Bajo el Arbol Dorado
por Suisei Lady Dragon
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Notas
La serie de Slayers y sus personajes pertenecen a su creador, en ninguna forma me estoy adjudicando propiedad alguna sobre ninguno.
Esta historia fue creada con el propósito de participar en el reto de Marzo 2004 del Altar de Zeros, propiedad de Karoru Metallium, por lo cual está prohibida su publicación en cualquier otra página.
Los segmentos de letras que aparecen en este fanfic son canciones infantiles de las cuales no recuerdo su autor, sin embargo, el último segmento pertenece a "Angel de Mi Corazón" ("Sobrevivir")de Olga Tañón.
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Irogoto - love affair, sensual pleasures
Agnes - cordero
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“¡Demonios! ¿Dónde está Gourry?” Gritó Lina desesperada mientras intentaba ver más allá del torrencial aguacero que se descargaba con furia por los fuertes vientos. “¡Le dije que no se rezagara!”
“Lina, si nos detenemos ahora no podremos llegar a tiempo a la cueva.” Le gritó Zelgadis tratando de convencerla de continuar.
“¡Al diablo la posada, no me puedo quedar así!” Le gritó Lina en respuesta. “No voy a volver a perderlo.” Susurró para sí misma mientras intentaba crear un campo de protección alrededor de ella para ver mejor, pero las palabras se le escapaban con la ansiedad. “Kuso.” Y comenzó a correr el camino de regreso. “¡Continúen ustedes! ¡Los alcanzaré más tarde!” Y desapareció por el camino. Zelgadis gruñó entre dientes con coraje. Si bien la lluvia no le molestaba por su constitución de roca, lo mismo hacía que perdiera calor mucho más rápidamente. Maldijo su propia maldición y se volteó a ver a Amelia.
“Yo iré tras ella.”
“¡Pero Zelgadis-san!”
“Amelia, tienes que llegar a la posada antes que la tormenta empeore.”
“¿Sola? No quiero ir sola, iré contigo.” Dijo decidida y puso aquella mirada testaruda que le decía a Zelgadis que la princesa no se retractaría. Suspiró resignado.
“Está bien, pero no te separes de mí.” Murmuró cansado. La princesa asintió con la mirada seria y ambos comenzaron a correr tras Lina.
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“¡¡Gourry!!” Gritó por millonésima vez tratando de escucharse por encima del violento ulular del viento que cada vez la azotaba con más rigor. “Maldita tormenta del demonio. ¿Cómo pudo alcanzarnos tan pronto?” A lo lejos le pareció divisar la figura de un hombre alto con largos cabellos. “¡Gourry!” Gritó con sorpresa y comenzó a correr hacia la figura tropezando más adelante con unas raíces que no había visto. “¡AAHHHH!” Gritó poniendose en pie llena de lodo y hojas. Un resplandor rojo la iluminó por unos segundos y entonces...
“¡Drag Slave!” La inmensa bola negra rugió mientras ascendía en el aire. Las nubes de la tormenta se arremolinaron alrededor de ella y antes de que el hechizo pudiera reventar varios relámpagos coincidieron en el centro de la masiva esfera iluminándola desde el interior.
Lina observó desde abajo el hechizo y pudo escuchar claramente las extrañas explosiones que se produjeron en el interior, seguidas por varias explosiones sucesivas cuando las primeras atrajeron una mayor cantidad de energía de la tormenta a través de los relámpagos. “¡Rayos!” Exclamó con una expresión atontada. Finalmente varias columnas de energía escaparon rajando la nítida esfera y las nubes aledañas fueron absorbidas por el vacío del interior, todo el conjunto brilló por unos segundos y Lina esperó la consabida explosión del Dragon Slave. Escuchó primeramente un silbido fuerte mientras la bola seguía absorbiendo las nubes y cayó al suelo tratando de aferrarse de lo que fuera mientras la acción de succión envolvía parte del lugar. Luego un espantoso sonido como de energía en movimiento y finalmente nada. “¿Uh?” Dijo aturdida. Miró al cielo y por un buen rato se pudo ver el sol reluciente. “¿Qué pasó?”
Un pequeño remolino negro pareció formarse de la nada y se estrechó en minutos hasta cubrir el lugar nuevamente. Unas gruesas gotas comenzaron a caer y Lina gruñó con desaliento. La tormenta comenzaba a azotar nuevamente como si se burlara de la pequeña hechicera. “Odio las tormentas.” Murmuró enojada y continuó su búsqueda del rubio espadachín.
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“Zelgadis-san, ¿qué es eso?” Había visto el cielo despejarse y se había detenido. Zelgadis también observaba con curiosidad desde su lugar. Vieron cómo se volvía a formar la tormenta y comenzaba a azotar nuevamente con renovadas fuerzas. El joven se encogió de hombros sin haber sentido ningún cambio.
“No lo sé, pero será mejor que continuemos. Parece que la tormenta no se va a detener.” La quimera y la princesa continuaron tratando de encontrar el rastro de la peliroja.
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Lina estaba exhausta y tiritaba de frío. La voz se le había enronquecido y no le permitía continuar llamando a Gourry. En una de las vueltas del camino le pareció ver la entrada a una cueva y se dirigió a ella de inmediato. Cuando se adentró suspiró un tanto aliviada. Afuera el viento azotaba inclemente mezclado con la lluvia formando una blanca cortina que no permitía ver apenas unos pasos más adelante.
“¡Luz!” Pero la tan esperada esfera no apareció. “¿Qué pasa? ¡Luz!” Intentó una y otra vez pero no suecdió nada. “Maldita sea, primero la tormenta, luego Gourry y ahora esto! ¿Qué más podría pasarme en este maldito bosque?” Gritó exasperada dando un buen golpe con el pie al suelo. Y la peliroja obtuvo la respuesta a su pregunta.
