Capítulo 4: La historia de Índiga Mettalium

 

A duras penas cinco minutos después, cuatro jóvenes estaban reunidos alrededor de una quinta persona, mientras ésta se tomaba tranquilamente una taza de té bajo uno de los chopos cercanos al tramo del río que atravesaba las ruinas de Sailon.

 

Éstos cuatro jóvenes, de procedencias y personalidades dispares, esperaban pacientemente a que aquel hombre de pelo púrpura terminara su degustación de té para que pudiera comenzar a relatar su historia.

 

La historia de cómo un demonio pudo concebir una hija con una dragona dorada.

 

-         Lo cierto es – empezó Xellos – que la historia comienza muchos años atrás, cuando vi a Filia por primera vez. Aunque lo mejor será que empiece por un momento que nada tiene que ver con nosotros dos, pero que os ayudará a entenderlo mejor… Esto ocurrió después de la boda de tus padres. – dijo dirigiéndose a Mina – Había terminado de realizar una misión y volví a Wolf Pack Island para informar a mi señora…

 

[comienza el flashback]

 

El sacerdote y general del Ama de las bestias esperaba pacientemente en el pasillo a que su señora le concediese audiencia. Hacía tan sólo un minuto que había vuelto de la boda de Reena y Gaudy y debía informarla sobre las novedades, tal y como ella se lo había ordenado semanas antes.

 

Las puertas de la gran estancia se abrieron de par en par y una voz femenina, seductora a la par que estremecedora, le invitó a pasar.

 

-         Adelante, mi querido Xellos. – dijo la voz – Te estaba esperando.

 

Obediente, Xellos atravesó las pesadas puertas de ébano y hierro que guardaban los aposentos de su señora (o su harén, como a ella le gustaba llamarlo), haciendo que sus pasos resonaran a medida que caminaba por el suelo de baldosas de gabro. Con un chirrido estridente, las puertas se cerraron tras de sí automáticamente.

 

A continuación, se encaminó hacia una cama envuelta en sábanas de seda blanca, cubierto por una cortina igualmente blanca y transparente, que fue descorrida poco a poco por la persona que la ocupaba. Era una mujer alta, de tez morena y pelo rubio platino, casi blanco, ondulado y largo hasta poco más allá de su cintura. Vestía un vestido semi-transparente, a juego con las cortinas blancas de su cama, y calzaba unos zapatos de tacón rojos. Sus tobillos, muñecas y brazos estaban adornados con diversas pulseras y abalorios de oro puro. Sus labios, gruesos, alargados y pintados de carmesí, expulsaban humo de una boquilla por la que fumaba tabaco rubio y que sostenía con elegancia en su mano derecha. Su mirada, penetrante y de ojos rojizos, tan seductora como el resto de su ser, seguía a su sirviente a medida que éste se aproximaba a su lecho.

 

El sacerdote-general hincó una rodilla en el suelo y se inclinó respetuosamente a su ama, sosteniéndose en su bastón al mismo tiempo. La señora de las bestias se recostó entonces en su cama, al tiempo que alargaba su mano izquierda hacia su subordinado para que se la besase. Los labios de Xellos tocaron ligeramente el dorso de la mano que su señora le tendía y dijo a continuación:

 

-         A vuestros pies, mi señora Zellas.

 

Zellas Mettalium sonrió satisfecha; nada le gustaba más al Ama de las Bestias que el la adularan. A continuación se sentó sobre el borde de la cama, dando una calada a su boquilla.

 

-         ¿Y bien, Xellos querido? – preguntó expulsando el humo hacia la cabeza de su servidor, quien permanecía todavía inclinado en el suelo, sin atreverse siquiera a toser por el humo del tabaco - ¿Qué novedades me traes de tu… incursión por el plano físico?

 

-         ¡Oh, ha sido muy interesante! – dijo Xellos al tiempo que levantaba la cabeza, exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja – Ojalá lo hubierais visto, os habría divertido tanto como a mí.

 

-         Siéntate y cuéntamelo todo, querido. – pidió Zellas al tiempo que le hacía sitio junto a ella al borde de la cama -.

 

Xellos obedeció y procedió a contarle con todo detalle los incidentes de la boda. Cada anécdota hacía que la augusta mujer se partiera el pecho de la risa, para después darle una calada a su boquilla y seguir escuchando a su sacerdote-general con atención.

 

-         Conque la hija menor del soberano de Sailon se ha fugado con una quimera ¿eh? – dijo volviendo a estallar en carcajadas – Xellos, tus ideas son cada vez más originales. Ya me estoy imaginando la cara del Príncipe Philionel…

 

-         Me halagan vuestras adulaciones, mi señora. – agradeció Xellos sonriente, a la par que volvía a inclinarse respetuosamente -.

 

-         Pero bien sabes – dijo dando una nueva calada y expulsando el humo en forma de anillos – que no te dejé ir a esa boda sólo para organizar alguna que otra travesurilla…

 

La sonrisa desapareció del rostro de Xellos y su semblante se tornó serio. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, se sentía temeroso de la reacción de su señora con respecto a lo que tenía que decirle.

 

-         Lo sé. – afirmó el demonio -  Y mucho me temo que debo daros malas noticias, mi ama. – en este punto, Zellas enarcó una ceja extrañada, pues rara vez Xellos le fallaba en una misión, pero permitió que éste continuara: - Lamento deciros que no he podido encontrar rastro alguno de naturaleza demónica en el pequeño Val…

 

-         ¿Estás seguro, querido? – preguntó Zellas con el semblante serio y la mirada severa -.

 

-         Bueno… No del todo. – admitió Xellos – Era difícil, por no decir imposible, hacer tal averiguación sin que su madre se enterara. Me estaba vigilando, no me quitaba el ojo de encima ni aún cuando conseguí que me diera al pequeño…

 

Zellas alzó una mano para indicar a su servidor que ya era suficiente. Se levantó de la cama y se encaminó hacia el balcón, con paso lento y elegante. Xellos la siguió al cabo de un rato. Cuando apartó las cortinas de raso transparentes que separaban la estancia principal del balcón, se encontró a su señora apoyada en la barandilla, observando su territorio; una extensa isla situada al sur de la Unión de los Estados Costeros, llamada Wolf Pack Island porque su población la constituían manadas de lobos prácticamente en su totalidad. Sólo Zellas Mettalium, que tenía poder sobre todas las bestias, fue capaz de hacer aquella isla habitable para ella y los demonios que la servían.

