Sólo pienso en ti
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**Respuesta al reto de agosto-septiembre de 2004 “Sólo pienso en ti”, de El Altar de Zeros. = Prohibida su publicación en cualquier otra página = |
Está oscuro. Alrededor sólo hay
objetos que, en su día, se juzgaron de inútiles o molestos y se llevaron aquí, a
este cuarto, donde todo está a la espera de que un día alguien lo descubra y les
quite el polvo, los arregle si es necesario, y se los lleve de nuevo a la parte
superior de la casa. Si nos fijamos bien, veremos que en su mayoría, los objetos
son pinturas, pinceles, paletas, cuadros, catres, también hay en algún lugar un
caballete, todos enterrados en ese almacén de recuerdos. Finas sábanas cubren
algunas de las cosas, dando un aspecto fantasmagórico al lugar, tan sólo
iluminado por la luz que se filtra entre los tabiques del techo.
Entre todas esas cosas, si vamos al rincón más oscuro, veremos el que, quizá, es el único cuadro que, a pesar de tener una vieja tela tapándolo, ésta está medio caída, mostrándonos una parte del lienzo. Es un retrato de una mujer; concretamente, el retrato de la reina Amelia Will Tesla di Sailon cuando era joven, probablemente cuando aún su padre ostentaba la corona de Sailon. Está en perfectas condiciones a pesar de la humedad del ambiente y en la esquina superior se puede apreciar un garabato pintado con prisas. Es una firma.
“Z.Graywords”
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Era una resplandeciente mañana de primavera en la ciudad de Sailon. Por las calles de la ciudad, la gente paseaba tranquilamente conversando, comprando en el mercado o simplemente haciendo turismo, disfrutando de la luz del sol y la brisa que corría haciendo agradable la temperatura.
Un hombre contemplaba todo esto por la ventana de un carro tirado por caballos, con la tranquilidad rota solamente por el traqueteo del vehículo.
- ¿Zelgadis? ¿Me has escuchado? - interrumpió de pronto una voz joven, socarrona.
- El señor duque decía algo sobre proporcionarme unos aposentos en sus propiedades, según creo recordar… - respondió el aludido con desgana.
- ¡Vamos, vamos, no me llames “señor duque”! – sonrió el que había hablado primero, como quitando importancia al protocolo - No estamos en medio de un banquete y no hay porqué mantener las formalidades... Además, - añadió - nos conocemos prácticamente desde que empezaste a estudiar arte ¿vas a llamar a una vieja amistad por su título nobiliario en vez de por su nombre?
- No hace falta que te pongas tan trágico, Zeros…- contestó el otro hombre molesto - Por cierto, ya que estamos en confianza, te diré que no me interesa en absoluto tu oferta.
- ¿Por qué no? – el duque Zeros levantó una ceja extrañado - Así no tendrías que atravesar casi media ciudad para continuar el trabajo y tendrías más espacio… ¡Prácticamente sólo tú puedes entrar ya en ese cuarto!
- Precisamente el único que tiene que entrar ahí soy yo. – replicó Zelgadis.
- Pero sería más luminoso.
- Me molestaría.
- Me verías todos los días.
- Eso es lo peor.
- Muy gracioso, Zelgadis. – dijo Zeros con sorna - Piénsalo por un momento: - susurró a continuación, acercándose a su compañero - Sólo tendrías que pedir cualquier cosa y te la entregaríamos al instante. Conocerías a otros nobles y te encargarían tanto trabajo que no tendrías tiempo ni para quejarte, y tu fama traspasaría las fronteras de Sailon. Finalmente, podrías retirarte a descansar a una maravillosa casa en las afueras y no tendrías que preocuparte ni por ti ni tu familia ¿No te parece que te estoy haciendo el favor de tu vida?
- Más bien todo lo contrario: me estás diciendo que, si acepto tu oferta, no podré ni comer ni dormir con tal de evitar que los otros nobles se vuelvan contra mí, y que con ello sólo conseguiré más trabajo, y encima fuera de Sailon. Luego me dices que, después de trabajar como un vulgar esclavo, podré morir en paz totalmente aislado del mundo, y así todo el dinero que haya conseguido para mi familia se usará para mi funeral. En resumen: La próxima vez ofréceme algo mejor.
El duque rió a carcajadas. El joven noble vestía con una casaca que le cubría gran parte de los muslos, de mangas anchas que llegaban hasta las muñecas y coloreado en distintos tonos de azul; una especie de turbante con una tela que le rodeaba el cuello, de un tono más oscuro que el resto del traje; y encima de todo un abrigo sin mangas, hecho de piel y forrado con lana de oveja. Debajo, unas medias blancas con zapatos abiertos de un color tirando a crema. Todo ello además, junto a los accesorios como varios anillos que adornaban sus manos y un colgante con el símbolo de la familia de Zeros, cuya cadena estaba en parte oculta por la tela del turbante. Tenía unos suaves cabellos cortados por encima de los hombros, de un curioso color violeta, al igual que sus ojos, con los que miró a Zelgadis. Hasta ahora, el duque no había abierto los ojos, y es que su mirada era realmente inquietante, por lo que sólo la usaba para impresionar a sus interlocutores cuando quería hablar en serio. Sin embargo, el pintor estaba demasiado acostumbrado a ellos para dejarse intimidar.
- ¿Sabes que tienes mucha suerte de trabajar para mí, Zelgadis? – dijo sin apartar la mirada de su protegido - Te aseguro que otro en mi lugar te mantendría encerrado en su casa, sólo te dejaría tomar las pinturas para que le retratases, y en caso de que te negaras, te habría despojado de su protección e incluso te habría amenazado con la horca.
El artista le miró con indiferencia. Sus ropas, que denotaban que no era de origen noble, consistían en unas calzas grises, camisa arremangada de color blanquecino sobre el cual llevaba un chaleco de cuero y botas cortas del mismo material. Sus cabellos de color azul estaban peinados de tal forma que formaban dos aletas, cada una a un lado, y un mechón de flequillo le tapaba uno de sus ojos grises.
- Yo no diría tanto, Zeros. Pero es cierto, trabajando para otro ya no estaría en este mundo y no podría dedicarme a lo que me gusta…
- Hablando de trabajo – recordó de pronto el duque - espero que no tardes mucho en completar el retrato de mi hermana, pues se está empezando a impacientar.
- Faltan detalles - respondió escuetamente el pintor.
- ¡Ah, sí, los detalles! – exclamó Zeros poniendo los ojos en blanco y moviendo la mano con aire cansado, como si ya hubiera oído aquella frase una y mil veces - Te aseguro que no sabe nada de arte y que el lienzo le parecerá el mismo con detalles o sin ellos. Aunque supongo que te molestaría que te confundieran con Vizencio de nuevo…
- Aquel sí que no sabía distinguir el arte del dibujo de un niño.
- Reconoce que el muchacho tiene talento…
- ¿Si tanto talento tiene, por qué no le das tu estu…?
La réplica de Zelgadis fue interrumpida por un grito y varios relinchos. Pronto la gente empezó a rodearles, murmurando.