Una piedra se resbaló del golpe y la bota que se había posado sobre ella resbaló y con la bota la pierna y una muy enojada Lina Inverse comenzó a resbalar hacia el interior de la cueva.
Finalmente el cuerpo en movimiento se detuvo y Lina se puso de rodillas tratando de ver a su alrededor. Podía sentir una corriente de agua bastante fuerte que le llegaba hasta media pierna en su posición. El agua que entraba por la boca de la cueva se unía a la que se filtraba por las paredes creando la corriente que se fortalecía según declinaba el suelo. Una débil luz se podía ver hacia el interior de la cueva por lo que Lina se levantó y se dirigió a ella con lentitud tratando de ignorar todos los raspones que había recibido al deslizarse por la entrada de la cueva. “¿Qué es esto?” Al final la estrecha boca de la cueva se abría en una enorme bóveda. El lugar estaba iluminado por hongos fluorecentes que crecían en las paredes pero lo más hermoso era el agua que llenaba el fondo de la bóveda. Por varios orificios en las paredes se colaba el agua y caía en pequeñas cascadas que provocaban ondas que se iluminaban al mover el líquido.
Estaba en pie sobre una de aquellas bocas que filtraba agua al interior, seguramente la cueva tenía otras muchas entradas que el agua había ido erosionando con el tiempo.
Lina comenzó a descender por la pared hasta llegar a una especie de borde alrededor del agua y la bóveda. Luego de un buen tramo llegó hasta el otro lado donde había una extensión mucho más amplia por donde caminar y algunas entradas. Varias de ellas eran túneles que continuaban hacia el interior de la cueva, una de ellas le pareció estar más iluminada que el resto. Estaba a punto de entrar cuando una voz masculina le dio aviso de que había alguien más en la cueva. Rápidamente se escondió entre las sombras.
“¡Maldita lluvia!” Gruñó el hombre que se acercaba, pasando muy cerca del escondite de Lina. La peliroja tuvo que repirimir un gritito de asombro. El hombre era practicamente de la misma altura que Gourry, con largos cabellos rubios que le llegaban más abajo de la cintura. Lo vio de espaldas solamente, sin poderle ver el rostro, pero aún así podía distinguir ciertas diferencias. Mientras que los cabellos de Gourry eran largos y algo indómitos, los de aquel hombre eran un tanto más suaves y algunos mechones se rizaban al final. Aunque era dificil de decir dado que la lluvia lo tenía completamente empapado. La ropa también era diferente, mientras que Gourry siempre llevaba su armadura azul, el hombre llevaba finas ropas y una capa negra que lo había resguardado un poco de la lluvia.
El hombre la pasó de largo y Lina aprovechó para seguirlo al interior de la cueva. Se dirigieron entre el laberinto de pasillos hasta llevar a otra bóveda un poco más pequeña que la primera y ohh... sopresa. Estaba llena de tesoros a más no poder. A Lina le brillaron los ojos con avaricia sin poder evitarlo y ya estaba contemplando un plan cuando el hombre se dejó caer de rodillas al suelo con un gemido de dolor y sujetándose el estómago. Permaneció oculta y observó más detenidamente la escena. Por unos cinco minutos la figura permaneció doblada sobre sus rodillas hasta que finalmente se puso a gatas sobre el suelo, jadeando compulsivamente. El cuerpo tembló cuando intentó ponerse en pie pero al cabo de un rato logró su propósito, aunque se notaba a leguas que apenas podía sostenerse. “Maldita lluvia.” Susurró quedamente. “Espero que Agnes haya sido lo suficientemente lista como para quedarse en la posada.” Y diciendo esto se acercó a una silla de oro que había entre los muchos tesoros y se dejó caer pesadamente con un gruñido molesto.
Lina decidió que aquel era el momento justo para darse a conocer, por lo que salió de su escondite y se acercó. Esperó con paciencia hasta que el hombre notó su presencia pero entonces la sorprendida fue ella. Desde esa distancia podía ver perfectamente las facciones del hombre y sus aquellos ojos verdes le revelaron el secreto. Demonio.
Aguzó la mirada peligrosamente y antes que la figura pudiera reaccionar Lina sujetaba su espada contra el cuello del hombre. El mazoku parpadeó varias veces aún sin entender cómo y cuándo había entrado la pequeña hechicera a su guarida, porque sabía perfectamente por qué no la había sentido en el interior de la cueva. Optó por la forma más amable y menos riesgosa de afrontar la situación. “¿En qué puedo ayudarte?” Dijo tratando de sonar amable e inofensivo.
“Soy Lina Inverse. Vengo a destruirte... y de paso a llevarme todos los tesoros que hay en esta cueva.”
“¿Piensas llevártelo todo?” Preguntó incrédulo. La pelirroja sonrió con un colmillo y rostro fiero lleno de avaricia. “¿Y cómo piensas cargarlo, con magia?” Esta vez el turno de reír fue del demonio cuando notó la expresión fastidiada de la pelirroja. “¿Algún problema?”
“Tú eres el responsable de que no tenga magia, ¿cierto?” El demonio negó.
“No tengo nada que ver en ese asunto. De hecho, también estoy afectado por el mismo fenómeno.
“¿Tampoco puedes utilizar magia?”
“No... ni aunque de ello dependiera mi existencia. Puedes llevarte todo lo que gustes si es que puedes cargarlo.” Ante tal declaración Lina no pudo menos que sospechar, por lo que sin retirar la espada tomó uno de los brazaletes que yacían en el suelo y comenzó a examinarlo. “Hey, son verdaderas, si no lo fueran ya se hubieran desintegrado por la falta de magia.”
