Slayers Continuous

por Amber

 

Preludio: La boda

 

Había pasado un año desde la destrucción de Estrella Oscura. Un año durante el cual los componentes del grupo que había acompañado a la valerosa hechicera Reena Invers habían tomado caminos diferentes.

Filia, quien había renunciado a su posición de sacerdotisa del Dios Dragón de Fuego, se fue a vivir a una casita en un pueblo llamado Darien. Allí fundó una tienda de jarrones y mazas e inició la dura tarea de criar a Valgarv, resucitado tras la destrucción de Estrella Oscura (que había poseído su cuerpo), junto con Jiras y Gaubros, sus antiguos servidores.

Xellos volvió con su señora, Zellas Mettalium, para relatarle lo ocurrido con Estrella Oscura. Lo que su señora le mandara a hacer después queda, de momento, en el más absoluto de los secretos…

Amelia Will Tesla Seyruun regresó a su reino para asumir su tarea de embajadora… lo que en la mayoría de los casos implicaba pasarse horas y horas sentada en un sillón firmando montañas de papeles burocráticos que para ella carecían de sentido. De vez en cuando dejaba la pluma a un lado y miraba, nostálgica, por la ventana que tenía detrás, recordando a alguien que ahora estaba muy lejos de allí.

Zelgadis continuó vagando errante por todo el mundo, con la esperanza de encontrar una cura para volver a ser humano. A veces le entraba sed y bebía de su cantimplora, mirando a continuación un brazalete rosa que había allí colgado. Aquel brazalete en sí mismo constituía una promesa a cierta princesa… que debía cumplir.

Únicamente Reena y Gaudy permanecieron juntos tras la separación del grupo. Y juntos vivieron muchas más aventuras… pero eso es otra historia que otros relataran en mi lugar.

La historia que les quiero contar comenzó, como dije antes, un año después de la aventura de Estrella Oscura. Los componentes del grupo, antaño separados, volvieron a reunirse, junto con muchos más, para celebrar un acontecimiento que tenía lugar en ese momento en la catedral de Sailon.

 

                                               *          *          *

 

-         Vos, señora: ¿aceptáis a este hombre como vuestro legítimo esposo, para amarle y respetarle hasta el fin de vuestros días?

 

La mujer en cuestión, giró la cabeza hacia su compañero. Bajo el velo translúcido, de color rosa pálido como el resto de su vestido, se distinguía su cara, en la que destacaban unos grandes ojos rojo fuego, como su pelo. Ésta era, ni más ni menos, la poderosa hechicera Reena Invers, que contaba en el momento de su boda 18 años. Sonrió al hombre que tenía a su lado, con cara de infinita ternura, antes de decir:

 

-         Sí, quiero.

 

El sacerdote se ajustó las gafas de ver de cerca, pasó la página del libro que tenía entre manos y continuó:

 

-         Y vos, caballero: ¿aceptáis a esta mujer como vuestra legítima esposa, para amarla y respetarla hasta el fin de vuestros días?

 

El hombre dirigió la mirada hacia su futura esposa. Su pelo largo y rubio le tapaba parcialmente la cara, ocultando uno de sus ojos, de un precioso azul cielo. El ojo que le quedaba libre miraba a Reena con tanta o más ternura que ella. Este hombre, de nombre Gaudy Gabriev, contaba 23 años en el momento en que respondía:

 

-         Sí, quiero.

 

El sacerdote cerró de golpe el libro, levantando una pequeña nube de polvo frente a sí que le hizo toser ligeramente. Dejó el libro a uno de sus ayudantes, carraspeó y dijo a los novios:

 

-         Juntad las manos.

 

En el mundo de Reena Invers era costumbre, en vez de lo típico de los anillos, juntar las manos de los futuros recién casados y unirlas mediante un hechizo. Dicho hechizo provocaba la formación de un círculo de luz alrededor de las manos de los novios, tanto más grande y brillante cuanto mayor era el amor que sentían el uno por el otro. El hechizo era en realidad una prueba de amor que los novios debían pasar, pues de ser el círculo demasiado pequeño u opaco (lo que demostraba que al menos uno de los dos se casaba por otros intereses muy alejados del amor mutuo), el sacerdote se reservaba el derecho de cancelar la boda. De ese modo se habían evitado aparatosos trámites de divorcio a los pocos años de inicio de varios matrimonios.

No eran raros, sin embargo, casos de matrimonios de conveniencia en los que los padres de los novios llegaban a un acuerdo (normalmente de tipo económico) con el sacerdote para que hiciese la vista gorda. Eso por no hablar de que no en todos los reinos estaba permitido el divorcio…

No era el caso de Reena y Gaudy. Dejando aparte que aquello no era un matrimonio de conveniencia, el tamaño y la forma en que brillaba el círculo alrededor de sus manos (brillaba tanto que el sacerdote y varios invitados que estaban sentados en primera fila se vieron obligados a ponerse gafas de sol) dejaba patente que su amor era prácticamente imposible de romper.

Cuando el círculo se desvaneció, se encararon de nuevo al sacerdote, quien pronunció las palabras finales:

 

-         Puesto que vuestro amor es sincero y en el nombre de Ceipheid, yo os declaro marido y mujer. – hizo una pausa y, al ver que no hacían nada, carraspeó y dijo dirigiéndose a Gaudy: - Adelante, puedes besar a la novia…

-         ¿Eh? – dijo Gaudy como saliendo de un sueño. Miró al sacerdote, luego a Reena y exclamó poniendo una mano en su nuca: - ¡Ah, claro! ¡Lo había olvidado!

 

Hubo un goterón de sudor general, por parte de los invitados, del sacerdote y de Reena quien murmuró:

 

-         Nunca cambiarás… - y añadió con ojos tiernos: - Pero me alegro de que así sea.

 

Gaudy sonrió complacido. Lentamente retiró el velo de la cara de Reena, la cogió delicadamente entre sus manos y la acercó hacia sí, permitiendo que sus labios se unieran en un tierno, dulce y sincero beso.

Amelia Will Tesla Seyruun, heredera del trono de Sailon, no pudo contener las lágrimas de felicidad ante aquella escena. Su voz se unió al coro del “¡Oooooh…!” que se oyó entre la muchedumbre de invitados. Seguidamente se unió también al aplauso general y a los gritos de júbilo de algunos.

Filia Ul Copt, después de dejar a su hijo Valgarv (ahora rebautizado como Valteria) en brazos de Jiras, se levantó del asiento y se unió a su vez al aplauso, con un entusiasmo tal que hubiera puesto verde de envidia a un hincha de un estadio de fútbol.

Una figura embozada sonrió y aplaudió levemente desde la última fila.

