OJOS AMATISTAS
por Anais Cephiro
1era Parte El Seminarista De Los Dragones Antiguos
(Ubicación Temporal: Unos siglos antes de la Kouma- Sensou)
CAPÍTULO OCHO
¡NAMAGOMI!
Corriendo los años, pasó
mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
-El Seminarista de los Ojos Negros,
Miguel Ramos Carrión.-
Durante siglos y siglos, después de la Shima-Sensou, los dragones vivimos en paz, ocupándonos solamente de nuestros asuntos y sin prestarle atención a las criaturas que compartían el mundo con nosotros. Yo nunca había tenido contacto con ninguna de las otras razas, que habitaban el continente. Había escuchado de los Elfos, cuya sabiduría se decía que podía llegar a compararse a la nuestra, pero que aun así, estaban por debajo de nosotros, también había escuchado algo, sobre los señores enanos que habitaban en las cuevas y su gran habilidad con los metales, sobre los duendes y su oscura magia, y sobre las curiosas criaturas llamadas humanos, que en unos cuantos siglos había poblado casi por completo el continente, su habilidad para reproducirse, compensaba su debilidad y su corta existencia. No nos parecía importante relacionarnos con ellos. ¿Para que conocerlos?, ¿para que ocuparnos de ellos? Si apenas y sus cortas vidas duraban un parpadeo en la inmensidad del tiempo.
Fue una sorpresa para todos, cuando embajadores de todas esas razas, con las que nunca habíamos tenido contacto, se presentaran en el Seminario, para solicitas una audiencia con los Sacerdotes y Sacerdotisas de más alto rango y con el Gran Patriarca.
“Se aproxima una gran guerra”, fue el rumor que se coló, por las paredes del seminario, después de que dichos embajadores, obtuvieran su audiencia. Beth ya lo sabía, lo supo desde el día que velo en la sala del Fuego Sacro, los ancianos lo habían visto venir desde siglos atrás, por eso habían incorporado las armas a nuestra enseñanza y habían elegido a los más diestros para formar una especie de ejército interno.
¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de algo así?, había señales de esa terrible batalla que se aproximaba por todas partes, pero simplemente no fui capaz de verlas, estaba tan metida en el estudio y sobre todo, tan distraída con mis sentimientos, que simplemente todo lo demás no tenía importancia.
El peor golpe que pudimos recibir, y que hizo tambalear los cimientos del seminario mismo, fue revelado por uno de los embajadores elfos, había traidores entre nosotros. Eso rompió por completo la vida apacible que llevábamos, dando comienzo con una especie de cacería de brujas interna y un gran recelo entre los clanes.
Todos los dragones éramos muy unidos al clan que pertenecíamos, una acusación contra un miembro de alguno de los clanes, era una acusación contra todo el clan. Lo que provoco muchos recelos y divisiones entre los dragones.
Las sangrientas batallas, entre los mazokus y las criaturas habitantes del universo sur comenzaron.
Los ancianos estaban desconcertados, pues no entendían cual era el objetivo de los mazokus, al atacar de esa forma poblados de humanos, duendes, enanos o elfos, para reducirlo ha cenizas. No mataban a todos, siempre dejaban una pequeña cantidad en cada pueblo, para que pudieran contarle al resto del mundo acerca de la crueldad con la que devoraban a sus victimas o las vejaciones a las que eran sometidas.
Yo no tuve que escucharlo de nadie, como futura sacerdotisa, mi deber era auxiliar a los heridos que llegaban por montones al seminario, tanto si eran dragones, como si no lo eran. Huesos rotos y órganos desechos, eran heridas leves, en comparación del estado agonizante y doloroso, en que llegaban la mayoría de los heridos. Lo peor, era el estado de su mente y espíritu. Cuando el cuerpo sanaba, con la mente y el espíritu podían pasar dos cosas: no volvía o se consumía por el odio y la sed de venganza.