“Umhh...” La pelirroja asintió y retiró la espada a su vaina. El mazoku suspiró aliviado y estuvo buen rato observando cómo la hechicera revisaba varias de las piezas que había en su botín. No podría cargarlas todas, no sin magia. Si al menos tuviera una poca de energía habría sellado la entrada a la cueva desde el principio y no estaría pasando por eso. Ahh, pero claro que él conocía a Lina Inverse, él y muchos otros mazoku la conocían y en esa situación era mejor resignarse a los deseos de la joven antes que arriesgarse a una muerte por fulminación. No, el no levantaría ni un dedo en contra de ella dada la situación en que se encontraba.
“¿Qué piensas que pudo haber causado la eliminación de la magia en este punto?” Preguntó la pelirroja de repente.
“No podría asegurarlo... pero justo a mitad de la tormenta sucedió algo muy extraño. Fue como si la tempestad fuera absorbida por un vórtice de energía y luego todo volviera a la normalidad. Casi todo, no bien comenzó a llover comencé a sentirme débil y tuve que regresarme a la cueva.”
Lina atinó a enrojecerse de la verguenza al pensar que de cierta forma había sido la culpable de su propia situación. El dragon slave seguramente había tenido un efecto adverso en la tormenta y ella no se había percatado hasta que necesitó utilizar su magia. El rostro se le iluminó.
“¡La lluvia!” El mazoku la miró sin entender. “Debió ser la lluvia la que absorbió la magia.” Al menos eso hacía lógica, pensó mientras ella continuaba de arriba a abajo como si quisiera arremeter contra un enemigo invisible, los puños cerrados en furiosa pelea. Si tan solo pudiera se nutriría de esa ira, pero ni siquiera eso parecía estarle permitido al momento.
“Vaya tarde que me espera.” Murmuró entre dientes.
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Zelgadis y Amelia, luego de su búsqueda infructuosa habían decidido tomar refugio en una de las muchas cuevas que ofrecía el lugar. La quimera, al llegar se había dejado caer pesadamente al suelo y se había recostado de una de las paredes.
“¿Zelgadis-san, qué ocurre?” Preguntó la princesa preocupada. Nunca antes había visto a su compañero de viajes tan cansado como ahora.
“No es nada, Amelia.” Le aseguró.
“Bien, entonces encenderé una fogata para que podamos tener algo de calor aquí, sino pescaremos un resfriado.” La princesa comenzó a buscar algo que sirviera de combustible y Zelgadis se vio en la necesidad de levantarse para ayudarla. Cuando terminaron de preparar la madera que habían encontrado se encontraron con un problema mayor. Ninguno de los dos tenía magia para comenzar el fuego.
“¿Cómo pudo suceder esto?” Musitó incrédula la princesa. “¿Qué pudo habernos quitado la magia?”
“No lo sé.” Susurró Zelgadis mientras se dejaba caer nuevamente al suelo. “Me siento tan cansado.” Musitó mientras cerraba los ojos.
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“Tenemos que salir de aquí.” Dijo la pelirroja convencida.
“¿Y se supone que voy a seguirte los pasos?”
“Será mejor que hagas lo que te digo si no quieres que te corte en pedacitos.” Amenazó Lina con la espada.
“Soy un mazoku, no puedes hacerme daño con esa espada.” Dijo con desinterés el rubio.
“Podemos probar... especialmente ahora que no tienes magia para recuperarte.”
“¿Serías capaz de atacar a un mazoku indefenso?” Chilló indignado.
“Un mazoku nunca está indefenso.” Gruñó Lina con enfado. “¡Así que muévete ya!”
Con paso lento el mazoku hizo como la hechicera le pedía. Se dirigió a la laguna que resplandecía y allí se detuvo.
“¿Cómo cruzaremos?” Se preguntó más para sí mismo que para la joven.
“¿Acaso no tienes una barca o algo?”
“No. Nunca la había necesitado antes.” Murmuró fastidiado.
“Geez. ¿Qué clase de demonio puede sobrevivir sin un plan B?” Lina escuchó un satisfactorio rechinar de dientes a sus espaldas. “Todos los demonios a los que me he enfrentado pensaban lo mismo que tú. Que eran infalibles.”
“¿Y tú lo eres?” Siseó entre dientes.
“Contrario a lo que imaginas, yo sí he tenido que luchar sin mi magia. Así que esto no me toma por sorpresa.” Lina observó una estrecha saliente a lo largo de todo el borde del lago que le pareció lo suficientemente decente como para llegar hasta el otro lado donde estaba la entrada principal de la cueva.
“¿Entonces es sólo suerte que me haya tocado la hechicera más lista de toda la región? Shabrinigdu-sama debe odiarme.”
“De toda la región no... de todo este universo, así que cállate la boca y comienza a caminar.” Le dio un empujón en la dirección de la saliente que casi lo hizo tropezar.
“No sólo Shabrinigdu-sama, también L-sama debe odiarme.” Murmuró el demonio comenzando a caminar con cuidado la saliente, la espalda hacia la pared de piedra. Lina lo siguió de inmediato.
Cuando estaban a mitad de camino el mazoku se detuvo. Su masiva forma se sujetaba de la pared de roca. “¿Y ahora qué sucede?” Preguntó exhasperada la pelirroja.
“No hay más camino.” Gruñó de vuelta el demonio. Lina se acercó y trató de mirar por el lado del cuerpo. Faltaba un buen pedazo de la saliente.