 

-         Es importante que averigües cuanto antes si aún existe algo de Valgaarv en el joven Valteria, Xellos. – dijo a su sirviente – Si se une a nuestras filas, podría ayudarnos a dominar sobre los demonios. Puede que incluso sea útil a la hora de combatir contra Dynast Garrusherra…

 

-         ¿Qué hay de Dolphin? – preguntó Xellos -.

 

-         ¿Esa loca? – dijo Zellas soltando una carcajada despreciativa – Créeme, no representa ninguna amenaza en estos momentos…

 

-         Habéis de tener en cuenta, sin embargo, que es la más mayor de los cinco Dark Lords, después de Fibrizo y Gaarv, – apuntó Xellos – por lo que es la más poderosa de los tres Dark Lords que quedan…

 

-         Corrijo: podría haber sido la más poderosa. – rectificó Zellas – Pero afortunadamente hiciste un buen trabajo con ella, querido Xellos.

 

Era cierto, él había provocado la demencia que padecía la Dark Lady Deep Sea Dolphin. Cuando ya había adquirido el entrenamiento suficiente, su señora le había encomendado su primera misión: ir a hacer una visita “de cortesía” a Dolphin y persuadirla, por la fuerza si era necesario, de que no se le ocurriese enfrentarse a la voluntad de Zellas Mettalium. La forma en que había logrado su propósito…

 

Le preocupaba sobremanera que Dolphin no hubiese olvidado lo que pasó aquella noche… eso y que tarde o temprano le pasase factura…

 

-         Pero eso no viene al caso. – dijo su señora sacándole de sus pensamientos – Lo que importa es que localices esa parte demónica en el pequeño y que hagas lo que sea necesario para persuadirle de que se una a nuestra causa.

 

-         No resultó la última vez. – le recordó Xellos – Ni siquiera ofreciéndole la vida de Reena Invers a cambio. ¿Porqué iba a funcionar esta vez?

 

-         Xellos, es sólo un niño ahora. – dijo ella tranquilamente, como si fuera lo más evidente del mundo – Y los niños pueden ser fácilmente manipulados…

 

-         Siempre y cuando su madre no esté vigilándome con cien ojos… - apuntó él, recordando la reacción más habitual de Filia ante su presencia (es decir, sacar la maza y golpearle repetidas veces al tiempo que le insultaba llamándole namagomi) -.

 

-         Precisamente por eso deberás… digamos, introducirte en su entorno.

 

Xellos empalideció al averiguar las intenciones de su señora.

 

-         ¿No… no os referiréis – tartamudeó – a vivir con ella?

 

-         A eso me refiero precisamente, querido. – afirmó Zellas -.

 

-         No hablareis en serio… - dijo Xellos con una sonrisa nerviosa -.

 

-         Mucho me temo que sí hablo en serio, mi querido Xellos. – dijo el Ama de las Bestias sin el menor signo de estar bromeando – Y te guste o no, vas a tener que cumplir la misión a rajatabla. Después de todo hay algo muy valioso en juego…

 

-         Sí que la hay: mi integridad física. – dijo Xellos medio en broma, medio en serio -.

 

-         Sabes perfectamente que no me refiero a eso, sino a Valgaarv, querido. Pero, vamos, no te retrases, ve allá. – dijo su señora conduciéndole a la salida – Debes vigilar al pequeño las 24 horas del día, observar si hay alguna anomalía y quiero que me informes periódicamente… Bastará con una vez al mes, supongo. En cualquier caso, aunque importante, esta misión no es prioritaria, así que si en algún momento te necesito para otra misión de mayor importancia o para dirigir mis ejércitos, deberás acudir de inmediato y posponer tu investigación. ¿Entendido?

 

-         Así se hará… mientras sobreviva a las primeras semanas de estancia. – respondió Xellos al tiempo que se despedía con una solemne reverencia y se encaminaba hacia la puerta -.

 

-         Vamos, Xellos, no seas tan quejica. – rezongó Zellas con fastidio – Además… - añadió pícara – creía que te gustaba la forma en que te trataba esa dragona…

 

-         Soy un masoquista, mi señora, no un suicida – respondió él simplemente antes de desaparecer de la vista -.

 

                                               *          *          *

 

-         ¡Mami, mami, juega conmigo!

 

Filia se dio la vuelta al sentir que su pequeño Val le tiraba insistentemente de la capa para llamar la atención. En el último año el pequeño dragoncito había crecido mucho más de lo esperado. Pero claro, los años no pasaban en vano para Filia y por primera vez en su vida comenzaba a experimentar la crisis que sufren todas las madres cuando los niños han alcanzado una etapa de su vida en la que sus energías y sus ganas de jugar todo el día se triplican.

 

Una etapa conocida como los “Terribles dos años”.

 

-         Val-chan, cariño, no puedo. – intentó razonar Filia con el pequeño – Mamá tiene que irse a recoger unos encargos en la ciudad vecina…

 

-         ¡Pero yo quiero que juegues conmigo! – insistió el dragoncito -.

 

-         Más tarde jugaremos, te lo prometo…

 

-         ¡No! ¡Yo quiero que juegues ahora! – exigió el pequeño dando patadas en el suelo - ¡Ahora, ahora, ahora, ahora!

 

-         Vamos, amo Valgaarv, no llore. – le consoló Jiras cogiéndole en brazos – Tu mamá no puede jugar contigo ahora, pero yo si puedo, si quieres.

 

-         ¿Lo harías? – preguntó Filia ilusionada -.

 

-         ¡Tranquila, Jefa, déjelo en mis manos! – le aseguró el hombre-zorro con determinación - ¡Yo y Gaubros nos encargaremos de todo, no tema!