Una oscura sombra sonrió también, desde su privilegiado puesto de vigilancia en una de las vigas del techo de la catedral, justo encima del sacerdote y los novios, a la par que murmuraba: “Vaya, vaya, no lo hace mal, después de todo…”

Después de que los labios de los recién casados se separaran, éstos miraron a los invitados, que seguían aplaudiéndoles a más no poder, y les saludaron. Seguidamente Gaudy cogió a Reena en brazos, momento en el cual toda la corte de invitados, entre los que estaban la Princesa Amelia, Filia, Jiras, Gaubros, Val y el hombre embozado, salió para recibirlos a la salida. La sombra que había en la viga de la catedral se había desvanecido.

Ya afuera, Reena y Gaudy se protegieron de la lluvia de granos de arroz que les caía encima, todavía felices y sonrientes. A medida que bajaban las escalinatas, Reena, quién aún estaba en brazos de Gaudy, empezó a recordar los momentos pasados con su compañero de fatigas, ahora además marido. A pesar de que la había ridiculizado cuando se conocieron y de que al principio lo siguió sólo para poder quitarle la Espada de Luz, Gaudy había conseguido ganarse su corazón con el día a día, con sus sonrisas y sus ojos azules, con sus comentarios (buenos o malos), con sus constantes peleas por la comida… De algún modo Gaudy había conseguido que su presencia fuera imprescindible para que ella fuera feliz. Y ahora, después de muchos calvarios y aventuras juntos, estaban unidos para toda la eternidad.

Sus pensamientos fueron interrumpidos súbitamente, cuando Gaudy la soltó haciendo que cayera sobre las escalinatas y que casi las bajara rodando. Iba a reprenderle por su conducta cuando vio a su marido tirado también en las escalinatas y medio inconsciente, al lado de un gran saco de arroz que le había producido un enorme chichón en la cabeza. A continuación oyó unas risas que le resultaron familiares.

 

-         Reconocería esas risas en cualquier parte… - dijo y a continuación, mirando hacia arriba, gritó hecha una furia: - ¡Xellos! ¡¿Porqué has hecho eso?!

 

En efecto, el demonio estaba en lo más alto de la fachada de la catedral, partiéndose el pecho de risa al ver las consecuencias de su trastada. Cuando por fin consiguió calmarse y después de secarse un par de lágrimas, respondió:

 

-         Je, je… Bueno, lo siento, Reena. Sólo quería echaros el arroz, pero como no podía abrir el saco, pensé que se abriría en la cabeza de Gaudy. Como la tiene tan dura…

 

En ese momento, Gaudy empezaba a recobrar la consciencia.

 

-         ¿Eh? ¿Qué ha pasado? Reena, ¿qué ha sido eso que…?

 

Al girarse hacia su esposa para hacerle ésa pregunta, enmudeció súbitamente. Reena temblaba de arriba a abajo y unas llamas parecían surgir de su cabeza, señal inequívoca de que estaba realmente furiosa. Instintivamente y debido a las experiencias pasadas, se cubrió la cabeza con los brazos. Pero, para su fortuna, la furia de Reena estaba dirigida a otro objetivo.

 

-         ¡NADIE se atreve a insultar a mi marido y NADIE se atreve a arruinar mi boda sin sufrir la cólera de REENA INVERS! – murmuró  y a continuación, levantando la cabeza hacia su objetivo y con llamas incandescentes que parecían surgir de la profundidad de sus ojos, gritó: - ¡¡XELLOS ME LAS VAS A PAGAR!!

 

Ante esa amenaza, Xellos se empezó a poner nervioso. La verdad es que jamás había visto a Reena tan furiosa.

 

-         ¡Ree…Reena, tranquila, que sólo era una broma!

 

Pero de poco le sirvieron las excusas.

 

-         ¡BOLA DE FUEGO! – bramó la hechicera -.

 

La bola de fuego fue lanzada con fuerza directamente hacia Xellos, quien al intentar evitarla perdió el equilibrio y se cayó de la fachada de la catedral, chocando estrepitosamente contra el suelo.

Tras esto, Reena se sacudió las manos, sonrió satisfecha y siguió bajando las escalinatas de la catedral, cogiendo del brazo a su marido y con la cabeza bien alta.

A pesar de las apariencias, el demonio no sufrió daños físicos irreparables; unos sacos de basura amortiguaron su caída. Tan sólo quedó un poco adolorido… y apestado. Si en ese momento hubiera llegado Filia y le hubiera llamado namagomi, como acostumbraba a hacer cada vez que le veía, el mote estaría más que justificado.

 

-         Agh… La próxima vez – se dijo a sí mismo – que vaya a hacerle una trastada a éste par, primero dejaré inconsciente a Reena. Así me evitaré malos tragos como éste.

 

                                               *          *          *

 

Ya al final de las escalinatas, Reena y Gaudy se vieron rodeados por cientos de personas, la mayoría de las cuales eran mujeres, que querían felicitarles.

 

-         ¡Enhorabuena, Srta. Invers!

-         ¡Qué elegante está usted, Srta. Invers!

-         Qué envidia nos da, Srta. Invers, con lo difícil que es hoy en día encontrar un marido decente…

-         Vaya, vaya, Reena, ya sabía yo que una de las dos acabaría sentando la cabeza…

-         ¡¡¿¿LU…LUNA??!!

 

Efectivamente, frente a sí Reena tenía nada más ni nada menos que a su temida hermana mayor, Luna Invers, que ostentaba el título de Caballero de Ceipheid, aunque irónicamente se la conocía más como “La camarera del Infierno”. Cualquiera que no las conociese podría negar cualquier tipo de parentesco entre ambas, ya que no se parecían en nada: así como Reena era pelirroja, de pelo largo y ojos rojos, además de estar poco dotada (o como solía decir Gaudy “más plana que una pared”), su hermana tenía el pelo corto y violeta oscuro, con un flequillo que mantenía ocultos sus ojos y una delantera digna de Pamela Anderson.

 

-         ¿Pero qué haces aquí? – preguntó Reena a continuación - ¿No tendrías que estar trabajando? ¿Y dónde están Papá y Mamá?

-         Le he pedido a mi jefe unos días libres – respondió Luna – Y en cuanto a Papá y Mamá, no han podido venir, así que he venido yo en su lugar… Y a propósito… - añadió acercando su cara a la de su hermana y con un tono amenazante - … no recibí ninguna invitación a la boda. ¿Acaso te olvidaste de tu querida hermana mayor?

-         Eeeh… ¡pues claro que no, mujer! – disimuló Reena - ¡Si hace tiempo que te mandamos la invitación! Seguro que es por culpa del correo, cada vez es más lento, hay qué ver…

-         Pero Reena, si no le enviamos ninguna invitación… - intervino Gaudy -.

 

Gaudy tenía toda la razón; ya le aterrorizaba a Reena la sola mención de su hermana mayor, con que no estaba dispuesta a que asistiera a su propia boda, de ahí que decidiera no invitarla. Pero si Luna llegaba a saberlo, era capaz de pegarle una paliza. Así que para evitar el desastre, le plantó el codo en toda la boca, mientras decía:

 

-         ¡Oh, no le hagas caso! ¡Si Gaudy tiene el cerebro de una medusa, seguro que ni siquiera se acuerda…!