Desde el comienzo de la guerra, no sabía nada acerca de Zeros, supuse que había regresado con su clan, eran tan pocos, y la mayoría eran tan viejos, que toda la ayuda les seria beneficiosa. Cuando tenía unos pocos minutos, o cada que llegaba un dragón herido, alzaba una silenciosa oración a Ceífied por él y por Val. Me aferre, a la vieja promesa que me hiciera, de que me devolvería a Val, pasara lo que pasara, quería creer que el lo protegería.
También oraba por Papá y Mamá, a quienes no había visto en siglos, no me daban muchas noticias del exterior, pero quería creer que estaban bien, por lo lejana y pequeña de mi isla, y por el enorme poder que recordaba tenía papa.
- ¡Ahg!.- Escuche el quejido claramente, que provenía de una de las camillas, que se habían puesto en las catacumbas del seminario para que sirvieran de enfermaría y albergaran a los miles de heridos que llegaban a diario.
- ¿Dónde le duele?- Pregunte amablemente. No me respondió, parecía que acababa de despertar, era un humano, de largos cabellos azules y una mirada severa. Le aplique un conjuro de adormecimiento, no podía hacer mucho más por él, ya había sanado sus heridas, solo quedaba esperar y que su misma fuerza vital, lo trajera de vuelta.
- Voy por ti Dynast.- Fue lo último que dijo antes de caer dormido de nuevo.
Cuando Beth, paso ha hacer la inspección al otro día, descubrió que aquél extraño humano, llamado Lei Magnus, se había ido. Resulto ser un poderoso hechicero, quien creo el Dragon Slave y el Blast Bond, para enfrentarse a Dynast Gausherra.
Los mazokus lo utilizaron, como a todos nosotros, para traer a la vida a Ojos de Rubí. Era un plan complejo y magistralmente llevado a cabo durante siglos, sin que ninguna criatura del universo sur, hubiera logrado descifrarlo. Para contrarrestar el poder de Ojos de Rubí, los ancianos decidieron invocar la presencia física del rey dragón del mar, una de las siete partes en que se dividió, Ceífied.
Era preciso, otorgarle el cuerpo de una sacerdotisa y fue Beth, quien se convirtió en el cuerpo de Suiryuoh. Esa noche fue a despedirse de mí y jamás volví a verla.
- Un día serás la más grande sacerdotisa de nuestro pueblo querida Filia.- Me dijo mientras me abrazaba, en la oscuridad de las catacumbas y los quejidos de los heridos.
- ¿Vas a estar bien, Beth?.-
- Estaré con la Diosa, nunca estaré mejor Filia.-
Me asombraba su fe, no estaba segura de que yo alguna vez, llegara a tener una fe tan grande como la tenía ella. Murmuro una pequeña oración de protección para mí, y se marcho con los ojos brillosos. Por mi rostro, ya resbalaban gruesas lágrimas. Inmediatamente de la marcha de Beth, me llamaron al gran patio del seminario, que los dragones estaban usando como pista de aterrizaje para dejar a los heridos. Tenía que ir a ayudar a atenderlos y transportarlos hasta las catacumbas.
- ¿Filia?- Escuche mi nombre como un susurro forzado, provenía de uno de los heridos.
- ¿Lito?, ¡Por Ceífied!- Me asuste, apenas si podía reconocerlo, debajo de la sangre que lo cubría y los golpes en su rostro.
- Escúchame Filia, los dragones antiguos nos han traicionado, hay un Mazoku con ellos.-
- ¿Qué?, ¡Val!, ¡Zeros!.- Dije apunto de sollozar y echarme a correr.
- ¡Espera!.- Me dijo él, juntando sus últimas fuerzas para tomarme del brazo y detenerme. Me miró directamente a los ojos. – Esto es muy importante, tienes que comunicárselo de inmediato a los ancianos, Zeros es un mazoku, no deben confiar en el.-
- ¿¡¡QUE!!!?, ¿¡¡¡NO PUEDE SER, NO ES VERDAD!!!?.- Dije mientras las lágrimas ya me inundaban los ojos y sentía que iba a desfallecer.