 

-         Gracias, Jiras, eres un sol. – le agradeció ella estampándole un beso en la frente, haciendo que Jiras se pusiera ligeramente colorado – Volveré de aquí a dos horas, si no me entretienen por el camino. – a continuación salió de la tienda de jarrones de la que era dueña, se transformó en dragón y antes de remontar el vuelo le dijo a Jiras: - ¡Procura que Val-chan se eche la siesta, que si no luego está muy inquieto!

 

-         ¡Muy bien, Jefa, lo que usted mande! – accedió Jiras con entusiasmo -.

 

-         Y por favor, Jiras, llámame Filia…

 

-         ¡Vale, Jefa!

 

Filia suspiró pesadamente. No tenía caso: llevaban dos años conviviendo y no había forma de que Jiras la tratase de tú. Se empeñaba en usar siempre el apelativo de “Jefa” con la misma tozudez con la que se empeñaba en llamar a su retoño “Amo Valgaarv” en vez de Valteria, como lo había rebautizado. Sin más tardanza, Filia desplegó sus alas y se elevó hacia los cielos.

 

-         Bueno, ya se ha ido. – suspiró Jiras mientras veía a la dragona desaparecer poco a poco en la distancia – En fin, amo Valgaarv, pongámonos manos a la obra. No creo que sea tan difícil encargarse de la tienda y de ti al mismo tiempo…

 

                                               *          *          *

 

Jiras se desplomó agotado sobre el mostrador. Encargarse de la tienda y del joven Valteria era mucho más difícil de lo que esperaba. Dado que ésta era tremendamente popular, normalmente venían decenas de clientes a comprar las famosas cerámicas de Filia Ul Copt. Y claro, con tanto cliente Jiras las había pasado canutas toda la mañana. Gaubros no era de mucha ayuda, ya que cada vez que decidían turnarse, el troll acababa destrozando tres o cuatro jarrones cada vez que se daba la vuelta. Entre pitos y flautas, todavía no había empezado a jugar con Valteria y el crío estaba que se subía por las paredes.

 

-         Jiras ¿cuándo vamos a jugar? – preguntó con impaciencia el niño -.

 

-         Cuando acabe con el trabajo, amo Valgaarv… - respondió Jiras en tono cansado -.

 

-         ¡Eso dijiste la última vez! – protestó Val - ¡Quiero jugar ya!

 

Jiras miró a través de su ojo bueno al pequeño, quien le miraba a su vez con cara de pocos amigos. Luego echó un vistazo a la tienda: por el momento estaba desierta. Suspiró y se incorporó lentamente, tratando de que no le venciera el cansancio.

 

-         Está bien… - accedió finalmente, sentando al pequeño Val sobre sus rodillas - ¿Y a qué queréis jugar…?

 

De repente el hombre-zorro empezó a olfatear el aire. Algo en esa casa se estaba empezando a quemar… y el olor venía de la cocina…

 

-         ¡El horno! – exclamó incorporándose y tirando a Valteria al suelo - ¡Gaubros! ¡¿Qué hacías que no lo estabas vigilando?!

 

El crío miraba algo confundido y bastante dolorido desde el suelo de la tienda a Jiras a medida que éste corría hacia el interior de la casa, en dirección a la cocina. El hombre-zorro se acordó de repente del crío y volvió momentáneamente para decirle:

 

-         ¡Quedaos aquí, amo Valgaarv! ¡No tardaré!

 

-         ¿Y qué hago? – preguntó Val todavía más confundido -.

 

-         No sé… vigila la tienda por ejemplo. – dijo Jiras a falta de algo mejor que decir antes de desaparecer dentro de la casa -.

 

Valteria se encaramó entusiasmado al mostrador. Aquella era la primera vez que le dejaban al cargo de la tienda y eso que era algo que añoraba desde hacía tiempo. Pero su madre nunca le dejaba, alegando que aún era pequeño para eso. Ahora iba a demostrar que su madre se equivocaba, que no era tan pequeño como para no ocuparse solo del negocio. Sólo tenía que esperar a que entrara algún cliente. Esperó pacientemente durante un minuto. Pasó otro minuto, pero nadie venía. Cuando ya habían pasado tres minutos, Valteria dejó de encontrarle la gracia al juego. Y finalmente, cuando ya había bajado del mostrador y se dirigía al interior de la casa para reclamarle a Jiras algo de atención, la campanilla que colgaba de la puerta tintineó.

 

El cliente que había entrado era el más extraño que Valteria había visto en su corta vida. Era muy alto, puede que no tanto como Gaubros, pero en cualquier caso era alto, eso seguro. Parecía un poco más mayor que su madre en edad y tenía una capa muy parecida a la de ella, sólo que de color verde oscuro en vez de blanco. También eran verde oscuro sus pantalones, muy sobrados, lo que le daba un aspecto gracioso. Esa gracia se veía reforzada por su rostro siempre sonriente, enmarcado en unos cabellos púrpura cortados a media melena (que en opinión de Val le hacían parecer una chica).

 

-         ¡Buenos días, señor! – saludó cortésmente, tal y como había visto hacer a su madre o a Jiras cientos de veces - ¿En qué puedo ayudarle?

 

El cliente dirigió la mirada hacia el suelo desde el que Val le miraba. Fueron sus ojos lo que llamó poderosamente la atención del chaval: eran exactamente del mismo color que su pelo y alargados como los de un gato. No tuvo sin embargo mucho tiempo de fijarse en ellos, pues enseguida los ocultó bajo sus párpados cerrados, que junto con la sonrisa que exhibió a continuación le hacían parecer un tipo simpático.

 

-         ¡Vaya, vaya, qué niño tan educado! – exclamó el hombre inclinándose sobre él y a continuación le preguntó: - ¿Está tu mamá en casa?

 

-         No. – negó el pequeño – Pero si quiere algo de la tienda, yo se lo puedo enseñar. Llamaría a Jiras, pero ahora está ocupado… –añadió señalando la puerta que separaba la tienda de la casa, de la que salía un espeso humo proveniente del horno -.