El pintor, que se había dado cuenta de que el grito era el de una mujer, bajó del carro seguido de su protector. Frente a uno de los caballos, al que el cochero intentaba calmar, una joven había caído, vestida al parecer únicamente con una túnica sucia.
- ¿Está bien? - preguntó Zelgadis a la mujer al comprobar que seguía viva. Ella le cogió la mano que el artista le ofrecía, y le miró agradecida. Era rubia, de piel excepcionalmente clara para alguien con unas vestimentas así y unos bonitos ojos azules.
- Muchas gracias, sólo ha sido un tropiezo, nada más… - murmuró ella avergonzada.
Sin embargo, cuando fijó sus ojos azules en los grises de Zelgadis, dio un chillido y soltó al instante su mano. Respiraba con dificultad, aparentemente asustada.
- ¡No! ¡No se acerque a mí! - exclamó, sorprendiendo a todos los que presenciaban la escena, Zelgadis al que más. Luego, sin dejar de mirarle, la mujer empezó a murmurar cosas sin sentido - El pulidor… espejos… los espejos … se pondrán al rojo… al rojo…. ¡como la carne del pulidor! ¡Del color maldito… su carne…!
De pronto, la mujer abrió inconmensurablemente los ojos, como si hubiese despertado de un mal sueño. Miró a su alrededor, confundida, y en un momento se levantó y desapareció adentrándose en el mar de gente. Los murmullos aumentaron en intensidad.
- ¿Qué le ha pasado? - preguntó Zelgadis sin salir de su asombro.
- Probablemente estaba loca.- dijo Zeros intentado quitarle el hierro al asunto - Sube antes de que empiecen a hacer preguntas, tendremos suerte si nadie nos ha reconocido…
Dócil, hizo lo que su amigo le pedía, no sin antes echar una mirada hacia los presentes, buscando a la misteriosa mujer….
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- Aaaah… Siempre lo he dicho, nada mejor como el vino de Zefilia para una conversación de negocios… - se deleitó el duque tras catar el vino que se había servido en su copa.
Ante el silencio de su amigo y protegido, el Duque Zeros Mettalium miró un momento hacia donde estaba. El artista permanecía exactamente como hace una hora: sentado frente a la ventana que daba a la campiña, la barbilla apoyada en una mano y la copa de vino, todavía sin probar, en la otra. Su mirada, a caballo entre el aburrimiento y la indiferencia, se perdía en algún punto del horizonte.
Zeros suspiró con resignación.
- Zel, amigo mío… - dijo con gesto cansado – Francamente, últimamente cada vez que te dirijo la palabra tengo la impresión de que le estoy hablando a la pared…. ¡Si te dedicaras a la escultura en vez de a la pintura, diría que de tanto trabajar con estatuas te has vuelto una de ellas!
Zelgadis Graywords no respondió inmediatamente, pero apartó momentáneamente la mirada de la ventana para dirigirle a su protector una sonrisa medio socarrona.
- No conseguirás convencerme con tus sarcasmos, Zeros. – dijo finalmente, al tiempo que volvía la atención de nuevo hacia el paisaje de la ventana – Además, ya te he dicho que no me interesa…
- ¡Vamos, Zelgadis! – exclamo el duque exasperado - ¡Has pasado la última semana en mi casa, disfrutando de las comodidades que puedo ofrecerte y haciendo contactos con los nobles de la región! ¿Y aún tienes dudas? Una persona con menos escrúpulos habría aceptado sin dudarlo dos veces…
- ¿Tal vez es que tengo demasiados escrúpulos para el gusto del señor duque? – preguntó Zel sarcástico
- Hablo en serio… – replicó el noble – Venga, Zel ¿cuál es el problema?
- El problema – dijo Zelgadis encarándose finalmente a su interlocutor al tiempo que se levantaba de la silla y se dirigía a la ventana del lado contrario de la habitación, la que daba a la ciudad – es que puede que a ti te guste eso de estar rodeado de gente, ir de fiesta en fiesta, comer hasta hartarte y “tratar” – añadió remarcando la palabra - con las doncellas de la región noche tras noche… Pero a mí no. – concluyó – Las multitudes me desconcentran del trabajo y los banquetes y aquelarres que organizas me parecen un exceso innecesario…
- Eres un ermitaño, Zel. – se lamentó Zeros negando categóricamente con la cabeza.
- Ya sabes lo que suele decirse: los mayores genios son unos solitarios incurables…
- … y sin embargo, no tienes reparos en discutir conmigo. – matizó el duque abriendo un ojo.
- A ti te soporto porque eres mi mecenas y subvencionas mi obra. – le corrigió el pintor – Del mismo modo – añadió – que la única razón por la que me apoyas es porque ser mecenas de un artista te da prestigio…
- ¡Oh, cuán crueles palabras las tuyas! – se hizo Zeros el ofendido – Aunque admito que desde que te conocí, consigo más favores de la corte… Pero sabes que en el fondo me preocupo por ti…
- Ya… en el fondo muy fondo…
Sin añadir más, Zelgadis se apoyó en el marco de la ventana que daba a la ciudad, removiendo ligeramente la copa con vino que llevaba en la mano, pero sin catarlo todavía. Zeros volvió a dar un sorbo de la suya antes de continuar:
- ¿No será que hay algo rondando tu cabecita? – inquirió - ¿Lo que dijo esa mujer tal vez?
- Bah… - resopló el pintor fastidiado – no digas tonterías… Si bien es cierto que al principio pensé un poco en qué habría querido decir con aquello, al cabo de unas horas llegué a la misma conclusión que tú: que no era más que una loca tratando de llamar la atención.
- ¡Bien dicho! ¡Brindo por tan sabia decisión! – rió el duque alzando su copa antes de llevársela por última vez a los labios y vaciar el contenido de la misma – De todas maneras no deberías quedarte tanto tiempo meditando… Nunca lleva a nada. – añadió mientras cogía la botella y llenaba su copa de nuevo – Y te aconsejaría que volvieras a tu trabajo, porque mi hermana empieza a…. – la frase que el duque iba a decir quedó en suspenso cuando vio que su amigo miraba al exterior con una expresión tensa - ¿Qué pasa?
Zelgadis simplemente señaló hacia fuera, concretamente hacia el cielo, que en aquel momento estaba nublado. Zeros se asomó y miró en la dirección que su protegido le indicaba.
Y se encontró con que en aquel momento, sobrevolando la ciudad de Sailon mientras emitía un chillido amenazador, había un dragón. Un dragón rojo de escamas que resplandecían desprendiendo un brillo como el de la sangre derramada. Su boca escupía llamaradas de fuego, algunas de las cuales llegaron a tocar los tejados de las casas colindantes, haciendo que éstas empezaran a arder en el acto.
- Un dragón rojo… la tercera vez esta semana… - murmuró el duque con pesar. Dirigió por un instante la mirada al artista que permanecía a su lado, con la misma expresión que antes - ¡Bah, tranquilízate! – trató de calmarlo, sonriendo y palmeándole el hombro mientras se alejaba de la ventana – Los hechiceros reales ya se encargarán de ésa estúpida bestia… y de todas maneras, aún esta muy lejos de aquí, no corremos peligro alguno… - se llevó la copa a sus labios, pero se detuvo en el mismo instante en el que percibió que Zelgadis aún permanecía absorto mirando por la ventana. Suspiró con gesto entre cansado y harto - ¡Zel, quieres escucharme…!