-         ¡Que sí, Reena, que me acuerdo perfectamente! De hecho, me dijiste que ni se me ocurriera invitar a tu hermana, porque…

 

Antes de que terminara la frase, los vigorosos brazos de su esposa rodearon su cuello y lo oprimieron, impidiendo que siguiera hablando.

 

-         ¡Cállate ya! ¿Es que ni siendo mi marido vas a dejar de meter la pata? ¡Animal de bellota! ¡Tarugo…! – le gritaba ésta mientras ejercía cada vez más presión sobre su cuello -.

 

Mientras sudaba de vergüenza ajena, Luna pensó que no estaba bien ser la causa de las primeras disputas matrimoniales de su hermana, así que decidió poner paz.

 

-         Déjalo, Reena, total ya da lo mismo. – dijo – A fin de cuentas he venido ¿no es así? Porque – añadió con el mismo tono amenazante de antes – no querría por nada del mundo perderme la boda de mi querida hermanita pequeña y menos el momento en que lance el ramo…

-         ¿El… el ramo? – preguntó Reena sin saber para qué lo quería -.

-         Pues claro. – respondió Luna como si aquello fuera algo obvio – Ya sabes lo que dicen, que la que coge el ramo en una boda será la próxima en casarse… y yo no voy a permanecer soltera para siempre ¿verdad que no? ¡Bueno, ya nos veremos! Y espero por tu bien – añadió adoptando una vez más su tono amenazante – que tengas buena puntería…

 

Dicho esto se dio la vuelta y sacó la lengua, sonriendo traviesa. En realidad no tenía prisa por casarse, pero le gustaba poner nerviosa a su hermanita, porque sabía que la temía. Luna tenía muy desarrollado ese instinto sádico que todos los hermanos mayores tenemos con respecto a nuestros hermanos pequeños (Y como hermana mayor sé de lo que me hablo – risa maliciosa - )

Después de soltar a Gaudy y de farfullar algo de que Luna era una solterona resentida, Reena anunció a grito pelado que era el momento de lanzar el ramo.

 

-         ¡Que todas las solteras vengan aquí! ¡Xellos, tú no! – le gritó al demonio, que se había camuflado con el vestido que usó cuando quisieron entrar en Fémenil - ¡Cuidado que va!

 

La novia lanzó el ramo de flores. La muchedumbre de mujeres solteras se movió de un lado para otro intentando coger al ramo en su trayectoria. (Xellos no tuvo tiempo de apartarse y fue arrollado por decenas de mujeres desesperadas por perder su condición de soltería). Finalmente, el ramo aterrizó en medio del grupo. Las chicas que estaban más al exterior, al tiempo que emitían quejidos de impotencia y de lástima, se fueron apartando para ver quién había sido la afortunada.

Amelia, princesa de Sailon y la mejor amiga de Reena Invers, miraba el ramo que había tirado su amiga, y que ahora tenía entre sus manos, con alegría.

 

-         ¡Qué bien! – exclamó ilusionada - ¡Voy a ser la siguiente!

-         ¡Pues sí! – exclamó su padre, el príncipe Philionel de Sailon, apareciendo detrás suyo de vaya uno a saber dónde - ¡Y me da a mí que será muy pronto! ¡¡Ja, ja, ja, ja…!!

 

Amelia miró a su padre desconcertada, sin saber qué había querido decir con ello. Pero después le sonrió feliz, pensando que quizás su padre consentiría que se casara con el hombre al que más amaba en este mundo.

Mientras tanto, Gaudy contemplaba de lejos la cara de felicidad de Amelia.

 

-         ¡Qué bien! – le dijo a Reena – Pronto veremos a Amelia casada. Me pregunto con quién… ¿Tú que piensas?

-         No lo sé. – respondió Reena temblando detrás suyo – Sólo espero que Luna no se tome demasiado mal el no haber podido coger el ramo…

 

                                               *          *          *

 

Una de las razones por las que Reena y Gaudy funcionaban como pareja era porque tenían muchas cosas en común. Y una de ellas era su gusto por el buen comer… o mejor dicho, por el comer mucho.

A Reena le encantaban las bodas precisamente porque siempre había toneladas de comida. Si además su boda la financiaban las arcas reales de Sailon, podía estar segura de que la cantidad de comida en la mesa sería la mayor que hubiese visto jamás.

Y en efecto, eso es lo que encontraron los recién casados al llegar a la gran mesa central del salón de actos del palacio, donde se celebraba el banquete. Montañas de comida, de todos los gustos. Desde asados de cordero en su salsa, pasando por patos a la naranja, hasta doradas a la sal, todo eran exquisiteces preparadas por los mejores cocineros del reino para este día tan especial. Eso sin contar con la tarta de bodas, de diez pisos, para cuya preparación se necesitaron tres maestros cocineros, la ayuda de 15 pinches de cocina y hora y media de horno.

De ver tanta comida junta, a Reena se le estaba haciendo la boca agua. Otro tanto cabría decir de Gaudy.

El Príncipe Philionel de Sailon, que presidía el banquete, pidió silencio a los presentes.

 

-         ¡Damas y caballeros, por favor! Estoy seguro de que muchos de ustedes estarán ansiosos por disfrutar de este ostentoso banquete. Pero primero, unas palabras de los recién casados: Srta. Invers, Sr. Gabriev…

 

Philionel calló cuando vio que Reena y Gaudy ya habían empezado sin el resto de los invitados. Cuando se trataba de comida, ninguno de los dos podía esperar.

 

-         ¡Efta tofo fuenífimo! – dijo Reena con la boca llena y sin dejar de coger de todos los platos -.

-         ¡Fi! ¡Mufas grafias a fodos! – dijo Gaudy a su vez, también con la boca llena y comiendo lo más deprisa que podía, antes de que Reena se lo comiera todo -.

 

 De la cabeza de todos los presentes emanó una gota de sudor del tamaño de la catedral de Sailon. Y puesto que ya no había ninguna necesidad de esperar, Phil dio el banquete por comenzado.

Amelia, que estaba sentada justo al lado de la pareja, sabiendo que si no se daba prisa acabarían por comérselo todo, empezó a comer rápidamente, pero de forma educada (no estaba bien que una princesa comiera como lo hacían Reena y Gaudy… es decir como cerdos). Filia, que se había sentado a la derecha de la princesa, sacó un potito de una bolsa que tenía preparada (con todos los accesorios que un bebé necesita, a saber: ropa, pañales, biberones, leche en polvo, más de diez variedades de potitos, polvos de talco, y una larga lista de etcéteras.) y dio de comer a Valteria, mientras Jiras y Gaubros empezaban a comer sin ella. Más allá, alejado de la mesa y oculto tras una columna, el caballero embozado observaba la escena.