 

Como si hubieran escuchado la conversación que Val-chan mantenía con el hombre misterioso, de repente se oyó a Jiras y a Gaubros discutir desde la cocina.

 

-         ¡¿Se puede saber porqué no lo estabas vigilando?! – se oyó la voz estridente de Jiras -.

 

-         Tú me dijiste que vigilara la trastienda… - se disculpó Gaubros -.

 

-         ¡Eso fue a hace media hora…!

 

-         ¿Lo ve? – dijo Valteria dirigiéndose al hombre del pelo púrpura -.

 

-         Entiendo… - dijo el hombre al tiempo que una gota de sudor de vergüenza ajena emanaba de su frente – En ese caso… ¿podrás hacerme un favor, pequeño?

 

-         ¡Claro! ¿De qué se trata?

 

Sin mediar palabra, el hombre dejó un báculo que sostenía en su mano derecha apoyado en la pared y se quitó un broche que adornaba su pecho, sosteniendo la capa. El báculo era de madera, con una esfera rojiza en la punta. Lo curioso del caso es que, por alguna razón que desconocía, a Val aquel báculo le resultaba familiar.

 

El hombre de pelo púrpura le entregó el broche que se acababa de quitar, con una sonrisa dibujada en el rostro. Val lo examinó con curiosidad. Estaba compuesto por tres placas plateadas superpuestas. La que estaba encima del todo llevaba incrustadas tres esferas rojizas, igualitas a la que adornaba su báculo pero de menor tamaño.

 

-         Dale esto a tu madre. – le dijo –  Y dile que volveré de aquí a unos días a buscarlo. No te preocupes, ella ya sabrá quien soy en cuanto se lo entregues.

 

-         Vale, lo haré. – accedió el dragoncito -.

 

-         ¡Así me gusta! – dijo el hombre alegremente, sonriendo aún más y revolviéndole a Valteria el pelo. Seguidamente, recogió su báculo y se encaminó hacia la puerta, despidiéndose con la mano - ¡Hasta otra!

 

Y tras atravesar el umbral, desapareció misteriosamente.

 

Valteria parpadeó varias veces, creyendo que había visto visiones. Salió un momento fuera por si veía a aquel hombre extraño, pero no había caso: realmente se había desvanecido sin dejar rastro.

 

En ese momento, Jiras regresó de la cocina.

 

-         Bueno, todo arreglado. – dijo mientras se limpiaba el hollín de la cara con un trapo. Entonces reparó en que Val sostenía algo entre sus manitas y se acercó para ver lo que era - ¿Qué es eso que tienes allí, amo Valgaarv?

 

-         Eeeeh… ¡Nada! – intentó disimular el dragoncito, escondiendo el broche tras su espalda -.

 

-         No me mientas. – le regañó el hombre-zorro con una mirada de represalia – Si has estado robando algo…

 

-         No, no lo he robado. – se apresuró a decir Val – Me lo ha dado un señor.

 

-         ¿Un señor? – dijo Jiras extrañado, al tiempo que echaba un vistazo al exterior para ver si veía al susodicho sujeto. Al no ver a nadie, le preguntó al chico: - ¿Y te dijo quién era ese señor?

 

-         No. – negó el pequeño - Sólo me dijo que le diera esto a mamá, que ella ya sabría quién es…

 

-         En ese caso, no te preocupes, yo se lo daré por ti. – se ofreció el hombre-zorro alargando su mano, pero el dragoncito oprimió el objeto que le había sido confiado fuertemente contra su pecho -.

 

-         ¡No! – exclamó él - ¡Me dijo que yo se lo diera a Mamá! ¡No tú!

 

-         Venga, amo Valgaarv, no seas cabezota y dámelo. – insistió Jiras -.

 

-         ¡¡No, no y no!! – se negó en redondo Val - ¡He dicho que se lo daré a Mamá! – y mientras huía de Jiras canturreaba: - ¡A Mamá, a Mamá, a Mamá, a Mamá, a Mamá!

 

Tuvo lugar entonces una cómica escena: Jiras, ayudado por Gaubros, se pasó los siguientes cinco minutos persiguiendo a Valteria, quien correteaba por toda la casa negándose a soltar el broche, que aún sostenía en su mano izquierda. Llegó un momento en que ambos consiguieron rodear al crío, pero éste se encaramó a lo alto de uno de los estantes de la tienda.

 

Gaubros entonces alargó sus brazos hacia el pequeño, intentando cogerlo, pero éste, adivinando sus intenciones, se puso fuera de su alcance, volando con sus pequeñas alitas negras hacia una lámpara que colgaba del techo.

 

Los dos improvisados “niñeros” empezaban a preocuparse; aquella lámpara a duras penas se sostenía y bajo el peso del dragoncito podría caer en cualquier momento.

 

-         ¡Amo Valgaarv, por favor, bájese de ahí! – imploró un angustiado Gaubros -.

 

-         ¡ Haz caso a Gaubros, amo Valgaarv! – suplicó a su vez Jiras -.

 

-         ¡No! – negó Valteria todavía desconfiado - ¡Sólo bajaré cuando venga Mamá, para que le pueda dar lo que me dio el señor!

 

-         ¿Qué es todo esto? – preguntó confusa una voz femenina desde el umbral de la puerta de entrada - ¿Qué ha pasado aquí?

 

-         ¡Mamá! – exclamó ilusionado el niño al tiempo que volaba hacia los brazos de Filia, justo a tiempo ya que en ese momento la lámpara se cayó del techo-.

 

-         ¡Val-chan! – le regañó la dragona - ¡Te has portado muy mal con Jiras y Gaubros! ¡Esta noche te quedarás sin postre! ¡Y vosotros dos! – gritó dirigiéndose a sus ayudantes - ¡Ya me estáis explicando lo que ha pasado!

 

-         Verá, jefa – se explicó jiras – es que alguien le dio algo al amo Valgaarv diciendo que era para usted. Entonces le dije que me lo diera, pero el niño no quiso…

 

-         ¡El señor me dijo que yo te lo diera! – se excusó Valteria -.

 

-         Bueno, en ese caso ¿porqué no me lo das ya? – dijo Filia sonriendo amablemente al tiempo que alargaba la mano -.