“Entonces salta.” Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Por un momento pensó que el demonio simplemente se quedaría allí en la saliente, pero finalmente lo vio moverse y prepararse para saltar. Las botas de cuero resbalaron suavemente cuando el rubio aterrizó al otro lado. Una pequeñísima sonrisa se dibujo en las facciones y Lina estaba a punto de saltar cuando la saliente cedió bajo los pies del demonio y con una gran ola se hundió en el agua.
Lina esperó unos segundos, esperando que en cualquier momento el demonio saliera nuevamente a flote para gritar su descontento. Pero la espera se fue alargando y Lina observó con alarma que el agua volvía a su estado calmado sin disturbio alguno bajo ella. Sin pensarlo demasiado se lanzó al agua tras el mazoku.
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“...la dulce princesita estaba completamente sola en la obscuridad de la noche, completamente perdida en el inmenso bosque, temblando de miedo mientras escuchaba el ulular del viento entre las fantasmagóricas ramas...” Amelia detuvo el cuento de horror que comenzaba su mejor parte para ver que Zelgadis estaba cabeceando nuevamente. “Zelgadis-san.” Llamó preocupada. El fuego que había logrado crear no había sido con magia, sino con los dedos de Zelgadis. Quien hubiera pensado que con tronar los dedos podría crear chispas, era como frotar dos piedras juntas. Le había comentado a la princesa que era algo que había aprendido mientras caminaba el desierto de la muerte en uno de sus numerosos viajes.
Ambos estaban envueltos en sábanas mientras la ropa estaba tendida cerca del fuego en unas ramas que Amelia había clavado en el suelo cerca del mismo.
Con un gesto preocupado se levantó de su lugar y se acercó a la quimera. Zelgadis despertó abruptamente cuando sintió a la princesa sentarse a su lado. “Zelgadis-san, ¿te sientes mejor?” El joven shaman no contestó de inmediato, pero se aferró más fuertemente a las sábanas hasta asentir suavemente. Un leve rubor le coloreaba las mejillas al sentir a la princesa tan de cerca.
Amelia sonrió inocentemente y le mostró dos dedos con el símbolo de victoria. “En cuanto termine la lluvia podremos salir nuevamente a buscar a Lina, eso si te sientes mejor, Zelgadis-san.” Zelgadis volvió a asentir sin desviar su mirada del fuego.
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Lina emergió de la laguna, respirando agitadamente por el tiempo que había pasado bajo el agua. A pesar de ser ese su tercer intento no había dado con el cuerpo del mazoku. Por cuarta vez se sumergió y trató de llegar lo más profundo posible, finalmente sus dedos tocaron algo que le pareció ropa. La jaló fuertemente y comenzó a subir, mientras lo hacía logró tener un mejor agarre del bulto que subía y para su tranquilidad tocó brazos y torso. Cuando emergió por cuarta vez sacó la cabeza del mazoku y comenzó a nadar en dirección de la orilla a donde era más factible sacarlo que tratar de subirlo a la saliente para luego de caminar.
Con mucho esfuerzo y varias maldiciones la pelirroja llegó a la orilla y sacó el pesado cuerpo del mazoku, más por el agua que por peso físico.
“Oye, despierta.” Ordenó Lina a la forma inconsciente del mazoku sin obtener resultados. “Kuso.” Murmuró enojada. Ahora estaba nuevamente empapada hasta los huesos y con un mazoku inútil. Su suerte parecía tener un día festivo con su infortunio y se estaba riendo a costa suya. “Primero Gourry, luego la tormenta, luego este tonto mazoku. ¿Qué más me puede pasar?”
“Yare, yare, Lina-san, ¿pero qué tenemos aquí?” Lina se estremeció de los pies a la cabeza y se prometió mentalmente no volver a hacerse la dichosa pregunta.
“¡Xellos! ¿Qué rayos haces aquí?”
“¿Es así como recibes a un viejo amigo?”
“¡Ja! Más bien conocido. Ya díme, ¿qué haces aquí?”
“Sore wa...” Xellos no pudo terminar la frase porque una furiosa Lina se le había enganchado al cuello y lo tenía en una fuerte llave contra el suelo fangoso. “Lina-san, eckk, ¿estás de mal humor?, acckkk.”
“Estaré de mejor humor cuando contestes lo que te pregunté.”
“No puedo respirar... ackkkkk.”
“Los demonios no necesitan respirar.” Siseó Lina. Con una sonrisa Xellos levantó un dedo enguantado.
“Ahh... pero es divertido fingirlo.” Lina le dio un golpe en la cabeza antes de soltarlo de mala manera. Los ojos de Xellos se volvieron dos curiosos remolinos hasta que sacudió la cabeza y estuvo compuesto de inmediato. “Estoy aquí a causa de un extraño disturbio atmosférico que parece estar afectando esta zona exclusivamente. ¿Crees que puedas darme alguna información al respecto?” Le sonrió coquetamente y Lina enrojeció, más por la humillación que otra cosa.
“Pues yo...”
“Tal parece que la lluvia ha causado que la energía mágica de los seres que habitan esta zona desaparezca de alguna forma dejándolos tan indefensos como mi congénere aquí presente.” Dijo mientras señalaba hacia el rubio inconsciente.
“Lo que me gustaría saber es a dónde está yendo a parar toda esa energía.”
“¿Ehh?”
“¿No lo sabes, Lina-san? La energía no se destruye... se transforma.” Dijo como si comentara un hecho conocido.
“¿Entonces la energía está yendo a parar a algún lugar? Jumhh.” La pelirroja cruzó una mano sobre su pecho y la otra la llevó a su barbilla. “¡Ya lo tengo!” Gritó emocionada. “Debemos seguir la corriente subterránea.” Como si fuera lo más obvio y comenzó a observar detenidamente el lago. “¿No está en el agua?”
