujo de acompañar a los sacerdotes a cenar.
Yo me retire a mi habitación, y llore amargamente, sin entender exactamente porque, o no queriendo saber la razón de mis lagrimas. Sin querer admitir que su rechazo me había dolido y sin querer darme cuenta de que me estaba enamorando de ese entupido y burlón seminarista.