- Zeros. – habló finalmente el pintor y su voz sonaba grave – El dragón… se dirige a la parte Este de la ciudad…
- Sí… - afirmó echando un nuevo vistazo afuera - bueno, así parece, en efecto…
El duque se dio cuenta de lo que Zelgadis quería decir en el momento en que oyó la copa que el pintor tenía en la mano hacerse añicos en el suelo, mientras él corría hacia el piso de abajo.
- ¡¡Zel!! – el duque corrió tras el pintor tratando de detenerle - ¡Ni se te ocurra volver a tu casa ahora, es arriesgado…!
- ¡Mis lienzos están ahí! – exclamó Zelgadis mientras bajaba a las caballerizas - ¡Toda mi obra! ¡Tengo que llevármelos antes de que el dragón los destroce o los queme!
- ¡Zelgadis, maldita sea, sé razonable! – trató de convencerle Zeros en vano - ¡Aunque te des prisa, no llegarás a tiempo!
- Por eso me llevo uno de tus caballos. – replicó el artista mientras abría el portón de unos de los boxes y ensillaba al caballo que había dentro - ¿No te importa, verdad?
- Zelgadis… - el noble le agarró del brazo y le obligó a mirarle a los ojos. Esta vez, su mirada era mucho más amenazadora y seria de lo que acostumbraba a ser – Escúchame… Ya no te estoy hablando como duque ni como mecenas… te hablo como amigo: no hagas ninguna tontería.
Sin hacerle el más mínimo caso, Zelgadis se desadió de Zeros de un manotazo y de un salto se montó en el caballo, que empezó a revolverse nervioso dentro del box.
- Tú nunca serás capaz de entender… - dijo - … lo que significan esos cuadros para mí… ¡HIAAAA!
A la orden del jinete, el corcel emprendió al galope el camino fuera de la cuadra y fuera de la propiedad del Duque Zeros. Éste, impotente, vio cómo su protegido se alejaba hacia una muerte segura…
- Idiota…
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Zelgadis dirigía al caballo cogiendo las riendas con quizá demasiada fuerza. El animal cabalgaba muy rápidamente, pero al pintor no le parecía suficiente. El dragón volaba a gran velocidad… el corcel se iba cansando… la gente le interrumpía el paso…. tenía que llegar… el dragón se acercaba…. tenía que salvar sus lienzos… estaba a tres calles del estudio… rápido, rápido… el caballo se elevaba por encima de las cabezas de los ciudadanos, asustado… debía de obligarle a continuar… sólo un poco más…
Cuando llegó a la calle donde estaba su casa, contempló horrorizado como el dragón lanzaba una llamarada a los hechiceros reales y con ellos, a los edificios de alrededor. El fuego se extendía por todo, ya que la mayoría de las casas de ese barrio eran de madera, como la suya…
Zelgadis, bajándose del caballo, corrió. Corrió como nunca lo había hecho en la vida, sin ser consciente del cansancio, de los gruñidos del dragón, de los gritos de la gente, de las advertencias de los magos…
Llegó a la puerta de su casa, la abrió a toda prisa, respirando inconscientemente el humo. Mientras tosía, subió las escaleras casi sin aliento, a su estudio… donde había pintado todos esos años, desde que fuera a Sailon a estudiar…
Miró impotente cómo las llamas le rodeaban y consumían todo lo que había permanecido tanto tiempo en esa habitación. Giró en torno suyo, en busca de algo para extinguir las llamas y, desesperado, intentó coger todos los lienzos que podía… el humo aumentaba…. el olor a madera quemada entraba dentro de él…. los colores de sus cuadros se extinguían y se volvían negruzcos… todo se consumía… se volvía negro… tosía sin fuerzas… sentía como aumentaba el calor a su alrededor… un dolor hiriente… se dio la vuelta, buscando… vio un espejo que había usado una vez para hacerse un autorretrato…
Espejos…
Y de pronto recordó… comprendió…
Demasiado tarde.
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Zelgadis abrió los ojos, despertando jadeante.
Otra vez había vuelto a soñar lo mismo. De nuevo el recuerdo de aquel incidente le asaltaba en sueños.
¿Cuánto había pasado desde entonces?
Si no recordaba mal unos tres años.
Tres años y todavía ése amargo recuerdo revolvía su mente día tras día.
- Vaya tontería… - murmuró para sí.
Se levantó pesadamente de la cama, con tan sólo la camisa de dormir cubriendo su cuerpo. Buscó a tientas la palangana que había frente al espejo y se lavó la cara para despejarse. Dejó que el agua resbalara por su piel antes de levantar la vista y contemplar su reflejo. El flequillo que le tapaba el ojo derecho se le había pegado al rostro. Lo apartó con cuidado, revelando las marcas de quemadura. Quemaduras que también tenía por todo el brazo izquierdo, el pecho y parte del hombro derecho.
El recuerdo imborrable de su imprudencia.
La carne del pulidor.
- Perdone, maestro – interrumpió una voz joven entrando por la puerta de su habitación – el cocinero me pidió que le subiera el desayuno…
Zelgadis emitió un gruñido contrariado.
- ¡¿Y para eso me interrumpes?! – espetó al chico que estaba parado bajo el dintel de la puerta, la bandeja en las manos y sin atreverse a mover un músculo.
- Lo siento, maestro, no sabía que le estaba importunando… - se disculpó el muchacho con aire avergonzado.
- … No importa. – dijo Zelgadis ya más calmado – Déjalo sobre la mesa.
El chaval obedeció. Su nombre era Gaudy Gabriev y de un tiempo a esta parte, se había convertido en aprendiz de Zelgadis Graywords. El artista lo había tomado bajo su tutela por el notable talento que manifestaba, a pesar de la aun más notable torpeza que también manifestaba, a menudo con mucha más frecuencia…
Era rubio, ojos azules y piel algo tostada, lo que denotaba su origen humilde (de hecho, el muchacho se dedicaba a trabajar en la huerta de tomates de su padre antes de ser “descubierto” por su maestro) A pesar de ser un par de años menor que su maestro, le sobrepasaba con sus casi dos metros de altura (frente al metro setenta y cinco de Zelgadis), lo que a menudo llevaba a confusiones por parte de los que no los conocían lo suficiente. Sus ropas se equiparaban en sencillez a las del artista; llevaba una camisa grisácea arremangada y recosida por varios sitios, calzones azul marino algo ensuciados y zapatos con los cordones permanentemente desatados (razón de algunas de sus más aparatosas caídas en los primeros días) Llevaba además el gorro que caracterizaba a los jóvenes aprendices de la época cubriendo su testa (aunque ni de lejos llegaba a cubrir su largísima melena que llevaba atada firmemente en una cola de caballo para evitar accidentes)
- ¿Va a hacer uno de sus cuadros hoy, señor? – preguntó Gaudy con el aire ilusionado de un niño - ¡Si quiere yo le ayudo, para algo soy su aprendiz!