 

-         ¡Es verdad! – exclamó Val al acordarse. Entonces depositó el preciado objeto en la mano enguantada de Filia, diciendo: - Aquí tienes.

 

Filia miró el objeto que Val-chan le había dado. Al momento empezó a ponerse pálida. En sus manos tenía el broche que tantas veces había visto adornando el pecho de Xellos Mettalium, aquel que exterminó a cientos de los suyos, aquel que servía al Ama de las bestias… aquel al que ella llamaba namagomi.

 

-         Cariño – le dijo a Val, cogiéndole por los hombros alarmada - ¿Recuerdas cómo era ese señor?

 

-         Pues… - dijo el dragoncito tratando de recordar – Era un señor muy alto… un poco más alto que tú, creo. Tenía el pelo púrpura, así de corto – indicó la altura del corte con sus manos – parecía una chica… ¡Ah! Y sonreía mucho, mucho, así. – añadió sonriendo lo más que pudo -.

 

Aquella descripción no hizo más que confirmar sus peores sospechas; aquel hombre no podía ser otro más que el namagomi…

 

-         Me dijo que volvería para recoger eso. – continuó Val señalando el broche – Y también me dijo que tú sabrías quién es nada más verlo… Por cierto Mamá ¿quién era ese señor?

 

Filia no respondió. La dragona se había dado la vuelta y temblaba de pies a cabeza. Cuando se hubo calmado un poco, le pidió a Jiras:

 

-         Jiras… ¿puedes llevarte un momento a Val, por favor?

 

-         Claro, no hay problema. – asintió el hombre-zorro -.

 

-         Y también os agradecería que me dejarais sola un momento… - añadió ella -.

 

-         Por… por supuesto. – volvió a asentir Jiras al tiempo que dirigía a Gaubros una mirada interrogativa -.

 

Cuando los tres hubieron desaparecido en el interior de la casa, Filia salió al exterior. Y allí emitió un grito de rabia tal, que incluso los trolls del bosque que había a las afueras del pueblo se escondieron asustados en sus cuevas.

 

-         ¡MALDITO NAMAGOMI! – bramó la dragona - ¡JURO QUE EN CUANTO TE VEA APARECER TE VAS A ENTERAR DE LO QUE VALE UN PEINE!

 

                                               *          *          *

 

A partir de aquella misma tarde, Filia se dedicó a velar la casa las 24 horas del día, vigilando incluso de noche. Sin embargo aquel día Xellos no hizo acto de presencia. La dragona aún así no se fiaba y siguió velando al día siguiente… Y al siguiente… Y al siguiente… Al quinto día, viendo que el namagomi seguía sin aparecer y dándose cuenta de que si seguía sin conciliar el sueño se caería de puro cansancio en cualquier momento, decidió irse temprano a dormir.

 

Eran poco más tarde de las ocho de la tarde cuando Filia subió al piso superior de la casa, hacia su a habitación, para irse a acostar. Todavía había algo de luz, así que, después de cerrar la puerta y las ventanas, echó las cortinas y procedió a desvestirse. Tras deshacerse de sus ropas de sacerdotisa, se puso un camisón de raso rosado. No era transparente, pero sí algo translúcido, lo que permitía percibir la figura que formaban sus curvas. A la dragona, por lo general muy pudorosa, no le importaba vestir aquel camisón en su habitación, mientras estaba sola.

 

De repente, se dio cuenta de que en realidad no estaba sola. Sentía muy cerca una presencia, tan cerca que casi diría que estaba justo detrás de ella.

 

-         Volvemos a vernos, Filia-chan… - dijo una voz burlona a sus espaldas -.

 

Sin previo aviso, la dragona agarró el mazo y arreó a la persona que tenía detrás.

 

Segundos después, Xellos yacía en el suelo en una posición extraña y completamente dolorido y contusionado.

 

-         ¿Eres siempre una anfitriona así de amable? – ironizó el demonio, mientras trataba a duras penas ponerse en pie -.

 

-         No, sólo cuando cierto demonio namagomi hace acto de presencia. – puntualizó Filia con casi el mismo tono irónico que Xellos - ¿Se puede saber qué diablos haces aquí?

 

-         Eso es… - empezó Xellos como siempre, pero en cuanto vio la maza de Filia a sólo unos centímetros de su cara, rectificó sus palabras - ¡Era broma, era broma! Yo sólo venía para recuperar lo que es mío. ¿O acaso Val no te dio mi broche?

 

-         ¿Tu qué? – preguntó Filia, pero luego recordó - ¡Ah sí, es verdad!

 

Seguidamente la dragona fue hacia su tocador y abrió uno de los cajones superiores. De allí extrajo un pequeño joyero, de forma rectangular, tapizado por fuera y por dentro con una tela roja con dibujos de bambúes bordados. Al levantar la tapa del joyero, sacó un pañuelo con el que había envuelto el broche y se lo devolvió a su legítimo dueño.

 

Xellos se colocó de nuevo su preciado broche. Una vez el broche volvió a su posición original, lo examinó detenidamente para luego decir:

 

-         Te felicito, dragona dorada, me lo has cuidado muy bien. Aunque es curioso… - añadió algo irónico – Jamás pensé que guardarías una de mis pertenencias como oro en paño… ¿Tanto me aprecias?

 

-         ¡Por supuesto que no! – se apresuró a decir Filia, a pesar de que sus mejillas se empezaban teñir de un tono rojizo delatador - ¡Sabes perfectamente que si por mí fuera te irías a paseo, namagomi!

 

-         Oh, qué hermosas palabras. – bromeó Xellos – En fin, supongo que no querrás que te siga estorbando, así que mejor me voy.

 

Dicho esto hizo además de irse, pasando al lado de Filia. Sin embargo el demonio fue frenado por la mano aprisionadora de la dragona, que tiraba de su capa hacia atrás.

 

-         No tan deprisa, Xellos. – dijo ella – Quiero que me digas ahora mismo porqué razón fuiste a verme hace cinco días a la tienda. Y ni si te ocurra responderme con aquello de “Es un secreto”, a no ser que quieras que te arree de nuevo con la maza… - añadió en tono que sonaba más a amenaza que a advertencia -.

