OJOS AMATISTAS
por Anais Cephiro
1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos
(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)
CAPÍTULO SEIS
VERANO DE SILENCIO
En
una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
-El Seminarista de los Ojos Negros,
Miguel Ramos Carrión.-
Se fue.
Sin avisarme, sin despedirse, sin que pudiera verlo.
Era nuestro periodo de receso del seminario, regularmente, en ese tiempo todos volvíamos a casa. Yo sabía que el no regresaba con los dragones antiguos y siempre me había preguntado a donde iba, hasta que ese verano, yo también fui enviada ha uno de los cementerios de dragones.
Escuche sobre eso como un rumor, sabía que había algo de cierto, pero nunca me paso por la cabeza que iría. Los caminos de Ceífied son misteriosos. Varias novicias y seminaristas, eran enviados a los cementerios de los dragones ha acompañar a los ancianos en su muerte, era una celebración sagrada, el paso entre este mundo y la morada eterna del mar del caos, donde volvíamos a ser parte de la diosa. Entender eso, era la medula de nuestra formación espiritual, por eso nos enviaban ahí.
Zeros se marcho un día antes que yo, con un pequeño grupo de dragones. Nadie sabia con exactitud el lugar en el que se encontraban los cementerios, el instinto tendría que guiarnos hasta ahí. Yo me fui con cuatro jóvenes dragonas por el sureste.
No pude despedirme de él, ni siquiera pude verlo partir, pasaron un montón de circunstancias extrañas, que me mantuvieron lejos de él, durante los días previos a la partida. Me había acostumbrado tanto a tenerlo cerca, que esa separación, aunque breve, me dolía y tenía una molesta sensación en el estomago de algo inconcluso, algo que se quedo en el aire y nunca se concreto.
El Cementerio de Dragones, fue toda una experiencia para mí.
Nunca me imagine, que el instinto de nuestra raza fuera tan poderoso, como para guiarnos por incontables valles y montañas, hasta llegar a un valle, en uno de los extremos del mundo. Enormes cantidades de huesos se apilaban ahí, nobles dragones que pelearon en la Shima-Sensou, descansaban eternamente en el cementerio, mientras que ancianos dragones de diferentes clanes, esperaban pacientemente para hacerles compañía.
Su sabiduría era milenaria, aprendí mucho acerca de nuestra magia, nuestra historia y nuestras costumbres. Los ancianos, compartían su conocimiento con nosotros y otras veces se portaban como niños. Atenderlos, era una tarea agotadora, pero increíblemente te llenaba el corazón de paz y tranquilidad. Podías sentir la presencia de la diosa en cada uno de ellos y en todo el lugar en general.
Durante el día tenía muchas ocupaciones y durante la noche terminaba tan cansada que apenas cerraba los ojos y caía en un sueño profundo, sin embargo, aun así no podía dejar de pensar en Zeros. En sus ojos amatistas que me volvían loca, en como bastaba que me tocara para que me estremeciera, me preguntaba si estaría bien, si no se había sentido mal y en como la estaría pasando él.
Y pensaba, que nada nos unía, que así como se había ido sin despedirse, cualquier día podía irse de mi vida de la misma manera sorpresiva en que llego. Yo estaba perdidamente enamorada de él, pero no tenía idea de lo que el sentía por mi. Después de estar con los dragones antiguos, había pensado que el en realidad sentía algo por mi, pero ahora todo era tan confuso, así que decidí que las cosas no podían seguir así, tenía que hablar con él.
Nunca había echo algo semejante, los dragones no solíamos hablar de nuestros sentimientos, pero yo necesitaba saber, necesitaba que él me lo dijera. Así que decidí hablar con el, cuando volviéramos al seminario.
Muchas cosas cambiaron cuando regresamos.
Yo me sentía más unida a Ceífied que nunca, comencé el nuevo curso y sin ninguna explicación comenzaron a impartirnos también clases de defensa, estrategia, armas y todo aquello que fuera de gran utilidad en una guerra. Eso no me gusto nada, era un indicativo de que las cosas en el mundo no estaban tan bien como yo creía, casi me había olvidado de los mazokus.
