OJOS AMATISTAS
por Anais Cephiro
1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos
(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)
CAPÍTULO SIETE
ANTES DE LA TORMENTA
Con sus voces roncas
cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno; uno sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
-El Seminarista de los Ojos Negros,
Miguel Ramos Carrión.-
- ¿Otra vez suspirando por los rincones Filia?- Me miro Beth preocupada.
- Estoy bien.- Le dije y le sonreí para tranquilizarla.
Me había dado un pequeño descanso antes de proseguir con las lecciones de historia. Yo me había acercado a la ventana y miraba como el sol teñía el horizonte de rosa a anaranjado. El verano estaba apunto de terminar y el aire fresco de la tarde, nos anunciaba la proximidad del otoño.
Llevaba ya un año bajo el cuidado de Beth, era muy poco, especialmente para un dragón, pero a mi me parecía una eternidad. Era una mujer muy noble, algo estricta y tradicional, pero muy buena. Era algo así como una hermana mayor. Desde que la superiora me asigno con ella, comencé a avanzar rápidamente en magia dracoiniana, en parte por la unión que había sentido con la diosa en el cementerio de los dragones, en parte por lo mucho que Beth se esforzaba en enseñarme.
Por lo mismo, ahora estaba mucho más ocupada que antes. Beth me enviaba muchas veces sola, a lugares cercanos para realizar ceremoniales sencillos y me había confiado la instrucción de un grupo de jóvenes dragones, que iban un poco atrasados. A veces me volvían loca, pero les tenía un gran cariño por que me recordaban a mi querido Val.
A mi pesar, extrañaba mucho a Zeros, su compañía, sus tontas charlas, sus pesados silencios, incluso hasta discutir y gritarle, o golpearlo por cualquier cosa, y era por eso que a veces, inconscientemente, suspiraba.
Beth se había dado cuenta, pero nunca me instigo para que hablara, cuando me sentí lista, yo misma le conté lo que me pasaba. No se sorprendió demasiado, sabía que había varias dragonas en el seminario interesadas en el joven Zeros, yo misma lo sabía y me sentía como una tonta, nunca me había considerado “igual a las demás”. Por eso, cuando comenzaba a darme cuenta de lo que sentía por Zeros, había tratado de negármelo a mi misma, de convencerme de que solo estaba algo encariñada con él, pero al final, mis sentimientos habían sido más fuertes.
Intentaba con todas mis fuerzas, concentrarme en mis labores del día y en la enseñanza, lo lograba, pero cuando debía volver sola al seminario, o estaba en mi habitación, todo lo que había vivido con ese entupido seminarista volvía a mi mente.
Ahora todo lo que sabía de él, era por Beth.
Resulto que, cuando Zeros recién había llegado al seminario, Beth había sido su maestra y amiga, la pobre había tenido en su grupo, tanto a Zeros como a Lito. ¡La llevaron casi apunto del colapso! Pero también eran de los más adelantados de la clase, especialmente Zeros, que parecía tener una facilidad innata para aprender. Por un tiempo corto, Zeros había siso asistente de Beth, puesto que gracias a sus dotes naturales, fue rápidamente considerado casi un sacerdote, aunque aun no terminara el seminario.
Fue ella, quien me contó un poco acerca de la vida de Zeros, lo poco que ella sabía.
Él había llegado muy joven al seminario, los dragones antiguos, habían desconfiado de él desde las extrañas circunstancias de su nacimiento. Era hijo, de una de las dragonas más viejas del clan, una que nunca había podido poner un solo huevo. Estaba enferma, vieja y sola, ningún macho había querido tomarla, por su esterilidad.
De pronto, sin que nadie entendiera por que, uno de los machos más jóvenes y fuertes de la manada, decidió aparearse con ella y se marcharon para cumplir el periodo de cuarentena reglamentario. Los encontraron muertos, junto con un huevo negro, al parecer, el esfuerzo de poner el huevo, fue tal que ella no sobrevivió y el joven dragón que hubiera sido su padre, murió de una extraña enfermedad. Los dragones antiguos, tuvieron que llevar los cadáveres hasta el cementerio. De ese huevo negro nació Zeros. El crió quedo a cargo del consejo de los dragones antiguos y comenzó a crecer a una velocidad impresionante, al mismo tiempo que demostraba actitudes para la magia muy superiores a las de un pequeño de su edad.
Lo enviaron muy joven al seminario, querían deshacerse de él, temían una especie de maldición por la extraña muerte de sus padres. Beth me dijo que el consejo de dragones antiguos, había presionado mucho, para que se le admitiera a pesar de lo chico que era. Así que había quedado bajo su cuidado, hasta que rápidamente fue lo suficiente mayor para cuidarse a si mismo.
Beth le tenía un gran cariño y creía ciegamente que la diosa estaba en él. Parecía conocerlo bien, y yo llegue a pensar que nadie lo conocía más que ella y que él no confiaba en nadie más, como en ella. Aunque a veces tenía mis dudas, por que cuando Beth me hablaba de él, parecía como si hablara de otra persona, no del Zeros que yo había conocido.
- ¿Por qué no damos un paseo Filia?, tal vez te ayude a distraerte un poco, ha sido suficiente estudio por hoy.- Me dijo Beth, para llamar mi atención y alejarme de la ventana, yo asentí con la cabeza.