“Si estuviera en el agua en estos momentos tendrías tu mágia de vuelta.”
“¿Qué podría alimentarse de la energía que estaba en el agua?”
“¿Propones que algún monstruo está absorbiendo la energía de la lluvia?”
“No lo creo... si la energía se pudiera absorber del agua ya tendríamos nuestra magia de vuelta.” Xellos la observó curioso por saber cómo Lina sabía que el agua no les devolvería la energía. “Es que tragamos mucha agua.” Murmuró Lina sombríamente y Xellos sonrió.
“Quizás sí es posible absorber la energía del agua, pero el ser tendría que absorber la energía en el mismo instante que pasa al agua.”
“¿El agua actuaría como un conductor?”
“Hai.”
“¿Existe alguna forma de saber a dónde desemboca la laguna?” Xellos asintió y de repente produjo tres capas, una verde fluorescente, una violeta brillante y una azul eléctrico. Le extendió la azul a Lina mientras se colocaba la capa color verde.
“¿Serías tan amable de sujetar esta capa?” Dijo dándole la capa violeta luego de que Lina se pusiera la capa azul. Lina tomó la capa y Xellos se inclinó sobre el mazoku semi ahogado. Se quitó uno de los guantes y le tocó el brazo. Una corriente de energía obscura crispó alrededor del cuerpo hasta que comenzó a humear. Al poco rato despertaba.
No bien despertó los azules ojos se agrandaron asustados. “Juushin... mmhhffpf.” Una mano enguantada le tapó la boca antes de que pudiera terminar.
“Jajaja, debe estar delirando.” Comentó Xellos con una enorme gota de sudor en la frente. Lina se encogió de hombros y tiró la capa en la dirección general de ambos mazokus para comenzar a buscar una posible ruta de desague para la laguna. De repente Xellos se giró hacia el mazoku de cabellos rubios. “Yare, yare, si vuelves a llamarme por ese nombre quizás podamos arreglar un lindo accidente, ¿tú qué piensas, Iro-kun?” El aludido asintió suavemente. “Bien. Ahora ponte la capa antes que perdamos a nuestra linda hechicera de vista.”
Irogoto, que así se llamaba el mazoku, se levantó del suelo e hizo como Xellos le ordenara siguiendo al par. “Y ahora en qué lío me he metido.” Susurró desanimado.
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La lluvia no había cesado de caer en el exterior de la cueva volviéndose cada vez más fuerte. El viento soplaba con fuerza casi huracanada y en otra cueva dos personajes trataban futílmente de mantener el calor de sus cuerpos. Pero de los dos al que más difícil le resultaba era aquel cuya piel era de piedra, porque las piedras no retienen demasiado calor una vez se han humedecido.
Zelgadis temblaba levemente, trataba de controlar el frío que comenzaba a calarle los huesos de forma no natural. Pero lo más que le preocupaba era que Amelia se percatara de su miserable situación.
“...entonces la pequeña princesita gritó completamente asustada.”
“Amelia...”
“¿Hai, Zelgadis-san?”
“¿No habías contado ya esa parte?” Dijo girando los ojos.
“No, Zelgadis-san, ahora es el momento en que la pequeña princesita, valiente y audaz se enfrente al terrible monstruo que la persigue.”
*Si es tan valiente por qué anda gritando durante toda la historia.* Suspiró resignado... ahora tendría que volver a escuchar el principio de esa parte. Amelia no le permitiría perderse ni un segundo del emocionante cuento de horror.
Un leve ruido se escuchó en el interior de la cueva causado por el desprendimiento de una poca de tierra y Amelia dio un salto que la hizo quedar abrazada con todo y sábana a la pétrea forma de su compañero. Zelgadis tomó un profundo color violáceo en las mejillas y nariz al sentir a la princesa apretarlo con fuerza.
“¿Amelia?”
“Lo siento mucho, Zelgadis-san, yo... yo... me asusté.” Le dijo con enormes ojos azules que le provocaron mirarla con seriedad. La princesa estaba a punto de ponerse en pie cuando sus manos rozaron las de la quimera en un intento por sostenerse. “¡Zelgadis-san, estás congelado!”
“Es sólo un poco de frío.” Musitó aún embelesado por las azules profundidades. “Es por la roca.” Su voz se desvaneció considerablemente cuando sintió que la pequeña princesa lo envolvía en un abrazo. “¿Qué haces Amelia?”
“Sólo comparto un poco de calor contigo. Sé que si tuvieras tu magia no estarías tan propenso al frío, pero ya que es una circumstancia especial creo que puedo hacer una excepción. Después de todo, ¿qué crees que hubiera hecho la valiente princesita si su compañero hubiera estado en peligro?” Zelgadis volteó los ojos, los cerró y dio un largo suspiro abochornado.
“Yo no estoy en peligro, Amelia.” Murmuró con un leve temblor.
“Ya sé que no estás en peligro, Zelgadis-san. Pero no te hará daño recibir algo de ayuda de mi parte. Compláceme por esta vez.” Suplicó con aquellos ojos enormes de nuevo y Zelgadis sólo atino a mover la cabeza levemente. “¡Gracias, Zelgadis-san!”
“Amelia.”
“¿Sí, Zelgadis-san?”
“Podrías dejar de decirme Zelgadis-san, no hay nadie más aquí.”
“Como digas, Zel-kun.” Zelgadis hundió la cabeza en la sábana y murmuró patéticamente mientras la princesa de Seiryuun lo apretaba con más entusiasmo.