De Xellos no había ni rastro… por el momento.

Pero ni siquiera la aparente ausencia del demonio preocupaba en ese momento a Reena y Gaudy, quienes estaban en ese momento en plena disputa matrimonial, esta vez por un muslo de pollo al whisky.

 

-         ¡Trae para acá! – gritaba Reena intentando coger el muslo, que Gaudy sostenía en alto - ¡Es míooooo!

-         ¡De eso nada! – dijo Gaudy alejando el muslo de las manos de Reena e intentando librarse de ella - ¡Yo lo cogí primero!

-         ¿Pero es que no piensas compartirlo con tu querida y bien amada esposa? – dijo Reena con tono meloso y poniendo su mejor carita de pena – Porfaaa…

-         ¡Ni hablar! – negó Gaudy alejando todavía más el muslo – Que te conozco y sé que te lo comerías tú sola, sin dejarme a mí ni los restos.

 

Viendo que su plan de hacerse la inocente no había funcionado, Reena pasó a tácticas más bruscas. Tiró a Gaudy al suelo y allí empezó a ahogarle, intentando obligarle a soltar el muslo, mientras él se empeñaba en sostenerlo lejos de su alcance.

 

-         ¡Que me lo des yaaaa! – gritaba ella - ¡Dame, dame, dame, dame…!

-         ¡Reena, debería darte vergüenza! Ahora estáis casados y deberíais cuidaros mutuamente en vez de estar peleados todo el día…

 

Los recién casados giraron simultáneamente sus cabezas al oír aquella voz tan familiar a sus espaldas.

 

-         ¡Sylphiel! ¡Has venido! – exclamó Gaudy - ¡Caray, estás muy cambiada!

 

Y así era, en efecto. Aunque aún conservaba esa mirada inocente de ojos verdes, Sylphiel había hecho un cambio radical de look, con respecto a la última vez que se vieron: había cambiado su atuendo de pantalones ajustados y camisa sin mangas violetas por un vestido largo y de tela ligera de color nacarado. En su pecho lucía una joya verde oscuro, que sostenía una banda parecida a la que llevaba Filia antes de renunciar a su sacerdocio. Lo único que conservaba de su atuendo anterior eran las hombreras, encima de una capa de color lila claro. Hasta su pelo negro había cambiado. Ahora era aún más largo y tenía dos grandes mechones cogidos con trenzas, mientras que el resto le caía por la espalda como una cascada.

 

-         Pues sí. – dijo ella a la par que se ponía un poco colorada – Es que ahora soy la Suma Sacerdotisa de Sairaag ¿sabes?

-         ¿En serio? – preguntó Reena sorprendida - ¿Entonces ya está Sairaag reconstruida?

-         Sólo el templo. – respondió Sylphiel negando tristemente con la cabeza – El resto de la ciudad aún está reconstruyéndose. Pasará todavía un tiempo antes de que Sairaag vuelva a ser la ciudad que era antes…

 

Reena sabía que eso era bien cierto. Cuando Kopii Rezo destruyó la ciudad, todo había sido arrasado, barrido por completo: las calles, las casas… y las incontables vidas humanas. Sylphiel había sido la única superviviente de la tragedia, lo cual la había marcado de por vida.

 

-         ¿Eh? ¿Pero qué…? ¡Oye tú!

 

Las palabras de Gaudy distrajeron a Reena de sus pensamientos e hicieron que girara la cabeza. Al parecer uno de los perros de caza de Phil había aprovechado el despiste de Gaudy para coger el muslo de pollo que aún sostenía en su mano derecha.

 

-         ¡Vuelve aquí, chucho! – le gritaba Gaudy mientras le perseguía por toda la sala - ¡Ese muslo es míoooo!

 

Reena sudó de vergüenza ajena al contemplar la escena. Ya no se acordaba de que ella estaba haciendo lo mismo que Gaudy hacía tan sólo unos minutos.

 

-         Por cierto – Sylphiel reanudó la conversación – siento haberme perdido la ceremonia, pero tenía que resolver unos asuntillos en el templo y me llevó más de lo esperado…

 

Reena miró con una mezcla de tristeza y lástima a la ahora Suma Sacerdotisa del templo de Sairaag.

 

-         Sylphiel, no hace falta que disimules – dijo – Las dos sabemos lo que sientes por Gaudy…

 

La expresión en el rostro de Sylphiel se tornó seria. Bajó la cabeza ocultando por un momento sus ojos entre su flequillo. Dos pequeñas lágrimas asomaron por éstos, pero no llegaron a salir del todo, porque enseguida levantó de nuevo la cabeza, mostrando su siempre alegre sonrisa.

 

-         ¿Te acuerdas, Reena, de lo que hablamos hace unos años? – dijo simplemente -.

 

Reena enarcó una ceja sin entender a qué se refería.

 

-         Quiero decir – aclaró Sylphiel – cuando te pregunté si tanto te importaba Gaudy. Tú me dijiste que en realidad sólo estabas con él para quitarle la espada. Y yo te creí y pensé que podía intentar que Gaudy se fijara en mí sin remorderme la conciencia, porque en realidad no parecía que os llevarais bien entre vosotros… ya sabes, con eso de pelearos por todo…

 

Hizo una breve pausa, para secarse una nueva lágrima que empezaba a aflorar en uno de sus ojos. Reena entonces recordó a qué momento se refería: fue durante el transcurso de su primera aventura, cuando Reena y Gaudy a duras penas se conocían.

 

-         Sin embargo – continuó Sylphiel – cuando nos volvimos a ver un año después… ¿Te acuerdas? Cuando Gaudy fue capturado por Phibrizo… Parecías tan preocupada por él… Y cuando, después de que la Diosa de la Pesadilla Eterna se intentara llevar tu cuerpo y de que Gaudy fuera a rescatarte, volvisteis a aparecer los dos abrazados… Entonces, no me preguntes cómo, pero intuí que Gaudy en realidad te quería a ti y sólo a ti. Después de ese día decidí no interponerme entre los dos. Gaudy fue mi mejor amigo durante mucho tiempo y lo que más me importa ahora es que él sea feliz… aunque sea con otra mujer que no sea yo…

-         ¿Significa eso que… no me guardas rencor? – preguntó Reena -.

-         ¡Qué va, al contrario! – respondió Sylphiel – Al aceptar finalmente casarte con Gaudy le has hecho feliz …y a mí también. Sólo espero que cuides de él tan bien como lo habría hecho yo en tu lugar.

 

Dicho esto último, Sylphiel se dio la vuelta y empezó a alejarse de Reena.

 

-         ¡Eh, pero…!¿Ya te vas? – preguntó Reena entre desconcertada y desilusionada - ¡Si acabas de llegar! ¿Es que no vas a quedarte?