 

-         Bueno, ya te dije en la boda de Reena y Gaudy que vendría a visitarte en cuanto mi ama me concediera unas vacaciones… - respondió simplemente – Y aunque te parezca mentira, siempre cumplo lo prometido.

 

-         Lógica respuesta, pero aún así no me convences…

 

Entonces la puerta de la habitación se abrió con un chirrido y la cabecita de pelo turquesa de Valteria asomó por ella.

 

-         Mamá, Jiras me dijo que te llevara algo de leche. – dijo al tiempo que entraba en la habitación intentando mantener el equilibrio con una bandeja encima de la cual estaba el tazón de leche caliente. De pronto se paró en seco y miró con los ojos como platos al interlocutor de su madre - ¡Anda! ¡Pero si eres el señor que vino hace unos días!

 

-         ¿Qué tal, Val-chan? – saludó Xellos con su habitual sonrisa – Veo que al final hiciste lo que te dije. Buen chico. – añadió revolviéndole el pelo -.

 

-         Sí, y yo se lo di a Mamá y no a otro, como me pediste. – dijo Val con el orgullo y la satisfacción de haber realizado bien su misión – Por cierto, Mamá: ¿Me vas a decir ya quién es este señor?

 

-         Cariño, no creo que eso tenga importancia ahora… - dijo Filia intentando eludir la pregunta -.

 

-         Mi nombre es Xellos. Xellos Mettalium. – se presentó el demonio haciendo caso omiso de Filia -.

 

-         ¿Xellos? Es un nombre muy gracioso. – dijo el dragoncito sonriendo. A continuación echó un vistazo a las ropas y al bastón que le había llamado tanto la atención el otro día y preguntó: - ¿Eres un mago?

 

-         Bueno, eso… es un secreto. – respondió Xellos, como era ya muy habitual en él, sonriendo ampliamente y llevándose un dedo a los labios -.

 

-         ¿Un secreto? – preguntó el pequeño con curiosidad - ¿Y me lo contarás, señor Xellos?

 

-         Quizás otro día, cariño. – intervino Filia tratando de sacar a Val de la habitación – Ahora vete con Jiras y Gaubros, mientras yo hablo con nama… quiero decir, con el señor Xellos.

 

Valteria bajó las escaleras con cara de fastidio. Su madre siempre le excluía de lo que ella llamaba “conversaciones privadas de los mayores” y eso le fastidiaba. ¿Tanto importaba que él oyera lo que tenían que decir? Después de todo él también se haría mayor algún día…

 

Filia y Xellos siguieron al pequeño con la mirada a medida que éste bajaba las escaleras.

 

-         Ha crecido mucho desde la última vez. – comentó Xellos -.

 

-         ¿Sí, verdad? – afirmó Filia – Está ya muy gran… - de repente dejó de hablar, reflexionó unos minutos y al darse cuenta de algo le gritó al demonio, cogiéndole de la camisa - ¡Un momento! ¡Ya sé porqué has venido!

 

-         ¿Porqué he venido? – preguntó Xellos haciéndose el tonto – Ya te lo dije, para visitarte…

 

-         ¡No me mientas, demonio! – exclamó ella al tiempo que lo zarandeaba - ¡Seguro que te han enviado para matar a mi Valteria! ¡O peor, para corromperle!

 

-         ¿Corromperle yo? – dijo el demonio haciéndose el inocente - Honestamente, mi querida filia, te estás volviendo un poco paranoica. Si hubiera querido corromperle, hace tiempo que lo habría hecho. Y tres cuartos de lo mismo para matarle…

 

Filia le miró sin soltarle, no muy segura de si creerle o no. Reena a menudo solía decirle que Xellos era incapaz de mentir (lo que no quería decir que dijera toda la verdad), sin embargo, como asesino de su raza no confiaba en él.

 

-         Mira… - intentó razonar él, apartando gentilmente las manos de Filia de su camisa – Ahora estás un pelín alterada, lo mejor es que me vaya y ya volveré cuando estés más tranquila.

 

-         Pero… - intentó objetar la dragona, cuando fue acallada por el dedo enguantado de Xellos depositado sobre sus labios -.

 

-         No hay más que hablar. – dijo él, sonriendo a continuación y dirigiéndose hacia la puerta – En fin, ya nos veremos. – se despidió y añadió dirigiéndole una mirada un tanto lasciva: - Por cierto, te sienta muy bien ese camisón, labios de lagartija.

 

Filia se miró y dio un respingo cuando se dio cuenta de que aquel camión le había mostrado al sacerdote de la bestia más de lo que ella consideraba visible. Poniéndose más colorada que un tomate, su siguiente reacción fue agarrar la maza y dirigirla con furia a la cara de Xellos al grito de: “¡¡HENTAIII!!”

 

Tarde. El namagomi se había teletransportado ya y en el único sitio en el que Filia golpeó con su maza fue el quicio de la puerta, haciendo que éste quedara hecho astillas.

 

Poco después, Filia escuchó un gemido afuera. Se asomó para descubrir a Jiras tirado en el suelo, asustado, a tan sólo unos pocos centímetros del sitio donde había golpeado su maza.

 

-         Yo… yo sólo vine a ver si se encontraba bien, Jefa… - balbució Jiras al borde de un infarto -.

 

                                               *          *          *

 

Nuevamente Filia pasó en vela las noches siguientes. Había cambiado su camisón translúcido por uno largo de algodón (que le resultó incómodo por el calor que daba) y todas las noches cerraba firmemente puertas y ventanas, para luego tumbarse en la cama, sin cerrar los ojos, con la maza preparada por si Xellos volvía a aparecer.

 

Pero el tiempo de espera se alargó mucho más que la última vez y Filia permaneció despierta durante 20 días. A la mañana del día 21, mientras desayunaba con su familia, se notaba que el insomnio había hecho mella en la doncella dragón.

 

-         Mamá. – la llamó Valteria, preocupado porque Filia se había desplomado sobre su bol de cereales y temía que de un momento a otro se ahogara con la leche - ¡Mamá!