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“¿Y bien, vas a decirnos a dónde desemboca la laguna?” Iro fue sacado de sus pensamientos negativos por la irritada voz de Lina. Los había seguido como Xellos había ordenado pero su mente estaba en otra parte. Agnes. ¿Dónde podía estar? Si había quedado bajo la lluvia seguramente estaría tan débil e indefensa como él mismo hacía unos minutos atrás.
“Hay una salida por el túnel de la izquierda. Desemboca en el bosque que queda montaña abajo.”
“Perfecto, entonces qué esperamos.” Gritó la pelirroja y se apresuró por el túnel.
“Lina-san, espéranos.” Gritó Xellos y le dio una mirada de reproche al mazoku. Irogoto se apresuró tras ambos, era mejor no hacer enojar al sacerdote de Juu-oh. Una luz se encendió al final del tunel, Xellos había creado una bola de energía para que la pequeña hechicera pudiera continuar.
Luego de unos quince minutos llegaron a la boca del túnel. Por segunda vez Lina se quedó boquiabierta viendo el paisaje frente a sí. Un hermoso lago formado por el agua que escapaba de entre las rocas más abajo de sus pies rodeaba un pedazo de tierra y justo en el centro un formidable árbol de doradas hojas se erguía majestuoso. Para su sorpresa esa parte de la montaña no estaba siendo azotada por la tormenta que azotara el otro lado. “Es simplemente fascinante.” Exclamó Lina justo cuando se escuchó una voz.
“¡ESTABA LA PAJARA PINTA SENTADITA EN UN VERDE LIMÓN!” Lina se tapó los oídos cuando escuchó lo que parecía ser una música infernal. “¡CON EL PICO RECOGE LA HOJA, CON LA HOJA RECOGE LA FLOR!” Xellos se tapó los oídos cuando aquella feliz tonada lo hizo retocer de disgusto. Irogoto se sintió aliviado que su estado le impedía siquiera alimentarse, sino aquella voz que había puesto un poco mal al sacerdote del Ama de las Bestias seguramente lo hubiera hecho desintegrarse.
“¿Pero qué rayos es eso?” Exclamó la pelirroja mientras comenzaba a descender por la pedregosa pared. No bien estuvo abajo y un poco más cerca del árbol notó un par de cosas extrañas. Una, el árbol estaba cantando... más que obvio cuando podía escuchar claramente aquella voz. Dos, el árbol estaba envuelto en diferentes auras, todas moviéndose en un vórtice de colores espectacular sobre las hojas. Tres, las hojas del árbol parecían estar hechas de oro puro. La última razón era más que suficiente para que Lina intentara llegar hasta el gigante.
“¡Xellos, necesito llegar hasta ese árbol!”
“Lina-san, ¿por qué me lo dices a mí?”
“Porque eres el único que tiene poderes ahora.” Gruñó exhasperada.
“No soy tu esclavo, Lina-san.”
“Me vas a llevar allá o encontraré una forma de recuperar mis poderes sin tí y luego te enviaré de regreso al caos en menos de lo que puedo recitar el Dragon Slave!”
“Si lo preguntas tan amablemente.” Xellos desapareció momentaneamente y volvió a aparecer al lado de Lina, recogiéndola del suelo y llevándola hasta el árbol.
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“¿Te sientes mejor?” Susurró la princesa muy cerca del oído de la quimera que se estremeció por completo. De alguna forma durante el tiempo que llevaban en la entrada de la cueva uno al lado del otro habían terminado en un íntimo abrazo, los brazos del joven shaman rodeando el torso de la princesa mientras ella descansaba su cabeza muy cerca de su cuello.
“Hai.” La corta respuesta salió más firme de lo que esperaba y agradeció que no estuviera plagada con el nerviosismo que lo invadía.
“¿Ya pasó la tormenta?” Zelgadis observó la entrada de la cueva, su agudo sentido de la audición le decía que la lluvia continuaba su escandaloso descenso pero miró de todas formas con el único propósito de no tener que ver directamente a los ojos de la princesa. Asintió suavemente y por estar mirando la lluvia se perdió de ver la no tan inocente sonrisa de la joven.
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Lina observó el árbol mientras Xellos se retorcía en el suelo. “¡UN TRALALÁ, DOS TRALALÁ, TRES, CUATRO, CINCO Y SEIS TRALALÁ!”
“¡Oh, ya cállate!” Gritó Lina perdiendo la paciencia entre el cantar del árbol y los gemidos de Xellos. “Y tú levántate del suelo.”
“Pero Lina-san, esa canción está llena de felicidad como las canciones de Amelia.” Gimió el sacerdote.
“Umhhh... como las canciones de Amelia...” Lina se cruzó los brazos y observó pensativa mientras el árbol seguía cantando tonterías.
“¡VEN A PASEAR POR MI BELLO JARDÍN, OIGO UNA VOZ QUE SE SIENTE FELIZ!, ¡¡VEN A CANTAR, OIR QUIERO TU VOZ, VEN A ALEGRAR POR FIN MI CORAZÓN!!”
Lina se acercó y le dio senda patada al tronco del árbol. “¡Te dije que te callaras!” Y el árbol dejó de cantar para comenzar a recitar un hechizo que Lina conocía a la perfección.
“¡BOLA DE FUEGO!”
“¡¡¡Aaaahhh!!!” Lina esquivó el hechizo pero Xellos no fue tan afortunado y quedó medio rostizado. “¡Ese es mi hechizo!” Gritó indignada. Otra bola de fuego pasó rozando los cabellos de la pelirroja amenazando con volverlos como el mismo elemento del cual tomaban color.