El artista no respondió inmediatamente. Se quedó un rato mirando por la ventana, al paisaje que tenía alrededor. Luego, cuando vio que su joven aprendiz aún esperaba su respuesta, respondió:
- No sé si seré capaz de inspirarme… - volvió a quedarse en silencio otro largo rato, como meditando lo que diría a continuación - … pero está bien, si quieres, ve preparando los útiles y las pinturas… - accedió finalmente, dirigiéndose hacia el ropero para cambiarse de indumentaria.
- ¡Sí, maestro! – exclamó con entusiasmo el joven poniéndose manos a la obra.
- Pero cuidado no te vayas a tropezar con…
¡CRASH!
Demasiado tarde.
El muchacho yacía en el suelo aturdido, las pinturas y los pinceles desparramados por el suelo, tras haberse tropezado con el caballete. Otra vez.
- ¡Grrrrr! – gruñó volviéndose hacia él, furioso - ¡¡Tenía que tener al único aprendiz de toda la ciudad capaz de tropezarse cien mil veces con la misma piedra!!
- No, una piedra no, señor, ha sido con el caballe…
- ¡¡¡ME DA LO MISMO!!! ¡¿ES QUE ERES INCAPAZ DE DAR UNA A DERECHAS, TORPE, IDIOTA, ESTÚPIDO CRETI…?!
- ¡Venga, venga, Zelgadis-kun! – canturreó alegremente una voz conocida - ¿Tan de buena mañana y ya estás riñendo al chico?
Zelgadis se volvió, aunque ya sabía perfectamente quién era su interlocutor.
- ¿Y tú, Zeros? – inquirió con ironía - ¿Tan de buena mañana y ya queriendo amargarme el día?
- ¡Buenos días tenga usted, señor duque! – saludo respetuosamente su aprendiz, exhibiendo la más cándida de sus sonrisas.
- Buenos días, rapaz. – le correspondió Zeros - ¿Te molesta mucho tu maestro?
- ¡Oh, no, señor! – aseguró el joven – Ha sido culpa mía señor; tengo la mala costumbre de tropezarme con el condenado caballete… en realidad me lo tengo merecido, señor.
Zeros Mettalium sonrió con condescendencia. Aunque Zelgadis lo tratara como a un perro, el joven Gabriev sería incapaz de decir una palabra en su contra; tal era su grado de idolatría hacia su maestro.
- Vamos, hijo, no seas tan duro contigo mismo… - le dijo depositando una mano en su hombro, a lo que el joven enrojeció, azorado – Y tu también, Zel – añadió dirigiéndose a su viejo amigo – deberías tener más paciencia con él…
- La tendría si él no me la agotara cada dos por tres. – replicó fríamente el artista sin volverse.
- …No, señor, no se moleste. – le interrumpió Gaudy cuando Zeros abrió la boca para rechistar – En realidad el maestro tiene razones para enfadarse conmigo… Y tiene razón al decir que soy un torpe, la verdad es que siempre lo he sido… Perdóneme, maestro. – concluyó inclinándose respetuosamente – Si cree que debo ser castigado, lo entenderé…
Zelgadis suspiró. Bien sabía que Gaudy, con toda su buena voluntad, hacía lo imposible por ayudarle y complacerle en todo, aunque también con frecuencia al final estorbaba más que ayudar.
Aún se preguntaba porqué no lo había echado a la calle a las primeras de cambio.
- Anda, no digas sandeces. – le espetó sin girarse – No te voy a castigar por esa tontería…
- ¡Ah! ¿Significa eso que…?
- Sí, sí, te perdono por esta vez… - afirmó el artista con desgana – Y ahora si no te importa déjanos solos al duque y a mí…
- ¡Sí, maestro, muchas gracias! – obedeció el muchacho alegremente – Adiós, señor duque… - añadió despidiéndose de Zeros. El duque le respondió con una sonrisa divertida.
- Y cuidado no te vayas a caer por…
¡TROMPPOTROTROMPTROMPPOF!
Demasiado tarde.
El joven rubio acababa de tropezar con uno de los peldaños de las escaleras y se había despeñado por ellas…. Otra vez.
- Un muchacho muy servicial ¿verdad? – rió el duque divertido ante la situación.
- Sí, claro… servicial y todo lo que tú quieras…. pero su costumbre de tropezar con todo, algún día me va a costar un disgusto… - dijo Zel masajeándose las sienes con gesto cansado – Bien, Zeros ¿a qué has venido? ¿Vienes de parte de tu hermana para darme un ultimátum al respecto de su retrato?
- ¡No, en absoluto! – negó su mecenas – Yo creo que mi hermana se ha resignado a que jamás lo terminarás y ha decidido dejarlo correr… Claro que también puede ser – añadió sirviéndose una copa de vino que cogió de la bandeja que Gaudy había dejado con el desayuno de Zel - porque la presencia del Conde Garrusherra mantiene ocupada su mente de cualquier otro pensamiento… Siempre he pensado que Zellas tiene unos gustos muy raros… - se encogió de hombros, deleitando el vino de su copa – Aunque me huelo que aunque te lo dijera no me harías caso ¿me equivoco?
- Sabes tan bien como yo que en estos momentos me es imposible pintar nada… - replicó Zelgadis volviéndose de nuevo a la ventana.
- Ya, claro…. por culpa de tu “parón creativo”… - suspiró Zeros con cansancio. A continuación, cogió unos cuantos papeles que había desperdigados por el suelo de la habitación de Zel y los examinó – Pues para estar falto de inspiración, sigues dándole mucho al dibujo…
- No son más que simples bocetos. – le quitó importancia el pintor – y ninguno de ellos merece ni siquiera el calificativo de “obras de calidad media tirando a mediocre”…
- Zel, Zel, Zel… - murmuró el duque negando categóricamente con la cabeza – Te exiges demasiado, amigo mío….
- Ya sabes lo que dicen de los artistas: somos probablemente las personas más insatisfechas del mundo… – respondió el otro.
- ¿De verdad que no te ves capaz de seguir pintando?
- Oye, Zeros… - inquirió Zelgadis con una ceja enarcada - ¿a qué viene ése repentino interés por mi capacidad creativa?
Zeros sonrió y abrió los ojos. Zelgadis era demasiado listo, incluso para una mente como la suya. Era obvio que debía olerse algo.
- He recibido un encargo. – confesó.
- Ya…
- … y la orden viene de arriba. – matizó el duque - De muy, muy arriba. Concretamente – añadió sacando un pergamino de su casaca – del palacio real.
¿El palacio real? Sin duda debía tratarse de una broma… ¿Cómo iba el rey a hacerle un encargo a él, un simple pintor venido a menos en los últimos tres años por culpa de su accidente y su falta de inspiración?
Y sin embargo, cuando lo examinó, a Zel no le cupo duda que la lacra del pergamino (que había sido despegada) llevaba el sello perfectamente identificable de la familia real de Sailon.