Pude ver a Zeros dos días después de que regresamos al seminario, nos habían citado para darnos instrucciones, había varias personas en el salón, pero no me importo y corrí ha abrazarlo, tenía un aspecto pensativo, pero aun así me devolvió el abrazo.
La superiora carraspeo un poco para llamar mi atención y yo me aparte sonrojada. Nos hablo de los cambios que abría en el seminario, incluyendo uno que me calló como balde de agua fría.
- Filia Ult Cupt, de ahora en adelante asistirás a la sacerdotisa Beth en sus tareas, el joven Zeros no te necesitara más.-
- ¿Qué?- Mire a la superiora y a Zeros, los dos tenían el rostro como una mascara impenetrable. - ¿He hecho algo que incomodara al joven Zeros?- Me atreví a preguntar.
- No, el joven Zeros ha hablado muy bien de ti, por lo que me ha dicho él, y lo que me han comentado tus maestros, considero que es hora de que comiences a trabajar más propiamente en las labores de una sacerdotisa, Beth se encargara de instruirte y es muy probable que alcances el grado de sacerdotisa en menos tiempo del esperado, será un gran orgullo para tus padres.- Me respondió la superiora.
- Gracias, superiora.- Dije con los ojos centellando por las lagrimas, era algo que no me esperaba, estaba muy contenta, pero también triste, por que dejaría de pasar tanto tiempo con Zeros.
- Acércate Sherra.- Volvió ha hablar la superiora.
De las sombrar, salió una bella joven, de cabellos azules atados en una trenza y ojos verdes. No recordaba haberla visto nunca antes, pero me dio una desagradable primera impresión.
- Joven Zeros, ella será su nueva asistente.- Hablo la superiora, tuve que luchar mucho para controlarme, estaba muy enojada, y también muy triste.
Minutos más tarde, atravesaba uno de los jardines del seminario junto con la sacerdotisa Beth, Zeros nos había seguido hasta ahí.
- Para usted sacerdotisa Beth, y para ti Filia.- Dijo mientras con su enigmática sonrisa, nos entregaba a cada una, una de esas bellas flores que me regalara en mi cumpleaños.
- Gracias.- Dijo la sacerdotisa Beth, y decidió que era un buen momento para retirarse.
Nos quedamos solos, frente a frente.
- Necesito hablar contigo.- Le dije, nerviosa
- Te escucho Filia-Chan.- Dijo con su cara traviesa.
- Es en serió. ¿Por qué eres así conmigo?-
- ¿Así como?-
- ¡Así!, ¿Por qué me regalas rosas?, ¿Por que pediste que fuera tu asistente?, ¿Por qué me embromas?, ¿Por qué te acercas y te alejas así de mi?- Le solté a bocajarro. Estaba muy avergonzada, pero no pensaba retirar una sola de mis palabras.
- No pensé que te molestara.-
- No me molesta, es que ¡me estas volviendo loca! Nunca se que esperar de ti.-
- Bueno, eso es parte de mi encanto.- Me sonrió socarronamente
- Lo sé. Me encanta como eres. Yo, yo… te quiero.- Le dije mientras clavaba los ojos en el piso.
El silencio, fue lo único que recibí como respuesta. Suspire, tome valor y me atreví a preguntar, iba a terminar con esto de una vez, con mis preocupaciones por su salud, con mi insomnio por sus ojos, con la duda que me devanaba los sesos…
- ¿Qué es lo que tu sientes por mi?- Le pregunte
Mi pregunta, termino otra vez atrapada en el silencio, me miraba fijamente. Espere lo que me pareció una eternidad para que al fin el hablara.
- Filia-Chan, me temo que no es un buen momento, ¿Qué te parece si hablamos después?- Me dijo tomándome de la mano. Lo veía desconcertado, como si no supiera que hacer.
- Esta bien, hablamos otro día.- Le dije tristemente.
Me acompaño hasta mi habitación, y se despidió de mi, dándome un suave beso sobre la mejilla y yo me quede esperando, un día, que jamás llegó.