-         Yo ya he cumplido aquí. – respondió Sylphiel sin darse la vuelta – Me esperan mis obligaciones en el templo de Sairaag. Si sigo aquí mucho más tiempo – añadió riendo divertida – seguro que mis sacerdotes acabarán locos por no saber cómo llevarlo…

 

Reena sonrió. Aunque le daba pena que Sylphiel no se quedara, sabía que ahora  una gran responsabilidad pesaba sobre ella: la de dirigir el templo y procurar que la ciudad mágica de Sairaag resurgiera de sus cenizas.

 

-         Ah, una última cosa, Reena. – dijo de repente Sylphiel -.

-         ¿Sí?

 

Reena se extrañó al ver que su antigua compañera de fatigas le tendía el dedo meñique de su mano derecha, con una gran sonrisa en los labios.

 

-         Tienes que prometerme que cuando esté reconstruida vendréis a Sairaag a visitarme. Y no debes incumplir tu promesa. ¿Vale?

 

La hechicera miró la cara alegre de la sacerdotisa y luego a su meñique extendido frente a ella. Sonrió ampliamente y, después de extender su dedo meñique y juntarlo con el de su amiga, dijo:

 

-         ¡Prometido, Syl! ¡Y no te preocupes, porque la gran hechicera Reena Invers nunca falta a su palabra!

 

En ese momento, el perro de Phil y Gaudy pasaron por su lado como una exhalación. El perro aún sostenía el muslo de pollo en la boca.

 

-         Y ahora – dijo Reena – si me permites yo también tengo que resolver un asuntillo… ¡Gaudy, cerebro de medusa! – le gritó a su marido al tiempo que empezaba a correr tras él - ¡Ese muslo sigue siendo mío!

 

Sylphiel rió divertida al ver a los recién casados persiguiendo al perro para recuperar un simple muslo de pollo. Realmente esos dos eran tal para cual.

 

                                               *          *          *

 

La celebración continuó en los jardines de palacio, donde tenía lugar en ese momento el baile, encabezado, como no, por Reena y Gaudy. Los pies de las parejas se movían al son de la música de la banda real, que en ese momento tocaba un pasodoble. Los que no bailaban, se relajaban cerca de la mesa donde se servían las bebidas (que en realidad era “la” bebida, pues sólo sirvieron ponche) Y allí precisamente estaba Amelia cuando vino su padre de repente.

 

-         ¿Qué, Amelia? – preguntó Phil, tan alegre como siempre - ¿Te lo pasas bien?

-         ¡Oh, pues claro! – respondió ella - ¿Cómo no iba a pasármelo bien?

 

En realidad Amelia no se divertía mucho que digamos. Si bien era cierto que disfrutaba viendo cómo la pareja del día disfrutaba de su día especial, sentía que le faltaba algo. Algo como la presencia de alguien a quien esperaba desde hace tiempo y al que todavía no había visto, aunque también había sido invitado a la boda.

 

-         Bueno, hija, quería presentarte a alguien. – dijo Phil al tiempo que se apartaba para mostrar a un chico más o menos de la edad de Amelia, castaño de pelo corto y ojos verdes. – Este es el príncipe Darío de Ralteague. Alteza ésta es mi hija, Amelia.

-         Un placer conocerla, al fin. – dijo el muchacho haciendo una reverencia a la princesa – Me han hablado mucho de usted…

-         Eh… Mucho gusto, príncipe Darío. – respondió Amelia tendiéndole la mano para que se la besara, más por mantener el protocolo que por otra cosa -.

-         En fin, os tengo que dejar un momento solos, he de discutir unos asuntos… - se disculpó Phil – Volveré enseguida, pero hasta entonces, Amelia, quédate con él ¿de acuerdo?

 

Antes de que Amelia pudiera decir nada, Phil desapareció entre la muchedumbre.

Los siguientes tres minutos, Amelia se quedó junto al príncipe Darío, mientras éste soltaba un largo discurso sobre política y alianzas entre reinos que a la princesa personalmente no le interesaba en absoluto. (aunque de vez en cuando le miraba y asentía con la cabeza para que pareciese que le estaba escuchando, únicamente por cortesía) A medida que se desarrollaba el discurso, Amelia escudriñaba el lugar en busca de esa persona a la que tanto echaba en falta.

Y entonces, semioculto detrás de una pared, vio a una figura embozada que la observaba sin quitarle el ojo de encima. Y a pesar de que el embozo le tapaba media cara, desde la nariz para abajo, Amelia reconoció al hombre detrás de la máscara.

El hombre al que había esperado durante tanto tiempo, por fin había venido.

Y en ese mismo instante, la banda dejó de tocar el pasodoble y empezó a tocar un Vals, momento que aprovechó Darío para ponerse delante de ella, tapándole la visión, y preguntarle con una gran sonrisa en los labios:

 

-         Princesa: ¿me concedería usted este baile?

 

Visiblemente fastidiada, aunque sin perder la compostura, Amelia miró disimuladamente por encima del hombro del príncipe de Ralteague.

El hombre embozado había desaparecido.

Desilusionada, miró de nuevo al príncipe Darío, quien aún le sonreía y le tendía una mano, esperando que ella aceptara su invitación. Quizás en el fondo, lo que había visto era tan sólo una ilusión, producida sin duda por la nostalgia que sentía al no poder ver a ese hombre al que esperaba, a ese amigo que hacía tiempo le había prometido que iría a verla…

Hasta la fecha, ese hombre había incumplido su promesa. Ni una estancia corta, ni una visita relámpago, nada. Ni siquiera una mísera carta…

Finalmente, Amelia tendió su mano a la del Príncipe Darío, aceptando su invitación. Éste la llevó lentamente hacia el centro de la pista. Una vez llegados allí, el muchacho cogió con su izquierda la mano derecha de la princesa y la elevó ligeramente, mientras con su propia derecha la cogía por el talle de la cintura. Ella, a su vez, depositó su mano izquierda en el hombro de él y dejó que guiara sus pasos de baile al ritmo del Vals que tocaba la banda.

El misterioso hombre embozado, sin embargo, no había sido una ilusión. Él aún continuaba allí, ocultándose detrás de la pared, viendo al príncipe y a la princesa bailar, mientras la envidia y los celos le carcomían por dentro.

 

                                               *          *          *

 

Mientras esto sucedía, Filia se había alejado de la escena, por razones de fuerza mayor…

 

-         ¡¡¡BUAAAAAAAAAA!!!

-         Vamos, vamos, Val… Shhh… No llores, cariño mío…

 

En efecto, por razones desconocidas Valteria se había puesto a berrear, lo que había obligado a Filia a abandonar el escenario del baile y marcharse a un lugar alejado dentro del jardín para intentar calmarlo. Para su desgracia, Val seguía erre que erre a pesar de que su madre adoptiva lo había intentado todo: desde cambiarle los pañales, pasando por hacerle caras y cantarle nanas, hasta darle de comer. La pobre dragona ya no sabía qué más hacer.