- Me he tomado la libertad de leer el pergamino antes de entregártelo… espero que no te importe. – Zelgadis no hizo caso y desplegó el pergamino, leyéndolo con atención. Zeros continuó: - En resumen, ahí pone que se te cita mañana por la tarde para una audiencia en la sala de conferencias del palacio real…
- ¿Para qué?
- Ya te lo he dicho, para hacerte un encargo…
- No me refiero a que con qué fin… - aclaró el artista – Lo que quiero decir es… ¿A quién se supone que debo retratar?
- Eso… es un secreto.
- Zeros, no me vengas con ésas o te…
- ¡Lo digo en serio! – le apaciguó el duque - ¡Ni siquiera yo lo sé! ¡El mensajero no me dio los detalles y el pergamino tampoco explica mucho más…!
Zelgadis seguía contrariado, pero se calmó.
- Imagino entonces que si quiero tener más detalles tendré que ir… - murmuró mirando de nuevo el pergamino.
- ¿Iremos?
- ¿Tienes que venirte tú también?
- Es lo menos que debo hacer, como mecenas tuyo… - respondió Zeros guiñando un ojo.
Zelgadis no dijo nada más. Enrolló de nuevo el pergamino y se lo devolvió en mano a Zeros, tras lo cual pasó por delante de él, camino de las escaleras.
- Lo pensaré. – le dijo.
- Ésa respuesta no satisfará al mensajero que espera ahí afuera… – le advirtió su protector.
- Entonces dile – replicó el artista volviéndose un instante – que si a Zelgadis Graywords le interesa el encargo, se plantará puntual como un reloj en el palacio a la hora convenida. De lo contrario, ya puede buscarse a otro ingenuo para que les haga el trabajo…
- ¿Adónde vas? – inquirió el duque.
- A dar una vuelta por la ciudad…
- ¿A estas horas?
- ¿No lo sabes? Dicen que los artistas tienen mejores ideas después de despejarse un rato…
Y sin añadir más, se fue.
Y Zeros se quedó ahí plantado en medio de la habitación, rascándose la cabeza mientras contemplaba el pergamino que tenía en las manos.
- Empiezo a pensar – dijo para sí – que los artistas tenéis unos dichos muy raros…
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El artista se paró frente a un puesto rodeado por telas de los más variopintos colores, que impedían ver lo que ocurría dentro. Había un pequeño cartel con unas runas mal escritas que ponía “Filia: quiromancia, bola de cristal, comunicación con los muertos, lectura del Tarot y demás ciencias esotéricas”. Zel apartó una de las cortinas y entró.
Dentro, las únicas luces que habían eran las de las distintas velas aromáticas que había por todos lados. Su olor sumado al del incienso que se quemaba, creaban un atontamiento soporífero que hacía que cualquiera creyera cualquier tontería que se dijese en ese lugar. Costaba creer que el pintor Zelgadis Graywords, tan realista e incrédulo, visitara a una adivina, pero lo cierto es que Filia era la única en la que podía llegar a confiar… y eso sólo cuando ella no hacía teatro para ganarse el pan.
La razón por la que Zelgadis confiara en esa mujer era simple: ella era la joven que, tres años atrás, le había dicho las extrañas palabras que, aunque aparentemente sin sentido, contenían en realidad una oscura profecía. Ella, con tan sólo mirarle a los ojos, había visto a la muerte con su guadaña en el cuello del pintor, y los hados le habían revelado su cruel destino. Afortunadamente, Zelgadis había sobrevivido al incendio que había consumido la obra de su vida y su hogar, y, en cuanto pudo hacerlo, se levantó de su cama (para gran escándalo de Lina, su hermana, que había dejado el negocio unos días para cuidarle) y buscó a Filia por todo Sailon hasta encontrarla y pedirle explicaciones.
Desde entonces, Zelgadis acudía de vez en cuando a la adivina para no estar ajeno a los designios del destino, pero no precisamente con los resultados esperados: si bien era cierto que esa profecía se había cumplido, Filia era una farsante, ya que la mayoría de las veces no se cumplía lo que decía, o le daba información de tan poca importancia y tan evidente, que hasta Zelgadis podría haberse dedicado a la adivinación. Sin embargo, Zel seguía confiando en ella, porque cuando Filia se ponía seria podía ser de gran ayuda con sus consejos e intuiciones, y además tenía la convicción de que algún día, Filia le pronosticaría otra vez algún desastre, y lo podría evitar a tiempo.
Justamente en ese momento, Filia estaba leyendo las cartas a una mujer joven de cabellos oscuros muy largos, ojos verdes e infinita cara de preocupación, que se envolvía con una capa con capucha. Probablemente, la adivina le habría dicho que uno de sus hijos iban a tener una grave enfermedad o algo así.
- Querida, las cartas no son muy esclarecedoras, ¿sabes? Aunque… ¡espera! - exclamó la pitonisa de pronto, como si hubiera encontrado al sorprendente - creo que tengo la respuesta a tu pregunta… veo un hombre de tu edad…
- ¿Cómo es? ¿Tiene los cabellos violetas? - preguntó ansiosa la cliente de Filia.
- Sí… sí, tiene los cabellos violetas… a ver qué más… - contestó con cara de concentración ésta.
- ¿Y los ojos? ¿También sus ojos son violetas? ¿Tiene su pelo cortado por encima de los hombros?
- Sí… unos bellísimos ojos de color violeta… y el pelo cortado por encima de los hombros… un hombre muy apuesto, sin duda… tiene mucha suerte…
- ¿Posee ese hombre algún título nobiliario? ¿Duque o algo así? - Zelgadis contuvo la risa. Reconocía la voz de aquella mujer: era una de las “amigas” de Zeros, una muy estúpida.
- Sí… es duque… así que estoy hablando con una futura duquesa… - comentó Filia haciéndose la emocionada.
- Oh no, por favor… - replicó la otra mujer azorada - si hace muy poco que lo conozco, aunque… si estoy destinada a él….
- ¡Por supuesto que sí! ¡La voluntad de los hados siempre se cumple! ¡Sólo ellos pueden cambiarla! Si ese duque es el hombre de su vida, lo será, se lo aseguro. - prometió Filia en voz solemne. Zelgadis se mordió la lengua para evitar hacer un comentario mordaz. - Sin embargo, señorita, me temo que pronto vendrá un nuevo cliente, así que, si quiere conservar el anonimato yo de usted me iría.
- ¡Oh, es cierto! ¿Pero cómo lo sabe? - preguntó sorprendida, aparentemente sin acordarse de que su capa era bien visible.
- Los hados, querida, los hados…- luego la adivina añadió en tono práctico - son 23 monedas…
- Oh, claro, los hados. - murmuró la clientas entregándole el dinero mientras seguía en sus ensoñaciones - los hados… los hados me han destinado al duque… - la mujer salió del puesto extasiada, no si antes ponerse la capucha para taparse el rostro, sin advertir la presencia de Zelgadis.