- ¡Yo mismo lo vi!, ha atacado muchos de los centros espirituales, protegido siempre por una capa negra con capucha. Lo reconocí, y el a mi. ¡Fue el, quien me hizo esto!- Lito quito la sabana que cubrí la mitad de su cuerpo, le habían arrancado las piernas sin piedad, había visto suficientes heridas para saber que no viviría, el también lo sabía y estaba utilizando sus últimos minutos de vida para que yo entendiera, quien era en realidad Zeros.
Alguien que estaba condenado a morir, no tenía por que mentir. Así que de pronto todos esos detalles insignificantes que siempre me habían desconcertado acerca de Zeros, tenían sentido, de pronto el rompecabezas estaba completo.
Un mazoku criado como un dragón, protegido siempre por el inmenso poder del ama de las bestias, viviendo entre nosotros, como si fuera uno de los nuestros, ganándose la confianza de todos, visitando cada uno de los centros espirituales, conociendo nuestras debilidades, sin levantar sospechas, por nuestro ciego orgullo, de creernos invulnerables. Todo este tiempo, me había utilizado, se alimentaba de mi tristeza, de mi enojo, de mi desesperación. Mi carácter voluble, era perfecto para que él se alimentara y sobreviviera, a pesar del constante contacto con nuestra raza. El hacer que me enamorar de él, no fue sino una pieza más en el enorme tablero de ajedrez, yo era la dragona con quien más tiempo había pasado, la única que alguna vez podría haber sospechado de él, pero que no lo hizo, por que estaba enamorada.
Todo esto, pasó por mi mente, a la velocidad de un relámpago, algo dentro de mí se rompió y mis ojos se volvieron tan fríos como el hielo.
- ¡Filia!, ¡Escúchame por favor!, ¡TIENEN QUE IMPEDIR QUE LE ENTREGUEN LA GALVEILA!.- Grito Lito, y todos los de alrededor, vieron como en ese grito, daba su ultimo respiro. Le cerré los ojos con delicadeza, y entre en el seminario.
Corrí a toda prisa a hasta el salón, en que sabía que se reunía el consejo de ancianos, estaban en plena sesión. Lo que iba ha hacer, en otro tiempo me hubiera valido la expulsión del seminario y la vergüenza para mi familia, pero entre a toda prisa, golpeando la enorme puerta de manera y grite para interrumpir la sesión.
- ¡ZEROS ES EL TRAIDOR!, ¡LOS DRAGONES ANTIGUOS LE ENTREGARAN LA GALVEILA!-
La sala se lleno de voces que gritaban, el patriarca los hizo callar y me interrogo, desde lo alto del tribunal que precedía. Le conté lo que Lito me había dicho, las sospechas que Beth se había callado y lo que yo misma nunca había contado por lealtad con Zeros.
Al tribunal no le tomo más que un par de minutos, decidir lo que se debía hacer.
- Le hemos pedido a los dragones antiguos que nos entreguen la Garvelia desde que comenzó la guerra. Ellos nunca han accedido a nuestra petición, han criado una mazoku entre ellos, eso es traición contra nuestra raza y sobre su cabeza de hoy en adelante, pesa una sentencia de muerte. ¡ENVIEN A LOS DRAGONES DORADOS!, ¡QUE NO QUEDE UNO SOLO CON VIDA!.- Rugió el gran Patriarca.
- ¡NO!, ¡Por favor no, Val esta con ellos!- Grite desesperada, pero nadie me escucho, la reunión había terminado, y se disponían a enviar de inmediato al ejercito de mi pueblo para matar a mi propio hermano. Corrí y trepe por la tribuna, hasta poder alcanzar al Gran Patriarca.