 

-         Venga, Val, no llores más… ¿Qué te ocurre? – le interrogó, a pesar de que sabía que era inútil esperar una respuesta de un bebé de un año - ¿Te has asustado por algo…?

-         Buenas… - saludó una voz detrás de ella -.

-         ¡¡AAARGH!! – chilló Filia asustada al girarse y ver quién era -.

-         ¡¡¡¡¡BUUUUUUAAAAAA!!!!! – Val berreó más si cabe, asustado por el alarido de su madre -.

 

Al darse cuenta de lo que había hecho, Filia rápidamente empezó a mecer al bebé en sus brazos, pero él seguía sin calmarse.

 

-         ¡XELLOS! – le gritó al demonio, que era quien había aparecido detrás de ella dándole el susto - ¡Mira lo que acabas de hacer, imbécil!

-         No, no, yo no he hecho nada, mi querida Filia. – respondió el demonio, sonriendo como siempre – Has sido tú solita la que ha asustado al pequeño con ese chillido… ¡Y madre mía! – añadió hurgándose la oreja con un dedo para ver si recuperaba algo de su capacidad auditiva - ¡Menudo chillido! Seguro que hasta se ha oído en el Plano Astral…

-         ¡Ha sido por tu culpa, pedazo de burro! – se defendió ella - ¿Cómo se te ocurre aparecer así, de golpe y porrazo?

-         Bueno eso es… un secreto.

-         Serás hijo de…

-         ¡¡¡BUAAAAAAAAAA!!!

 

Un nuevo berreo por parte de Val interrumpió la batería de insultos de Filia hacia Xellos, la cual volvió a acunar al pequeño sin éxito.

 

-         ¿Problemas con el crío? – preguntó el demonio, señalando Val  -.

-         Eso a ti no te importa, namagomi. – replicó Filia -.

-         Podría ayudarte. – se ofreció Xellos – Tengo buena mano con los niños…

-         ¡Ja! Preferiría ofrecerme en sacrificio a Estrella Oscura antes que dejar a mi niño en tus sucias manos… - respondió la dragona -.

-         ¿Sucias? ¡Qué va! Si me las he lavado esta mañana… - bromeó él -.

-         Nunca cambiarás… - dijo Filia mientras una gota de sudor emanaba de su frente – Diga lo que diga a ti te resbala…

 

Por millonésima vez, Val berreó con más fuerza que nunca, para mayor desesperación de su madre.

 

-         Vamos, mujer. – insistió Xellos tras haber leído sus pensamientos – No pierdes nada por intentarlo…

 

Filia no estaba muy convencida de dejar a su pequeño con el demonio. Desconfiaba de él; si había destruido en el pasado a cientos de su raza con un solo dedo y sin pestañear, fácilmente podría acabar con la vida de su querido Valteria ahora que no podía defenderse… Pero, por otro lado, el niño no paraba de lloriquear…

Finalmente y a falta de otra solución, accedió al ofrecimiento de Xellos.

 

-         Está bien, tómalo… con cuidado, cógelo con cuidado. – le decía mientras lo depositaba lentamente en brazos del demonio – Por la cabeza… Aaaasí…

 

Xellos cogió delicadamente al bebé con el brazo que le quedaba libre. (en el otro sostenía el báculo) Y mientras Filia no le quitaba ojo de encima, él lo acunaba, al tiempo que le decía con voz suave:

 

-         Vaaaamos, tranquilo…Shhhh… Ea, ea, no llores…

 

Entonces Xellos extendió la esfera de su báculo hacia el pequeño. Alarmada, Filia echó mano de su maza, pero la volvió a guardar bajo sus faldas cuando vio que Xellos se la había dado para que el niño jugase con ella. Val cogió la esfera entre sus manitas riendo mientras el demonio lo miraba sonriendo satisfecho, como un padre cuando ve cómo su niño hace gorgoritos…

Rápidamente Filia apartó ese pensamiento de su mente. ¿Xellos ejerciendo de padre? ¡Imposible, sobretodo viniendo de un demonio! Los demonios carecen de sentimientos, por lo que Xellos no podía sentir amor, ni siquiera amor paternal…

¿O sí podía?

El demonio murmuró unas palabras, haciendo que unas pequeñas lucecitas salieran de la esfera. Val las miraba maravillado e intentaba cogerlas, pero cada vez que lo hacía, explotaban en sus manos. Poco a poco el niño comenzó a cerrar los ojitos, cansado, bostezó y finalmente se acurrucó soñoliento en el pecho de Xellos.

Filia abrió los ojos como platos sorprendida cuando vio como el pequeño empezaba a respirar pausadamente.

 

-         Pero…¿cómo…? – empezó a decir sin salir de su asombro -.

-         Shhh… - le silenció Xellos y añadió en voz baja – Se ha dormido. Toma, cógelo con cuidado, que no se despierte…

 

El demonio depositó a Val de nuevo en los brazos de su madre, quien miraba al pequeño, completamente dormido, y luego a Xellos con cara de no creérselo.

 

-         ¿Cómo lo has hecho? – le preguntó ella y luego dedujo: - Ha sido un hechizo de sueño ¿verdad?

-         Bingo. – afirmó el demonio – Y, francamente, no sé cómo no se te ocurrió a ti antes…

-         Xellos, yo… - balbució Filia bajando la cabeza como avergonzada – No sé qué decir… Excepto…Gracias.

-         No se merecen. – dijo el demonio ampliando su sonrisa y añadió a continuación: - Bueno, me marcho. Tengo algo urgente que hacer y después he de volver con mi señora para que me dé instrucciones nuevas…

 

Dicho esto se alejó pasando de largo al lado de Filia, quedando los dos espalda contra espalda, mientras Filia miraba a su pequeñuelo con ojos tiernos.

 

-         Ah, a propósito – dijo de repente Xellos – después de hacer lo que me pida mi señora, pensaba tomarme unas largas vacaciones, así que a lo mejor nos volvemos a ver…

-         ¡¿Cómo que nos volveremos a ver?! – exclamó Filia dándose la vuelta - ¡Xellos…!

 

Pero el demonio ya había desaparecido. El lugar donde él antes estaba, ahora sólo lo ocupaba el viento que movía las hojas de los árboles.

 

                                               *          *          *

 

-         ¡¿Qué has hecho quéeee?! – exclamó Amelia, sin poder creer lo que acababa de oír por boca de su padre -.

-         Pues lo que has oído: Te he comprometido con el Príncipe Darío de Ralteague. – repitió Phil - ¿Qué te parece?

-         ¡¡PUES ME PARECE HORRIBLE!! – gritó Amelia histérica, para luego decir exasperada - ¡¿Porqué me has hecho esto?!