Filia estaba sentada en una silla frente a la mesa donde estaban todavía las cartas del Tarot y miró a Zelgadis con una gran sonrisa. La adivina vestía con una blusa blanca de mangas cortas con los hombros al descubierto, una faja y una falda larga de rayas verticales, la primera alternando el dorado y el azul claro, mientras que la segunda era de color rosa fucsia. Llevaba dos pañuelos de color lila con lentejuelas doradas, uno en la cabeza y otro atado en la cintura. Como únicos adornos, llevaba un brazalete dorado en la muñeca izquierda, como si le viniera grande, y un par de aros como pendientes del mismo metal, tan resplandecientes como su pelo rubio, que iba recogido en una larga trenza, tan sólo dejando sueltos dos mechones que le enmarcaban la cara.
- Bienvenido, Zel. Sabía que vendrías a buscarme… ¿algo importante ha ocurrido?
- Tu deberías saberlo. - respondió en tono socarrón el pintor.
- Hum… detecto ironía e tu voz… sin duda has estado escuchando la conversación con mi anterior cliente…- dijo mirándole inquisitivamente. - No está bien, querido, no está nada bien… ¿qué te parece tan gracioso?
- Simplemente que ella parecía saber su destino mejor que tú…
- Suele ocurrir, querido, suele ocurrir….- Filia le hizo un gesto para que se sentara. - ¿Sigues sin pintar nada, verdad? Sigues con esa preocupación en mente…
- Me han encargado un cuadro. Alguien importante. - dijo el artista para evitar el tema.
- No es por eso por lo que has venido. - repuso Filia mientras seguía mirándole con sus ojos azules.- Sueles trabajar para gente importante, y sin embargo ésta es la primera vez que me lo comentas así que debe ser…¿La familia real, quizás?
- ¿No te habrá visitado el duque Zeros, por algún casual? – gruñó el pintor al verse descubierto.
- No me hace falta teniendo a los hados de mi parte ¿Aún sigues con el incendio en la cabeza, verdad? - preguntó, fingiendo indiferencia.
- Sí, pero no es de eso de lo que quería hablarte…
- Pero está muy relacionado. - interrumpió Filia.
- No, bueno, sí… ya sabes que…. muchos de mis cuadros se quemaron ahí….
- Ajá…
- Eran…- Zelgadis comenzó indeciso - buenos, muy buenos… no he vuelto a hacer cuadros tan buenos desde entonces…
- Pero sigues pintado porque es tu único medio de vida... - dijo ella en el mismo tono de sabihonda que antes.
- Exacto…
- Y son buenos, Zel… sino la gente no haría copias y copias….
- No digas… ¿¿¿me hacen copias???
- Por supuesto. - contestó Filia en tono calmado- Eres un pintor famoso, y tu estilo es impresionante, aunque para ti los cuadros sean mediocres….
- Eso es lo que me preocupa, que sigan siendo mediocres. - soltó Zelgadis.- me pregunto si…
- … si llegarás a pintar como antes…- completó Filia.
Antes de que él pudiera añadir algo, la pitonisa le puso una mano en la frente, cerrando los ojos para concentrase, como si buscara algo en su mente, mientras murmuraba aparentemente para sí:
- Lo harás… harás el cuadro perfecto… mejor que todos los que hayas pintado en tu vida… pero ese lienzo será el más odiado de todos. - a continuación, quitó su suave mano y abrió los ojos de nuevo.- Bien, ya te he dicho lo que quieres saber, ¿no?
- ¿Es cierto lo que acabas de decir o era teatro? - interrogó desconfiado el pintor.
- Hombre… según lo que consideres por teatro… son 20 monedas.- añadió con una sonrisa mientras extendía la mano para cobrar a un malhumorado Zelgadis.
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Los pasos nerviosos de Zelgadis Graywords resonaban con estruendo en las delicadas baldosas de mármol del palacio real. Como era de esperarse, al final, el artista había decidido, aunque fuera para probar suerte, asistir a la audiencia con el rey, para gran regocijo de su mecenas. Éste por supuesto le acompañó, tal y como había prometido, y ahora esperaba con él en el pasillo a la espera que el chambelán de palacio les diera el visto bueno para pasar a la sala de audiencias.
Sin embargo, el duque parecía mucho más tranquilo que su protegido.
- Zel… ¡Por amor de dios, deja de pasearte! – le riñó Zeros un tanto divertido por la situación – A este paso, acabarás por hacer un agujero en el piso…
- Odio esto… - gruñó el artista en tono impaciente – Tanta espera, tanta espera… ¡Se suponía que esta mañana el rey sólo nos iba a recibir a nosotros…!
- Hay que mantener el protocolo, Zelgadis-kun. – explicó con vehemencia Zeros.
- ¿Sí? ¡Pues maldita la gracia! – volvió a la carga el artista. Estaba claro que tanta ostentación le ponía nervios; no estaba acostumbrado – Al menos voy decentemente vestido… - se consoló.
Sí, para su fortuna Zeros le habías prestado un jubón amarillo y medias blancas, junto a unas botas de cuero algo más altas que las que acostumbraba a llevar, para dar a su atuendo un toque distinguido. Para su suerte o desgracia, ya que eso significaba que le debía una al duque…
- Señores… - la voz pomposa del chambelán interrumpió sus pensamientos – Su majestad les espera…
Siguieron al chambelán hacia un par de puertas de madera de roble, adornadas con ricos relieves (probablemente obra de algún habilidoso ebanista) representando diversas escenas bíblicas y enmarcadas con un reborde de motivos florales. El criado empujó ambas puertas, abriéndolas de par en par y luego se aparto inclinándose hacia el duque y su acompañante, como invitándoles a pasar.
Zelgadis y Zeros hicieron lo que se les había indicado y entraron a la Sala de Audiencias. Nada más hacerlo, el chambelán cerró las puertas tras ellos.
- ¡Ah, ya está aquí Duque Mettalium! – les recibió una voz tronante a la vez que jovial - ¡Pasad, pasad! Terminaremos enseguida…
Artista y mecenas se dirigieron hacia el fondo de la sala caminando a través de una moqueta de tela rojiza que cubría el pulido suelo de alabastro. La sala de audiencias era amplia, llena de columnas con capiteles de inspiración grecorromana. A ambos lados se abrían amplísimos ventanales que mostraban el paisaje del bosque que rodeaba los terrenos de palacio. Las paredes estaban cubiertas de tapices bordados en hilos de oro y plata, muchos de ellos representando batallas y victorias de los ancestros del actual soberano. Éste se encontraba al fondo, hablando con un noble de forma bastante animada.
Zelgadis lo reconoció al instante: se trataba del archiduque Val Agader*, un joven un tanto irascible y presuntuoso que mantenía con el duque Zeros una eterna rivalidad. De hecho, si no hubiera sido porque en el último minuto éste ofreció en su momento 10000 denarios más que el archiduque, ahora Val y no Zeros sería su mecenas…
Con una reverencia respetuosa, el archiduque se retiró, marchándose por el mismo camino por el que Zelgadis y Zeros acababan de entrar. Al cruzarse, el duque frunció el ceño y apretó los labios; aquel era uno de los pocos momentos en los que Zelgadis había visto a su protector enfadado.