 

-         ¿Eh? ¡Sí, estoy despierta, estoy despierta! – exclamó Filia, sacando repentinamente la cabeza del bol -.

 

-         ¿Se encuentra bien, Jefa? – preguntó Jiras, tan preocupado como Val -.

 

-         No parece tener muy buen aspecto… - puntualizó Gaubros -.

 

-         Estoy perfectamente, muchachos, no debéis preocuparos por mí… - les intentó tranquilizar Filia -.

 

Sin embargo su aspecto detonaba todo lo contrario. Eso y el hecho de que a continuación se desplomó sobre una tostada rellena de mermelada.

 

-         Mamá no ha vuelto a dormir desde que volvió el señor Xellos… - explicó Valteria a Jiras y Gaubros -.

 

-         ¡No es verdad! – saltó de repente la dragona, todavía con restos de mermelada por toda la cara – Y en cualquier caso, gracias a mi vigilancia ese naba... nana… nagamo… bueno, ese demonio no ha vuelto a pisar esta casa. ¡Ja! ¡Aún falta para que se deje caer de nuevo por aquí!

 

Nada más decir aquello, un huevo cayó del techo y fue a parar justo en medio del bol de cereales, haciendo que la leche se saliera por todo, salpicando a todos cuantos estaban sentados en la mesa de la cocina, especialmente a Filia, quien se levantó hecha una fiera, maza en ristre y gritando:

 

-         ¡NAMAGOMI ESTÚPIDO! ¡NO HA TENIDO NINGUNA GRACIA!

 

Sin embargo al levantar la vista hacia el techo, lo único que vio fue a una lechuza blanca como la nieve recién caída, que ululaba sin parar mientras revoloteaba alrededor de la mesa, antes de aterrizar sobre ella magistralmente y arreglarse las plumas en señal de satisfacción.

 

-         ¡Qué bonita! – exclamó Valteria, sorprendido ante el hecho de que el animal se dejase acariciar por él tan dócilmente -.

 

-         Me alegra que te guste, Val-chan. – dijo de repente una voz a sus espaldas -.

 

-         ¡Señor Xellos!

 

En efecto, allí estaba el demonio, sonriendo, como siempre, a los presentes, con un búho gris encima del hombro izquierdo. Con un par de palmadas hizo que la lechuza acudiera a él. El ave se posó en su mano derecha y ululó cariñosamente cuando su amo le acarició la cabeza con la otra mano.

 

-         ¿Tiene nombre? – preguntó ansiosamente el pequeño Val, refiriéndose a la lechuza - ¿Es un regalo, señor Xellos? ¿Es para mí?

 

-         Respecto a la primera pregunta – contestó Xellos – la respuesta es: sí, y se llama Hedwig. En cuanto a las dos últimas, sí, es un regalo, pero no, no es para ti… - viendo que el dragoncito ponía cara de desilusión, añadió: - No te pongas así, ya te traeré algo la próxima vez. Pero Hedwig es para tu madre…

 

-         ¿Para… para mí? – preguntó Filia con incredulidad -.

 

Xellos asintió sonriente y le alargó a la dragona el brazo en el que Hedwig seguía posada. Filia dudó unos instantes.

 

-         ¡Vamos, no te hará daño! – la animó Xellos – Está amaestrada… Aunque eso sí – añadió metiendo la mano en su zurrón para sacar un guante de cuero, que le tendió a Filia – antes de cogerla, ponte esto. Tiene las uñas muy afiladas…

 

-         ¿Y tú? – preguntó la dragona al percatarse de que el demonio sostenía a ambas aves en sendas manos sin más protección que los finos guantes que siempre llevaba -.

 

-         Oh, bueno, ya me conoces. – dijo Xellos sin darle mayor importancia – Soy todo un masoquista; no hay nada que me produzca más placer que el dolor físico, propio o ajeno…

 

-         Me lo imaginaba… - murmuró Filia con una gota de sudor en la frente, al tiempo que se ajustaba el guante. Seguidamente Hedwig saltó hacia su mano y comenzó a arreglarse las plumas satisfecha, sin importarle que Filia le acariciara la cabeza – La verdad es que es muy dócil…

 

-         Ya te lo dije: está bien amaestrada. ¡Y eso que la empecé a entrenar hace sólo un mes! Con Hermes en cambio llevo más tiempo…

 

-         ¿Hermes?

 

-         Mi búho gris. – aclaró Xellos mostrando al ave en cuestión, que agitaba las alas nervioso – Es mejor que les vayas enseñando la casa… ya sabes, para que se familiaricen…

 

-         Jiras: ¿Querías encargarte tú de Hedwig y Hermes, por favor? – preguntó Filia pasándoselos -.

 

No le costó mucho a Jiras sostenerlos, ya que él ya llevaba guantes de cuero. Segundos después, el hombre-zorro y su compañero troll, así como el pequeño Val, abandonaron la cocina. Ninguno de los dos sirvientes se fiaba del demonio; ya había sido antes enemigo de su señor Valgaarv y estaba claro que a su actual patrona no le agradaba su presencia…

 

-         ¡Mas te vale explicarme de qué va todo esto, demonio! – le dijo Filia a Xellos en tono amenazante -.

 

-         Pensé que había estado muy mal despedirme la última vez, sin ni tan siquiera decirte cuando volvería. – empezó el demonio – Así que pensé que lo mejor sería establecer un sistema de mensajería, vía búho…

 

-         Pensaba que los demonios os comunicabais a través de las mentes… - observó Filia -.

 

-         En condiciones normales, sí. – aclaró él – Pero en caso de una guerra entre demonios, sería peligroso. Piensa que todos los demonios tienen el poder de leer la mente, lo que implica que pueden interferir las conversaciones mentales también. Así que para evitarlo mi señora y yo aprovechamos su poder sobre las bestias para establecer nuestro propio sistema de comunicación. Empezamos a entrenar varios animales para que pudieran hacer de mensajeros… y yo entrené a un búho gris…

 

-         ¿Te refieres a Hermes? – preguntó ella -.