-         Compréndelo, hija – intentó Phil razonar con ella – Hace tiempo que necesitábamos una alianza con el reino de Ralteague y una boda entre los dos herederos es la alianza perfecta…

 

¡Claro! Y a mí y a mis sentimientos que les zurzan ¿no?, pensó la princesa y a continuación dijo:

 

-         Papá no puedo casarme con el Príncipe Darío…

-         ¿Porqué? – preguntó Phil - ¿Acaso no te gusta?

-         Hombre… - meditó Amelia – La verdad es que feo no es, más bien al contrario…

-         Entonces no hay más que hablar. – le interrumpió su padre -.

-         ¡Pero es que a duras penas le conozco! – insistió ella -.

-         ¡Bobadas! Ya os iréis conociendo cuando estéis casados… - se mantuvo él -.

-         ¿Y si después resulta que no me gusta? ¡Papá no es una boda justa y lo sabes! – protestó ella al borde de las lágrimas - ¡De hecho, tú mismo te casaste con mamá por amor y no por conveniencia!

 

Amelia sabía que no debía haber nombrado a su madre, que desde su muerte aquello era un tema tabú, pero no le había quedado más remedio. Philionel bajó la cabeza, atormentado por el recuerdo de su ya hace tiempo fallecida esposa. Su mirada, casi siempre alegre y vitalista, se oscureció y su voz se tornó seria y firme cuando le respondió a su hija:

 

-         Sí, Amelia, es cierto, me casé con tu madre porque la quería. Y precisamente por esa razón, sufrí mucho cuando la perdí. Y no quiero que eso mismo te pase a ti, hija mía.

-         Papá, comprendo tus razones… - dijo Amelia – Pero tú también debes comprender las mías…

-         ¡Basta! ¡No hay discusión que valga! – sentenció Phil - ¡Se hará lo que yo diga y punto! ¡Y no quiero seguir hablando del asunto!

 

Diciendo esto, Philionel dio la espalda a su hija y la dejó sola. La princesa no pudo aguantar las lágrimas. Si ya antes era difícil estar con el hombre al que amaba, ahora las posibilidades eran remotas, por no decir nulas. Y lo peor de todo es que no podía hacer nada; su posición de princesa de Sailon la tenía atada de pies y manos.

Lo que no sabía la princesa era que en ese momento una oscura sombra se alimentaba de la pesadumbre y la tristeza que había en su joven corazón, mientras la observaba a una distancia prudencial.

 

-         Supongo que esto significa que debo darme prisa en llevar a cabo el plan… - dijo y tras estas palabras desapareció -.

 

                                               *          *          *

 

-         ¡¿Porqué, porqué, porqué?! – se preguntaba el misterioso hombre embozado, mientras descargaba su ira pegando puñetazos a la pared - ¿Porqué ella de entre todas las personas de este mundo? ¡¿PORQUÉ?!

 

La escena del príncipe Darío bailando con la princesa Amelia lo había destrozado. Aquel principito de tres al cuarto le había arrebatado a la persona que más quería en ese mundo, ante sus propias narices. Y todo por su culpa; ¿Porqué diablos no se había atrevido a venir a Sailon hasta ahora? De haberlo hecho, ese pisaverde no se habría interpuesto nunca. Pero ahora… ya era tarde. La princesa había elegido y no precisamente a él.

 

-         ¡MIERDA! – exclamó dándole tal puñetazo a la pared que dejó un enorme agujero en ésta -.

 

Impotente se miró las manos cubiertas por mitones, que no llegaban a ocultar del todo los fragmentos de roca que había incrustados en ellas, al igual que en el resto de su cuerpo.

Aunque hubiera venido antes ¿de qué me habría servido?, pensó mientras suspiraba apesadumbrado. Sigo siendo sólo un… un monstruo. Ella merece a alguien mejor, no a alguien que se tenga que ocultar siempre de la mirada de los demás bajo una máscara…

 

-         ¡Hombre, Zelgadis! – dijo una voz cantarina a sus espaldas, pegándole un susto de muerte - ¡Cuánto tiempo sin verte!

-         ¡Xellos! – exclamó Zel, girándose y descubriendo al fin su rostro para poder insultarle mejor - ¡Cagüen el demonio que te creó! ¡No vuelvas a pegarme esos sustos!

-         Bueno, vale, no te pongas tan nervioso. – le tranquilizó el demonio -.

-         ¡¡NO ME PONGO NERVIOSO!! ¡¡ERES TÚ EL QUE ME PONE NERVIOSO!! – la cabeza de Zel aumentó 10 veces su tamaño original y le pegó tal grito a Xellos que dejó su pelo púrpura completamente despeinado -.

-         Vaya, vaya, yo que venía esta vez en son de paz… - dijo Xellos mientras sacaba un peine de su bolsa con el que recomponer su desordenada melena -.

-         ¿En son de paz? – dijo el quimera escéptico - ¡Eso no te lo crees ni tú!

-         Pues sí, porque yo sé algo que tú no sabes… - dijo el demonio haciéndose el interesante -.

-         Bah. – dijo Zel dándose la vuelta desinteresado – Al contrario que a los demás, tus secretos no me interesan lo más mínimo.

-         ¿Ni siquiera si tienen que ver con cierta princesita de ojos azules que tú y yo conocemos? – preguntó el demonio picarón, guiñando un ojo -.

-         No hace falta que lo digas. Seguramente – dijo Zel en tono despreciativo – ya ha decidido casarse con ese principito tan lindo…

-         No por su propia voluntad.

-         … de ojos ver… ¿UH? ¿Qué has dicho?

-         Oh, ¿qué más da? A ti no te interesan mis secretos…

 

Pero Zelgadis no estaba para bromitas ni secretismos. Agarró al demonio por la camisa y lo zarandeó, despeinándolo de nuevo, mientras le exigía:

 

-         ¡O ME DICES LO QUE SABES O TE LANZO TAL RA-TILT QUE TE ENVIARÉ DE VUELTA AL MAR DEL CAOS EN MENOS TIEMPO DEL QUE TARDES EN DECIR “ES UN SECRETO”!

 

Sonriendo nervioso al tiempo que una gran gota de sudor emanaba de su frente, Xellos decidió hacerle caso, antes de que su pobre pelo sufriese mucho más.

 

-         Vale, no te pongas así… Te lo diré si me sueltas…

 

Zel soltó al demonio, no sin dejar de mirarle con desconfianza. Cuando éste se hubo sacudido las ropas y peinado de nuevo su pelo, empezó.

 

-         Decía que sí, en efecto, Amelia va a casarse con el príncipe Darío, pero no por voluntad propia; Phil y la reina Rumilda de Ralteague pretenden usar este matrimonio de conveniencia para establecer una alianza entre los dos reinos.

-         ¿Me estás diciendo que Phil va a obligarla a casarse con ese pisaverde? – preguntó Zel con cara de no creérselo -.

-         ¡Exacto! – confirmó Xellos sonriendo -.