- Agader… - saludó Zeros con frialdad.
- Mettalium… - respondió el archiduque alzando el mentón con suficiencia.
Y sin cruzarse más palabras, cada cual continuó su camino.
Ya llegados a presencia del Rey, ambos se inclinaron respetuosamente.
- ¡Levantaos, levantaos y dejaros de formalidades, caballeros! – rió con estruendo el soberano, dándoles palmaditas en los hombros a ambos como si fuesen amigos de toda la vida – Espero perdone el que tardara tanto en atenderos, duque Mettalium… tenía que discutir unos ciertos detalles de suma importancia con el archiduque…
- Francamente, me parece mentira que semejante energúmeno sea capaz de articular dos frases sin envenenarse con su propio veneno de ponzoñosa víbora, Majestad… - murmuró Zeros con resentimiento. Decir que el archiduque, en su eterna vendeta contra el duque, se había dedicado a lanzar ciertos comentarios en su contra con el fin de desprestigiarle… el hecho de que su artista hacía tres años que no pintaba nada decente entre otras cosas.
- ¡Vamos, vamos, no sea tan rencoroso, señor duque! – exclamó el rey alegremente – El archiduque es una persona en el fondo maravillosa, estoy seguro que si se molestaran en sentarse a hablar un día de estos verían que tienen muchas cosas en común…
Philionel el Di Sailon era probablemente el único rey mínimamente pacifista y diplomático que el reino había tenido jamás. Desde el comienzo de su mandato, y de aquello hacía ya unos 20 años, no se había producido ni una sola guerra y la nación vivía bajo un inusual periodo de paz y harmonía. Y es que Philionel, un tipo de humor campechano y alegre corazón, más cercano a sus súbditos que ningún otro, era más partidario de hacer el amor y no la guerra…. aunque por otra parte, eso primero no se sabía a ciencia cierta. De puertas de palacio para afuera, la vida privada del rey era como mínimo equiparable a un secreto de estado…
Lamentablemente, y esto Zelgadis lo sabía mejor que nadie, su majestad ignoraba dos cosas: la primera, que Zeros y Val ya habían hablado entre ellos en varias ocasiones y nunca, por más que sus respectivas familias lo intentasen, de forma amistosa. La segunda, que ambos rivales sabían perfectamente que tenían una cosa en común: el odio y desprecio mutuos.
- Pero en fin – desvió el tema el rey al ver que el duque ponía mala cara – vayamos al asunto que nos ocupa… A estas alturas sabrán que les he mandado llamar porque quisiera encargarle a su pintor un retrato…
- ¡Nada más fácil, majestad! – exclamó zalamero el duque ante de que Zelgadis siquiera abriese la boca.
- Debo confesar – admitió el rey – que mis consejeros me sugirieron en principio hacerle el encargo a un talentoso pintor llamado Vizencio… - al oír aquel nombre, a Zel se le revolvieron las tripas – sin embargo, la persona que quiero que retrate insistió mucho en que fuera usted y no otro el que se encargara de su retrato y yo no pude hacer menos que aceptar su criterio…
- ¿Y quién es la persona interesada, si puedo preguntar a su majestad? – habló finalmente Zelgadis.
- ¡Padre! – exclamó una voz femenina, seguida del estruendo que hicieron las puertas de madera al chocar contra la pared tras abrirse de par en par - ¿Porqué no me avisasteis de su llegada? ¡Vos sabéis de sobra las ansias que tenía por conocerle!
Ante los sorprendidos ojos del artista apareció, corriendo hacia ellos tan rápido como su larga falda le permitía (y con el chambelán corriendo tras ella y rogándole que moderara su entusiasmo), a una muchachita que no pasaba de los 16 años. Su pelo negro azabache era más bien corto, adornado en su frente por una tiara de perlas. Llevaba un rico vestido de color rosa salmón con bordados estriados en dorado, varias capas de tul bajo su sobrefalda que ocultaba por completo sus pies y destacaban las caderas de la chica, y las mangas largas de tela blanca semitransparente, que empezaban con un abultamiento de la tela a la altura de los hombros y terminaban con una muñequera de la misma tela que el resto del vestido. Llevaba un escote no demasiado abierto, sobre el que destacaba un fino collar con una cadena de oro en cuyo extremo colgaba un amuleto de color azul con una estrella de cinco puntas en el centro. El símbolo de la realeza de Sailon.
- ¡Ah, Amelia, hija mía! – saludó Philionel a la recién llegada – Precisamente ahora le estaba hablando a estos señores de ti… Maestro Graywords, le presento a mi hija pequeña, la princesa Amelia… la persona a la que quiero que retrate…
- Un honor conocerla, alteza. – se inclinó con respeto el artista, pero manteniendo las distancias.
- ¡Llevo tanto tiempo queriendo conocerle en persona, maese Graywords…! – exclamó entusiasmada la princesa, los ojitos lapislázuli brillando de ilusión - ¡He visto varias de sus obras, soy una ferviente admiradora suya!
- ¿Ah, sí? – dijo el pintor sin demasiado interés - ¿Qué clase de pinturas ha visto su alteza para quedar tan impresionada, si puedo preguntar?
- ¡Impresionada! – se escandalizó la princesa como si el pintor hubiera dicho algo ofensivo - ¡Es mucho más que eso, maestro! Yo… yo… ¡me quedé ENAMORADA de su estilo! – exclamó con aún mayor entusiasmo – Su trazo limpio… su manejo de los colores y las sombras… la expresividad que da usted a los retratos de los nobles… vi el retrato de la Reina de Zoana, el del misterioso Caballero de Ceipheid al que usted pintó a lomos de un dragón negro… sus obras en la capilla de nuestra iglesia, el cuadro de la pasión de Cristo… ¡La nobleza, el ardiente valor del guerrero, la fe y el sacrificio, todo eso y más lo ha plasmado como nadie antes…!
- Su alteza, se lo ruego, hable con moderación… - le suplicó el chambelán temeroso de que el eco que hacían los gritos entusiasmados de la princesa se hubieran oído hasta en el último rincón del palacio.
- Veo que su alteza ha seguido de cerca mi obra… - murmuró Zelgadis sudando un poco de vergüenza ajena ante la actuación tan exagerada de la hija del rey.
- ¡Desde luego! ¡Y será para mí un gran honor contar con usted para mi retrato, maese Graywords! – dijo la princesa mirándole con los ojitos más brillantes que antes.