“Lina-san, será mejor que no lo provoques más.” Murmuró Xellos que había vuelto a su estado normal. “Todas esas auras que tiene alrededor parecen ser las que ha absorbido y por el hechizo que acaba de usar creo que es peligroso.”
“¿Peligroso?”
“Hai, tan peligroso como provocarte a tí, mi queridísima Lina.”
“Ohh. Entonces esas tonadas que estaba cantando...?”
“Las de Amelia. ¿Estaba la princesa en el bosque?”
“No sólo Amelia, también Zelgadis y Gourry. Pero no creo que haya sacado nada de ese cabeza de meduza.”
“Supongo que también tiene los poderes de nuestro amigo aquí presente.” Murmuró entreabriendo los ojos sospechosamente. “Un fenómeno interesante si se pudiera repetir.” Susurró de forma tal que Lina no lo escuchó. La pelirroja seguía pensando mientras el árbol continuaba cantando, de pronto una risita aniñada se escapó de entre las ramas.
“¿Nani?” Lina miró el árbol con curiosidad. En la orilla el mazoku de rubios cabellos reconoció la risa de inmediato.
“¿Agnes? ¡Agnes!” Gritó desesperado. Lina volteó a verlo con curiosidad, nunca había visto a un mazoku preocuparse por otro a excepción de Valgaarv y eso porque en parte seguía siendo un dragón en el corazón. Los ojos de Lina se agrandaron visiblemente, ¿acaso podría ser posible? De repente la idea no parecía tan torcida, después de todo el que un humano fuera convertido en mazoku no podía ser algo imposible si un dragón había sido convertido. La risa en el árbol continuó por unos segundos más y de repente una voz profunda se dirigió a Lina.
“¿Quién eres?” La voz le sonaba conocida, tan conocida como la de cierto shaman de piedra. Una sonrisa maliciosa subió a los labios de la hechicera, no perdía nada con probar una teoría más.
“¿Acaso no me recuerdas, Zel?”
“¿Lina?” Bingo, gritó en su mente la pelirroja.
“Hai. ¿Qué haces ahí arriba?”
“Buscando una cura, ¿no es obvio?” Otra voz interrumpió la primera.
“Pero Zelgadis-san, tú no necesitas una cura, te ves tan sexy así.” El suspiro le sonó más que conocido a Lina, aunque la voz sonaba algo fuera de lugar con ese tono sensual. Lina sintió que se le erizaban todos los pelos de la nuca al pensar en que Amelia, con toda aquella inocencia e ignorancia pudiera producir un sonido similar.
“¡Amelia!” Gritó sin poder contenerse.
“¿Qué sucede Lina-san? ¿Me vas a negar ahora que no has observado a mi Zel-kun con esa mirada que pareciera que te lo quieres comer vivo?”
“¡Amelia!” La voz que contestaba ahora era la propia de Lina pero en el árbol. “Estoy cansada de tus balbuceos. ¡Si no fuera por Zelgadis no hubieramos estado en esa tonta montaña, no nos hubiera atrapado la tormenta y no hubieramos perdido a mi Gourry!”
“Yare, yare, Lina-san, ¿quién hubiera pensado que eres tan posesiva?” Murmuró Xellos con una enorme sonrisa recibiendo sendo coscorrón de parte de la mencionada.
“¡Gourry, dónde estás!” La voz sonaba más como un lamento desesperado. El tono que Lina jamás se hubiera permitido usar frente a ninguno de sus amigos. Un acentuado color rojizo cubrió su rostro. El árbol comenzó a cantar suavemente con voz profunda, pero esta vez no eran las alegres tonadas de la princesa de Seiryuun.
“Mi amor... mi pasión, mi calma.... ángel de mi corazón. Tus ojos son la luz que me alumbra el alma... yo te llevo en cada canción.”
La hechicera y el sacerdote se miraron unos segundos y giraron a la par hacia la orilla de la pequeña laguna. Allí, justo en el borde, el mazoku de cabellos dorados había caído de rodillas.
“Agnes...” El susurro lleno de angustia y dolor llegó hasta los oídos de ambos. Pero mientras Xellos se deleitaba absorbiendo el dolor que emanaba, Lina se giró hacia el árbol.
“¡Suficiente!” El árbol dejó de emitir los sonidos que hasta hacía unos segundos había puesto a casi todos en evidencia y nuevamente la sonrisa malévola apareció en los labios de Lina. “Bien, veo que aún conservas algo de inteligencia, supongo que no llegaste a absorber nada de Gourry. Pero aún tengo algo para ti, vegetal subdesarrollado.” Y sin más se acercó a Xellos y le dio sendo empujón que lo envió de cabeza al agua de la laguna. “Espero que te atragantes con eso.” Resopló complacida.
Luego de un rato la figura de Xellos apareció flotando en la laguna boca arriba, los ojos vueltos dos pequeños remolinos. El árbol comenzó a brillar con intensidad inusitada para luego oscurecerse notablemente.
“Lina-san, ¿cómo pudiste? ¿Ahora cómo voy a decirle a mi Ama que encontré una forma de utilizar los poderes de la hechicera más poderosa del planeta?” A la declaración siguió un profundo silencio seguido por un... ups. “Jejeje... creo que es hora de arreglar eso, ¿verdad?” Anunció la voz ahora nerviosa del sacerdote. Una luz intensa emanó en dirección de la tormenta, disolviéndola a una leve llovizna que provocó la salida de un hermoso arcoiris de luminosos colores que comenzaba justo en la copa del árbol.