Salimos del seminario y nos internamos en el bosque cercano, me gustaba el olor de la naturaleza, a humedad y plantas. Beth me contaba acerca de lo que teníamos que hacer, el siguiente día cuando escuchamos algunas voces. Seguimos el sonido, Zeros y Sherra, hablaban con una misteriosa mujer cuyo rostro no podíamos observar por la capucha que la cubría. Ella fue quien se percato de nuestra presencia, distinguí algo así como una sonrisa en sus labios y levanto la mano, para decirnos adiós, mientras se alejaba tranquilamente por el bosque.
- No se te quita lo entrometida, querida Filia.- Me dijo socarronamente.
Estaba apunto de gritarle, cuando Beth lo interpelo directamente.
- ¿Quién era esa mujer?- Demando saber.
- Solo una pobre mujer que necesita nuestra ayuda.- Le contesto el con su inmutable sonrisa.
- Es hora de marcharnos joven Zeros, o llegara tarde a la reunión con los ancianos.- Le dijo Sherra acercándose a él, y apartándolo de nosotras.
- Ya la han escuchado, debo irme.- Se despidió.
- Ten cuidado Zeros, esa mujer, despedía una energía muy extraña casi…demoníaca.- Le dijo Beth claramente.
- Lo tendré Beth, no te preocupes.- Y se marcho al fin.
- Deben llevarse muy bien.- Dije al aire
- ¿Quiénes?- Volteo Beth a verme.
- Zeros y Sherra, la nueva asistente.- Trate de que no se notara, pero mis celos se traslucieron en mi voz.
- ¿Por qué piensas eso?- Me pregunto ella intrigada.
- Bueno, a veces el tenia que tratar “algunos asuntos” y me pedía que lo esperara. No me dejaba acompañarlo. Al parecer, a ella si la lleva a todas partes.- Le dije a Beth.
Ella se quedo pensando un momento, y su mirada me dijo, que no le gustaba nada, lo que yo le había dicho. Volvimos al seminario, y ella se dirigió al gran salón, donde reposaba el espíritu de la diosa. No salio de ahí en toda la noche.
Al otro día, ella parecía seguir preocupada por algo, pero aun así bajamos al pueblo, para acompañar a los que habían sido mis pupilos, junto con los otros jóvenes dragones del seminario, al cierre de su primer ciclo de enseñanza. Se hacia una ceremonia sencilla y una pequeña fiesta en su honor. Zeros también estaba ahí, me supongo que el patriarca le había insistido para que nos acompañara. Sherra no se le despegaba ni un solo momento, parecía su sombra y me estaba volviendo loca de tristeza y de celos.
Realmente nunca nos habíamos tratado, era una chica muy seria y nadie parecía saber mucho de ella, como si de pronto hubiera aparecido de la nada. Era un poco más chica que yo, pero muy bella, su cuerpo ya estaba totalmente desarrollado y era tremendamente complaciente con Zeros, según lo que me habían dicho, nunca desobedecía una orden suya, ni lo contradecía y lo miraba como si fuera un dios. De alguna manera, a pesar de mis celos, me sentía muy identificada con ella, me recordaba un poco a mí, cuando recién había llegado al seminario.
La ceremonia termino y dio comienzo el banquete.
Por rango, me asignaron un lugar junto a Zeros y Beth. Ella lo miraba, como si tratara de adivinar sus pensamientos, su rostro seguía mostrando mucha tensión y unas tremendas ojeras, por haber pasado la noche en la sala del Fuego Sacro. No hablamos mucho, Zeros también se veía preocupado, no comió nada y se levanto antes que los demás.
Yo termine de comer y decidí volver al seminario sola.
Me sorprendió darme cuenta de que Zeros había tenido la misma idea que yo y subía el camino empedrado que llevaba al seminario, unos metros delante de mí. Lo observe tambalearse un poco, y subí corriendo para alcanzarlo. Sin que ninguno de los dos dijera nada, lo tome del brazo para que se apoyara en mí.
Llegamos al seminario, que estaba casi desierto y le ayude a llegar hasta su habitación. Estar lejos, me había hecho olvidar, lo delicada que podía ser su salud.
- ¿Estas mejor, Xel-Kun?.- Le pregunte mientras lo ayudaba a sentarse sobre la cama. Inesperadamente, el me abrazo, sin decir una sola palabra, yo le correspondí el abrazo.
Fueron tan solo un par de minutos, pero al estar así, con el tan cerca de mi, todo lo que sentía por él, se me vino de golpe, todo ese año que habíamos pasado separados se borro en un instante, como si nunca hubiera pasado.
Me sentí feliz, como si no nos hubiéramos distanciado nunca, como si no hubiéramos dejado inconclusa una conversación, como si aun fuera yo, la que cuidaba de él. Hice aun lado todas esas cosas que me molestaban, mis celos, mi preocupación por su salud, lo enojada que estaba por que en todo ese tiempo no había intentado acercarse a mi de nuevo, y decidí simplemente disfrutar ese pequeño instante de felicidad pura que me daba el tenerlo junto a mi.
Sherra abrió la puerta de la habitación, nos miro por unos segundos y volvió a cerrar, no pude leer la expresión de sus ojos, pero de alguna manera, intuí que no le había gustado lo que había visto. Me separe de Zeros lentamente, hubiera querido permanecer toda mi vida ahí, pero yo ya no era su asistente y el no había vuelto a hablar conmigo, desde aquella noche. El dejo de abrazarme, y se recostó en la cama, mientras yo salía de la habitación. No nos dijimos nada, ni siquiera adiós.