- Euh… haré lo que pueda, su alteza… - balbució el pintor sudando profusamente. Tanto entusiasmo por parte de su futura retratada le ponía nervioso…
- Hija mía – le llamó la atención su padre - ¿porqué no le enseñas al maestro el palacio para que elija el fondo que más le plazca? El duque y yo nos quedaremos aquí discutiendo ciertos detalles…
- ¡Ve tranquilo, Zelgadis-kun! – le animó Zeros con una amplia sonrisa – Yo me encargaré de que el pago por tu obra maestra sea justo…
“Eso no me tranquiliza precisamente…” pensó amargamente Zelgadis, aunque no tuvo tiempo para más, ya que la princesa decidió arrastrarlo por el brazo fuera de la habitación, lo que le puso aún más nervioso…
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En la hora y media que siguió, la princesa Amelia acompañó al artista a lo largo y ancho del castillo, buscando un escenario que fuera adecuado para el retrato de su alteza. Habían dado una vuelta por los grandes salones de palacio, los viveros, el bosque colindante y ahora paseaban por el jardín privado, pero ninguno de aquellos ambientes parecía satisfacer la inspiración de Zelgadis, quien se dedicaba a mirar distraídamente a su alrededor mientras la princesa trataba de sacar algo de conversación:
- Sabe usted, he visto la obra de muchos artistas a lo largo de mi vida pero es la primera vez que conozco a uno en persona… - le decía en aquel momento - ¡Figúrese lo que me alegré cuando mi padre me dijo que me iban a hacer un retrato y que podía escoger al pintor que quisiera! Así que yo no lo dudé dos veces: le dije “¡Que sea Zelgadis Graywords!” Y mira que los consejeros se pusieron pesados…
- Ya…
- … porque claro, ellos pensaban que no sería bueno para mí… Dicen que usted… no sé cómo decirlo sin que se ofenda… – dudó un momento – Bueno, dicen que usted tiene fama de poco sociable e incluso un tanto arisco…
- Ya…
- ¿Le parece bien este rincón? – le preguntó - ¡Tiene unas flores preciosas! ¿Le gusta?
- Ya…
Una cosa estaba clara: Zelgadis no la escuchaba.
Aquello desilusionó un poco a la princesa… tal vez los consejeros sí tuvieran razón después de todo al decir que maese Graywords era un tanto antisocial… aunque su alteza se resistía a creer en ésa posibilidad y se dijo que tal es que ella estuviera molestándole con tanta palabrería… ¡No podía evitarlo! A fin de cuentas… ¡caramba, era el maestro Zelgadis Graywords! ¡No se veía a un artista de su talla todos los días!
Tal vez, pensó, es que su comportamiento no fuera el más adecuado.
De esta manera, la princesa permaneció el resto del paseo silenciosa, lanzando de tanto en cuanto miradas furtivas a su acompañante, tratando de averiguar lo que pensaba de ella. La máscara de inexpresividad que el pintor llevaba en su faz, sin embargo, se lo impedía.
Siguieron de esta guisa unos cuantos minutos, hasta que de pronto, inesperadamente, el maestro Zelgadis se detuvo.
- Am… ¿Ocurre algo? – interrogó la princesa entre curiosa y extrañada.
- Ésa ventana. – dijo simplemente, señalándola.
- ¿Uh? ¿La ventana de mi habitación? ¿Qué tiene de particular?
- ¿Es su habitación? – se interesó el pintor.
- Sí… son mis aposentos privados, pero…
- Vayamos a verlos. – resolvió Zelgadis tomando la delantera. Amelia le siguió a toda prisa poco después.
Subieron hacia el segundo piso, donde estaba la habitación que tanto había llamado la atención. Era una habitación bastante amplia, con una cama con dosel de seda blanca y de dimensiones bastante más grandes que el del cuerpo menudo de la princesa. Al lado de la cama, un armario de madera pintado en dorado con imágenes de querubines y dos espejos adosados a las puertas para que su alteza pudiera contemplar su reflejo cada mañana. Un bastidor traído de china descansaba justo al lado, seguramente para dar algo de intimidad a la princesa cuando se cambiase de vestido. Al otro lado de la habitación, un escritorio hecho de granito, oro y marfil y justo al lado, la gran ventana. Puesto que, a pesar de sus dimensiones era la única ventana de la habitación, la inmensa mayoría estaba en una permanente penumbra, razón por la cual la princesa no gustaba de estar en sus aposentos más que para dormir, cambiarse y poco más. Ella gustaba más del aire libre y la luminosidad de los jardines.
- Es perfecta. – dijo Zelgadis, sorprendiéndola.
- ¿En serio? ¿No le parece…? Bueno… no sé… ¿No es demasiado oscura? – objetó Amelia.
- Para mí es perfecta. Me gusta jugar con los sombreados… - explicó el pintor.
Amelia estaba un tanto desconcertada. Miró a su acompañante, tratando de averiguar si hablaba realmente en serio.
Y vio que, por primera vez, el artista sonreía ligeramente y se mesaba la barbilla, como si en aquel mismo instante se estuviera inspirando.
Bueno… si a maese Zelgadis le parecía bien aquel escenario, también a ella le parecía bien.
- ¡Me alegra saber eso! – dijo la princesa con sinceridad - ¿Cuándo empezamos?
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Puesto que la princesa tenía que atender después unos asuntos, quedaron a la mañana siguiente para empezar cuanto antes con el lienzo.
En la habitación de la princesa habían instalado todo lo necesario; el caballete, papeles, pinturas, pinceles… el desorden del pequeño estudio que se había montado alrededor de Zelgadis y su aprendiz contrastaba con la sobriedad y el orden del dormitorio de la joven.
La princesa Amelia posaba al lado de la gran ventana que llenaba de luz la estancia, con un vestido del mismo estilo que el del día anterior, solo que éste era de color blanco. El pintor ordenó que las espesas cortinas fueran echadas, y los sirvientes reales se vieron obligados a poner velas para iluminar el cuarto, produciendo la inevitable sensación de que ya había anochecido. Intentando moverse lo mínimamente posible, la joven empezó a hablar con Gaudy sobre arte mientras éste preparaba las pinturas por si Zelgadis empezaba esa misma tarde. El artista no participaba en la conversación, y de hecho sólo le llegaban retazos de ella, pues estaba demasiado concentrado en su trabajo.
Había pasado la noche anterior haciendo bocetos de la mujer en distintas posiciones, todas ellas cerca de la ventana que había elegido como fondo, y aunque en principio le habían parecido aceptables teniendo en cuenta que era un simple retrato, ahora le parecían simples garabatos odiosos con movimientos abominablemente artificiales, así que tomó un carboncillo y volvió a empezar el trabajo. Sin embargo, las cosas no pintaban muy bien, ya que llevaba unos cuatro bocetos rechazados y el quinto que estaba dibujando esa mañana no le había convencido del todo.
- Así que antes usted trabajaba en el campo con su padre…- comentaba en ese momento Amelia.- ¿Es muy dura la vida de aprendiz?
- ¡Oh, no!- contestó modestamente el joven.- Desde luego que no, al menos comprándola con el trabajo de los agricultores… - luego empezó a explicar su tarea a la princesa, que parecía realmente interesada por el tema - consiste básicamente en ayudar a transportar material, dar algunos retoques finales a los cuadros del maestro y, sobretodo, practicar hasta que él considere que ya no tiene nada más que enseñarte.- Después, Gaudy añadió, con una nota de orgullo.- La verdad es que tengo muchísima suerte de que el señor Zelgadis me aceptara aún cuando ya había superado hace tiempo la edad media de los aprendices de pintura, y, aunque me hace trabajar con mano dura, sé que lo hace por mi bien y para mí es un gran honor aprender con el mejor.