“Fascinante, simplemente fascinante.” Musitó Lina mientras cientos de esferas comenzaban a descender. Unas rojas se condensaron a su alrededor y de pronto sintió en su interior encenderse la llama que había estado extrañando desde hacía un buen rato. Cerró los ojos y suspiró largamente. Cuando abrió los ojos Xellos se encontraba a su lado pero no había señales de Irogoto.
“Eso fue hermoso.”
“Tu felicidad me provoca náuseas.”
“De nada.” Sonrió la pelirroja.
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“¿Zel?”
“¿Umhh?”
“¿No sentiste algo?”
“Yo...” El hombre quimera enrojeció por quincuagésima vez.
“¡Zelgadis-san! ¡Mi magia acaba de regresar!” Saltó emocionada la princesa, olvidándose de que sólo tenía una sábana alrededor. Zelgadis se vio mirando los pies de la princesa, junto a los cuales yacía una blanca sábana. El tinte aumentó y Zelgadis comenzó a repetirse un mantra.
“No mires arriba, no mires arriba, no mires arriba...”
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Lina sobrevoló el bosque con un hechizo de levitación, Xellos muy cerca tras ella.
“¿Puedo preguntar qué buscas, Lina-san?”
“Al cabeza de medusa. Lo perdimos mientras corríamos hacia la posada.”
“¿Sería posible que llegara hasta la posada sin que te dieras cuenta?”
“¿Gourry? Nahh, debe estar todavía perdido en el bosque.”
“¿Cómo puedes estar tan segura?”
“Lo conozco como la palma de mi mano.”
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“Puedes luchar, puedes rendirte, pero no puedes escapar de mí.” Una voz angelical murmuró para luego reventar en pequeñas risas cuando el objeto de su ataque puso enormes ojos azules y comenzó a fingir terror absoluto mientras se mordía las uñas.
“No, pequeña, soy muy joven para ser tu esclavo.” Gritó en fingida agonía el hombre.
“Entonces devoraré tu alma hasta que no quede nada, nadita.” Y diciéndo esto se lanzó sobre la figura, dientes y garras primero.
Gourry atrapó a la pequeña y se dejó caer al suelo mientras la pequeña lo “atacaba” inmisericordemente. Las cosquillas lo dejaron sin respiración.
“Agnes, Agnes, no puedo respirar, jajajjaa.” De pronto la chiquilla dejó de hacerle cosquillas y sonrió ampliamente. Sus ojos verdes contrastaban hermosamente con unos hermosos risos dorados.
“Gourry-kun, ya me siento mejor.” Dijo de buena gana.
“Me alegra escuchar eso. ¿Ahora podemos buscar a tu padre?” La pequeña asintió.
“Pero sigo pensando que él me encontrará primero. ¿Por qué mejor no lo esperamos aquí?”
“Ummhh, bien. Pero bajemos a la cocina, tengo hambre.” No bien habían bajado, un hombre de largos cabellos rubios apareció como de la nada frente a los dos.
“¡Agnes!”
“¡Papi!” La pequeña descendió de los brazos de Gourry para arreguindarse del hombre. Gourry sonrió.
“¿Dónde estabas pequeña? ¿Estás bien?” Gimió preocupado.
“Todo bien, Gourry-kun me ha estado cuidando. ¿Verdad, Gourry-kun?”
“No fue nada. Tengo varios hermanos y hermanas menores. Pero la próxima vez tenga mucho cuidado, los niños pequeños no deben estar merodeando por el bosque solos.” Le amonestó el espadachín con seriedad. El hombre asintió, le dio las más efusivas gracias y desapareció de la misma forma que había aparecido llevándose consigo a la pequeña. Gourry sonrió ampliamente, se fijó por una de las ventanas que la tormenta había pasado y mentalmente calculó el tiempo que necesitaba. Se sentó y comenzó a pedir la triplicada triple porción de siempre, una taza de café y se puso a esperar.
Luego de media hora toda la comida estaba sobre la mesa. “Cinco... cuatro... tres... dos... uno... cero...”
“¡Cerebro de Medusa! ¿Dónde te habías... ¡¡COMIDA!!” Tras la centella roja entró una sonriente princesa y un muy colorido hombre quimera que pareció animarse al ver la taza de café sobre la mesa.
“¿No hay nada para mí?” Preguntó dolido el sacerdote de cabellos púrpuras.
Gourry sonrió y extendió su mano hacia el plato de Lina. En un instante su cabeza quedó planchada sobre su plato.
“¡Arigatou, Gourry-san!” El sacerdote sonrió ampliamente al absorber la ira de la hechicera.
“No hay por donde.” Murmuró Gourry desde su posición para luego levantar la cabeza y comenzar a devorar de la misma forma que Lina y Amelia.
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-Owari-
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Angel de Mi Corazón
Cuando sale a andar la luna y tu juegas a soñar
Yo te miro y toco el cielo, ya me invitas a volar
Tu sonrisa me da vida y tu abrazo me da paz
Aprendo de tu coraje que vale la pena pelear
Mi amor, mi pasión, mi calma, ángel de mi corazón
Tus ojos son la luz que me alumbra el alma
Yo te llevo en cada canción
Paso a paso me sorprendes con tu sensibilidad
Tú me guías como un duende más allá de la verdad
No lo sabes todavía pero un día entenderás
Que lo más grande que tengo en la vida
Eres tú y nadie más
Mi amor, mi pasión, mi calma, ángel de mi corazón
Tus ojos son la luz que me alumbra el alma
Yo te llevo en cada canción
Existe un lazo invisible entre tú y yo
Ante los sueños imposibles somos dos
Mi amor, mi pasión, mi calma, ángel de mi corazón
Tus ojos son la luz que me alumbra el alma
Yo te llevo en cada canción
Angel de mi corazón... mi ángel