- ¡Por favor, tiene que hacer algo, mi hermano esta con ellos!- Le suplique con los ojos llenos de lagrimas.
- Lo siento pequeña, pero algunos sacrificios deben hacerse por el bien de nuestro mundo.- Fue la respuesta que recibí del Patriarca.
- ¡Usted es un viejo miserable y…- Le dije mientras intentaba golpearlo en el pecho con los puños cerrados, su guardia personal me detuvo al instante.
- Enciérrenla en una mazmorra, por su propia seguridad.- Ordeno el patriarca.
Me llevaron a las mazmorras del sótano y me encerraron ahí, intente escapar, antes de llegar, pero no lo logre, eran mucho más fuertes que yo. Permanecía en mi celda, durante casi cuatro angustiosas horas que se me hicieron eternas. Entonces comencé a escuchar explosiones y gritos de angustia. Estaban atacando el seminario. Me transformé en dragón y salí por el techo de la celda, llegando al patio central del seminario. Apenas alcanzaba a ganar altura, cuando una especie de arpón me perforo el costado haciéndome caer, volví a mi forma humana, seria más fácil escapar así.
Desangrándome, llegue a aquél pasillo, repleto de vasijas de porcelana, que tanto me gustara cuando había llegado al seminario, que lejos estaban ahora, esos felices días. Todas las vasijas, estaban hechas añicos, los pedazos de porcelana rota se esparcían por todo el lugar manchados por la sangre, de los cadáveres de los dragones que habían muerto ahí. A mí alrededor todo era un caos, mi instinto me decía que tenía que hacer lo posible por salir de ahí, y conservarme con vida, pero no podía moverme. Toda mi atención estaba fija, en la porcelana rota y blanca, manchada con sangre, sangre de mi pueblo, sangre como la que se estaba derramando en todo el continente, como la de mi hermano al que yo misma había sentenciado a muerte. Me quede ahí parada, como si fuera una estatua, tal vez durante horas.
La sensación de unos brazos rodeándome por la espalda, me fueron trayendo poco a poco a la realidad. Mi cuerpo reconocía esa sensación, la conocía bien, y siempre tenía el mismo impacto en mí. Una corriente eléctrica que me subía por la espalda, y la sensación calida y dulce que se apoderaba de mi corazón.
No necesitaba verlo, para saber quien era. Todo mi cuerpo se tenso, gire sobre mi misma para soltar un golpe con todas mis fuerzas y el puño cerrado contra su rostro.
- ¡SUELTAME NAMAGOMI!.- Fue lo que le grite antes de golpearlo para alejarlo completamente de mí. El tenía la culpa de todo, de los millones de dragones que habían muerto, de la guerra, de que hubieran sentenciado a muerte a Val. Mis ojos destilaban odio puro, recogí un arma, la primera que encontré, una maza que había pertenecido a uno de los guardias, cuya sangre teñía la porcelana blanca, de rojo.
Me fui sobre él, sin volver a decir una sola palabra, no pensaba, no estaba conciente de lo que hacia. Era mucho más fuerte que yo, más astuto, tremendamente peligroso, ya había eliminado por completo a mi raza. ¿Qué daño podría hacerle yo? El me miraba, con sus rasgados ojos abiertos, con una mirada indescifrable. Logre asestarle un golpe que lo empujo contra la pared, haciendo que esta cayera sobre él, sepultándolo. Se levanto sin mucho esfuerzo, y con su morada aura demoníaca brillando, sus ojos centellaron con furia.
Desapareció unos instantes, para aparecer de nuevo delante de mí, me tomo de la cintura y me estrecho con una mano, con la otra, creó una bola de energía púrpura que impacto directo contra mi pecho. Sentí un terrible ardor que se esparcía rápidamente por todo mi cuerpo, fueron sus ojos amatistas, lo ultimo que vi, antes de desfallecer.