 

-         Bueno, no exactamente a ese Hermes. – admitió él - En realidad ése es Hermes XII, el Hermes I murió hace más de 200 años…

 

-         Tienes una gran imaginación a la hora de inventarte nombres… - ironizó la dragona – En cualquier caso ¿cómo piensas que ese sistema va a funcionar?

 

-         Muy sencillo. – explicó Xellos – Cada vez que me vaya, mandaré a uno de los dos. A Hedwig la he entrenado poco tiempo y sólo puede seguir rutas muy cortas, así que te la enviaré cada vez que tenga previsto volver en un periodo relativamente corto de tiempo. En cambio, si tengo que ausentarme durante más tiempo, por la razón que sea, te enviaré a Hermes, que se conoce muchas más rutas y está mejor adiestrado. ¿Qué me dices?

 

-         Que espero que me envíes primero a Hermes. – replicó Filia – Me encantaría no verte el careto durante muuuuucho tiempo…

 

-         Tan amable y encantadora como siempre. – dijo Xellos con sorna – Bueno, ya que no tengo nada más que decir, mejor nos vamos.

 

Tras decir esto dio unas cuantas palmadas, haciendo que Hedwig y Hermes acudieran raudos a su llamada. Cuando el demonio estaba a punto de atravesar el umbral de la puerta, apareció súbitamente Valteria, quien había bajado rápidamente las escaleras siguiendo a las dos aves.

 

-         ¿Se marcha ya, señor Xellos? – preguntó Val algo desilusionado – Pero volverá pronto ¿verdad?

 

-         Bueno, eso no depende de mí… - respondió Xellos – Pero no te preocupes, Mamá ya te dirá cuando voy a regresar ¿verdad, dragón dorado? – añadió guiñando un ojo a Filia -.

 

Filia no respondió.

 

-         En fin, hasta la vista, Val-chan. Y tú cuídate, labios de lagartija.

 

Y tras esta despedida y hacer alzar el vuelo a su búho y lechuza amaestrados, desapareció. Otro tanto hicieron sus aves a medida que volaban hacia el horizonte.

 

Val, sin embargo, tenía una duda en la mente.

 

-         Mamá… ¿porqué el señor Xellos te llama así? ¿Es que os habéis besado alguna vez?

 

-         ¿¿¿¿QUÉEEE???? ¿¡Por … porqué preguntas esas cosas, Val-chan!? – balbució Filia - ¡Yo…jamás… en mi vida… con un demonio… ni hablar! ¡No sé de dónde has sacado una idea tan absurda!

 

A pesar de que la creía, a Valteria le parecía tremendamente sospechoso el hecho de que mientras decía esto, Filia cogía paulatinamente un tono escarlata en el rostro.

 

                                               *          *          *

 

Contra los deseos de Filia, la primera de las aves en aparecer fue Hedwig.

 

Fue justo a la tarde del día siguiente. Filia estaba lavando los platos de la merienda (los amigos de Valteria habían venido a merendar, así que la dragona tenía trabajo para rato), cuando la lechuza blanca entró a través de la ventana de la cocina. Aterrizó en la encimera, justo al lado de ella, y tras arreglarse las plumas, alzó una de sus patitas, en la que había atado un mensaje. Filia, llena de curiosidad, le desató el mensaje, lo desplegó y pudo leer la siguiente inscripción:

 

Buonjorno, princessa!!

 

-         ¿Te gusta mi mensaje?

 

Filia se giró para ver, cómo no, a Xellos sonriéndola pícaramente.

 

-         No creo que resulte adecuado. – respondió la dragona – Después de todo yo no soy una princesa…

 

-         Oh, para mí si que lo eres… - dijo Xellos cogiéndole gentilmente de la mano. Cuando Filia empezaba a ruborizarse por el halago, el demonio añadió picarón: - ¡La princesa de las lagartijas, claro!

 

Iba Filia a responderle con un mazazo, cuando su hijo entró en la cocina a toda velocidad.

 

-         ¡Señor Xellos! – exclamó entusiasmado, al tiempo que se tiraba sobre el demonio, haciendo que casi perdiera el equilibrio, y preguntó a continuación: - ¿Me has traído algún regalo?

 

-         ¡Val-chan! – le reprochó su madre -.

 

-         Tranquila, Filia, no pasa nada porque pregunte. – dijo Xellos quitándole importancia – Además, tiene razón: le debía un regalo y… - hizo un par de movimientos de mano y sacó una cajita de la nada - … aquí está.

 

-         ¡Guau! – exclamó Val cuando al abrir la caja encontró una esfera brillante de color rojo - ¿Qué es, señor Xellos?

 

-         Luego te explicaré para qué sirve. – respondió simplemente – Ahora enséñaselo a tus amigos, yo tengo que hablar de algo con Mamá…

 

Valteria obediente, salió de la cocina, gritando de júbilo. Ese momento lo intentó aprovechar Filia para reprender al demonio.

 

-         ¿¡Cómo te atreves a llamarme lagartija, demonio!? ¡Además no te consiento que malcríes a mi hijo de esa…! – se detuvo en seco cuando de repente Xellos sacó un paquete, de forma rectangular y fino, y se lo tendía frente a las narices - ¿Qué es eso?

 

-         Ábrelo. Te gustará. – le instó el demonio -.

 

No demasiado convencida de sus intenciones, aunque muerta de curiosidad, Filia obedeció. Cuando consiguió rasgar el envoltorio, vio que era un librito. Se trataba en realidad de una guía, cuyo título versaba: «Cerámicas del mundo y cómo fabricarlas»

 

-         Pero… ¿Cómo… dónde… cuándo? – balbució filia sin poder creérselo -.

 

-         Me pasé hace una semana por Femenil – aclaró Xellos – Estaban poniendo una exposición de objetos de cerámica y en la tienda de recuerdos encontré esta guía… Pensé que tenía que compensarte por haber cuidado tan bien de mi broche…

 

-         Yo… - siguió balbuciendo Filia, ojeando las páginas de aquel librito como si fuera lo más maravilloso del mundo – Xe