 

Zelgadis meditó unos instantes. Un matrimonio de conveniencia no era propio de Philionel de Sailon, quien había tomado por esposa a una plebeya, enfrentándose a las convecciones sociales únicamente porque la amaba… Por otro lado, Phil era capaz de defender la paz a toda costa. Y si la gobernadora de Ralteague le había amenazado con entrar en guerra si no accedía a ese matrimonio, era probable que el pacífico rey de Sailon antepusiera la paz a los intereses de su hija… Y la pobre Amelia en medio de todo ese guirigay sin poder hacer nada para evitar su matrimonio con el pisaverde…

 

-         Bueno, chico de piedra os dejo. – dijo de repente Xellos levitando en el aire – Seguro que tenéis muchas cosas de que hablar…

-         ¿Cómo que “os dejo”? – preguntó Zel extrañado - ¡Xellos si sólo estamos tú, yo y nadie má…!

 

El hombre quimera calló de pronto al girarse y descubrir a la propia princesa Amelia, de pie frente a sí, con cara de sorprendida y los ojos todavía brillantes por las lágrimas derramadas.

 

                                               *          *          *

 

Princesa y quimera se quedaron mirándose frente a frente durante largo rato, sin saber qué decir. Finalmente Amelia logró decir:

 

-         Zelgadis, eres tú… eres tú de verdad…ha pasado tanto tiempo…

-         Sí, mucho… - afirmó Zelgadis con un tono de pesadumbre en la voz – Me alegra veros de nuevo, princesa…

 

Amelia entonces, llorando de pura felicidad, se lanzó en brazos de Zelgadis y lo abrazó fuertemente, como si temiera perderlo de nuevo.

 

-         ¡¿A…Amelia?! – exclamó Zel entre sorprendido y falto de aliento -.

-         ¡Zel…! – dijo la princesa entre sollozos - ¡Es horrible! ¡Quieren casarme con el príncipe Darío…!

-         Lo sé.

-         ¿Lo sabes? – preguntó Amelia sorprendida -.

-         Xellos me lo contó todo. – explicó él -.

-         Zel…yo…lo siento mucho…

-         ¿El qué sientes?

-         Pues eso: siento que me vaya a casar con Darío.

-         Pero mujer ¿porqué habrías de sentirlo?

-         ¿Es que a ti no te importa?

 

Zelgadis calló. Su mirada se tornó triste, apagada, mucho más seria de lo que acostumbraba a ser. Agachó la cabeza, como avergonzado, antes de decir:

 

-         Mira Amelia, es por tu bien, tienes que entenderlo… Además, quizás el tal Darío no sea tan malo, le gustas y yo creo que podría llegar a gustarte a ti también…

-         ¿Tú también piensas como mi padre? – dijo Amelia apartándose de él violentamente - ¡Por el amor de Ceipheid, Zelgadis! ¡Si la gente hiciera las cosas realmente por mi bien, dejarían que por lo menos yo pudiera elegir! Y yo no quiero casarme con Darío, él no me gusta. En cambio tú me… - balbució poniéndose colorada - …me gustas mucho, Zelgadis.

 

Zel se sorprendió ante esa declaración. Lo había oído claramente y sin embargo no podía creerlo: ¡Ella también lo amaba! Sintió ganas de abrazarla, de decirle lo mucho que la quería…

… Pero se contuvo. Eso no estaba bien, no podría ser, ella merecía a alguien mejor.

 

-         Amelia yo… - dijo dándole la espalda - …Tú no puedes, no debes amarme.

-         ¿Porqué no? – preguntó ella -.

-         ¿Es que no lo ves? – dijo él mirándose las manos – Sólo soy un monstruo, una criatura fea y horrible que no te merece…

 

Amelia lo miró con lágrimas en los ojos e infinita ternura. Lentamente se acercó a él y, sin que lo advirtiera, le cogió por la cintura y lo apretó contra sí.

 

-         No es cierto, Zel. – le dijo – Tú no eres un monstruo.

-         Amelia… - intentó contradecirla él -.

-         ¡No, Zel, ahora escúchame! – le exigió la princesa, obligándole a que se diera la vuelta y la mirase a los ojos – Yo no sé cómo eras siendo humano. Sólo conozco al Zelgadis quimera, solitario y vacío pero de sentimientos y corazón noble, que ahora mismo veo ante mí. Y me gustas tal y como eres. Además – añadió sonrojándose – te infravaloras demasiado, Zel. Yo te encuentro muy guapo…

 

Zelgadis le sonrió agradecido y alzó una mano a su mejilla para acariciársela. Amelia, aunque al principio se sorprendió, pronto acarició la mano de Zel con la suya propia, sintiendo ese áspero pero dulce y agradable contacto en su piel. Y entonces se alzó sobre las puntas de los pies para alcanzar su cara y juntar sus labios a los de él. Zel, lejos de negarse, devolvió el beso y la abrazó fuertemente, mientras el viento suave de primavera mecía los pétalos caídos de los cerezos.

 

                                               *          *          *

 

La banda nuevamente dejó de tocar. Reena que había estado bailando con Gaudy todo lo que la banda tocaba sin descanso, se desplomó agotada en una silla cercana.

 

-         ¿Estás bien, Reena? – preguntó su marido, quien no parecía haberse agotado lo más mínimo -.

-         Sí, estoy bien. – le tranquilizó ella y añadió en tono medio sarcástico – Sólo que los pies me están matando, eso es todo…

-         ¿Ah, sí? – preguntó Gaudy extrañado – Vaya, no sabía que los pies pudieran ser tan peligrosos, tendré más cuidado con los míos a partir de ahora…

-         Ay, pero qué simple eres a veces, Gaudy… - suspiró Reena a la par que una gota de sudor resbalaba por su frente – Es una frase hecha, en realidad lo que quería decir es que estoy cansada, nada más.

-         Ah, ya comprendo. – dijo Gaudy, a pesar de que en realidad sólo se había enterado de la mitad, y preguntó a continuación: - ¿Quieres que te traiga algo?

-         Hum… Bueno, ya que estás… - dijo Reena con una sonrisa en los labios - ¿Podrías ver si ha quedado algo del banquete? Es que me está entrando el gorigori…

-         Em… Bueno, iré a ver. – accedió Gaudy mientras una gotita de sudor aparecía en su frente – Tú espérame aquí ¿vale? ¡Nos vemos luego!

 

Gaudy desapareció entre la multitud de gente. Reena se quedó sola, sentada en la silla y contemplando a las parejas que todavía bailaban al son de la música, no sin sentir cierta envidia por las damas que aguantaban bailando desde hacía horas con esos zapatos de tacón que a Reena le resultaban extremadamente molestos.

 

-         ¡Amelia! ¡¡Ameeeliaaaa!

 

La voz del príncipe Philionel llamando a su hija hizo que Reena, picada por la curiosidad, se levantara de la silla y fuera hacia donde estaba el gobernador de Sailon, con la angustia y la preocupación pintadas en su rostro.