Capítulo 8: El heredero de Sailon
El cielo azul. Tan apacible, tan hermoso, tan tranquilo… Un cielo que cubría como un manto protector una tierra donde criaturas tan extrañas como maravillosas crecían y se reproducían. Los dragones se destacaban entre las criaturas más majestuosas… dragones como la que en ese momento surcaba aquel cielo azul.
Índiga sobrevolaba lo que, según el mapa, debía ser la frontera entre el sur de Zefilia y el norte del Reino de Elmekia. Erimor ya no quedaba muy lejos, a duras penas a unas horas de viaje, y a lomos de Índiga, aquello no les llevaría más de unos minutos. Sin embargo había quien no podía esperar…
- ¿Porqué gruñes, Índiga, te pasa algo? – preguntó Andracis.
- ¿A mí? Si yo no he dicho nada… - respondió Índiga volviendo su cabeza hacia su interlocutor ligeramente -.
- He sido yo… - admitió Mina y como para demostrarlo, su estómago volvió a rugir – Estoy muerta de hambre… ¿No podríamos pararnos en una posada o algo así?
- No sería muy prudente, Mina. – intervino Valteria -.
- Cierto. – corroboró Andracis – Además, ya no falta para llegar a Erimor, así que aguántate y deja de quejarte…
- ¡Aaaaaargh! ¡No quiero esperar! – protestó Mina, pataleando como una chiquilla rabiosa - ¡Llevo dos días sin comer y casi sin dormir! ¡Y si no hago pronto una de las dos cosas, voy a cometer una locuraaaaaaaaaaaaaahhh!
Sin previo aviso, Índiga hizo una maniobra forzada, volando en picado lateral hacia la izquierda, que por poco no hace que la hechicera saliera despedida.
- ¡Eh! ¡¿Porqué lo has hecho?! – preguntó Mina indignada -.
- ¡Por eso! – señaló Xellos a un punto en la lejanía, justo detrás de ellos -.
Cuando Mina se giró, contempló sorprendida cómo tres dragones dorados les perseguían amenazadores. Uno de ellos, el del centro, lanzó su aliento de fuego contra Índiga, quien esquivó nuevamente el ataque, aunque esta vez Mina había tenido tiempo de agarrarse fuertemente a los cabellos de la dragona.
No por ello sin embargo los dragones dejaron de atacarles; los otros dos lanzaron a continuación y de forma simultánea sus alientos de fuego, que Índiga evitó haciendo un looping en el aire. Esta vez fue Xellos el que casi sale despedido, aunque afortunadamente fue lo bastante rápido como para teletransportarse y luego reaparecer levitando al lado de su hija.
- ¡Tengo una idea! – exclamó de pronto Valteria poniéndose en pie y encarándose a los tres dragones perseguidores con la determinación pintada en el rostro - ¡VAN RHEIL!
Nada más decir aquello, un haz de placas de hielo surgió de sus manos en dirección a sus atacantes. Al acercarse a sus víctimas, las placas se desplegaron mostrando una red de hielo en la que los dragones quedaron atrapados.
- Eso los retendrá un tiempo… - dijo Valteria con satisfacción, pero de pronto ocurrió algo inesperado - ¿QUÉ?
Sin saber cómo, los tres dragones lograron liberarse de inmediato de sus ataduras y continuaron con la persecución y los ataques sin inmutarse lo más mínimo.
- Son mucho más fuertes de lo que creía… - comentó Val contrariado -.
- ¡No queda más que una solución! – dijo Mina con decisión y tras ponerse en pie empezó a conjurar: - “Más negro que la oscuridad, más rojo que la sangre que fluye, enterrado en las corrientes del tiempo…”
Mientras el hechizo empezaba a tomar forma en las manos de la joven hechicera, Índiga dirigió la mirada hacia atrás, hacia los tres dragones que les atacaban. Por alguna razón extraña se le hacían tremendamente familiares… claro que era fácil que se sintiera de algún modo identificada con alguno de sus congéneres, pero tenía la impresión de que a esos tres en particular los conocía de algo…
Finalmente cayó en la cuenta.
- “…En vuestro sagrado nombre ahora juro a la oscuridad… ¡Por el poder que vos y yo poseemos, que los estúpidos que se interpongan en nuestro camino…!” – Mina ya casi había acabado el conjuro, cuando fue interrumpida por Índiga:
- ¡Espera, Mina! ¡No lo hagas! – le rogó la semi-dragona -.
- ¿Eh? – preguntó Mina perdiendo la concentración - ¿Qué…? ¡¡Uaaaaaaaah!!
No tuvo tiempo de pedir explicaciones, porque en ese momento la dragona descendió en picado, llevándose algunos árboles del bosque por delante. Cuando se hubo detenido, les indicó a los demás que se bajaran. Ellos obedecieron, aunque no entendían muy bien aquel cambio de actitud.
- ¡Creo que ya sé quienes son! – explicó Índiga mientras remontaba el vuelo - ¡Vosotros esperadme aquí, intentaré hablarles!
Mina hizo ademán de intentar detenerla, pero Xellos la detuvo interponiendo su báculo entre las dos amigas.
- Recuerda que lleva sangre de dragón dorado en las venas, Mina. – dijo el demonio mirando como su hija se alejaba – Confiemos en ella. Tengo la impresión de que sabrá manejar correctamente la situación…
La hechicera asintió y se limitó a observar cómo su amiga volaba hasta encararse con los tres atacantes, que se detuvieron en el acto y permanecieron aleteando suspendidos en el aire mientras Índiga les hablaba en una lengua desconocida para sus oídos humanos, un lenguaje compuesto a base de pequeños rugidos y gorjeos. Cuando acabó, los tres dragones se miraron entre sí confundidos y seguidamente descendieron junto con Índiga, quien volvió a su forma humana en cuanto tocó tierra.
- No hay peligro. – dijo dirigiéndose al grupo – Son unas viejas conocidas, ahora os las presentaré…
Fue decir aquello y tres resplandores dorados aparecieron cerca. Cuando se disiparon, pudieron contemplar a tres muchachas con atuendos de sacerdotisa similares al que llevaba Índiga. La primera, la que estaba situada a la izquierda, tenía el pelo azul marino, parte del cual estaba recogido en una coletilla mientras que otros dos mechones caían sobre sus hombros. Sus facciones eran suaves y agradables, acentuándose esta belleza con unos ojos del color del lapislázuli y unos pequeños pendientes hechos con perlas colgaban de sus orejas puntiagudas, una característica típica de los dragones que, al contrario que sus otras dos compañeras, no se molestaba en ocultar. La segunda, la del centro, era además la que aparentaba menor edad, ya que aunque tenía cuerpo de mujer, sus facciones eran más aniñadas, incluso sus ojos, de color rosa fucsia muy fuerte, tenían un brillo especial que delataban su inocencia. Su pelo, de un color similar al de Mina, estaba recogido en un intrincado peinado adornado con dos pares de esferas rojizas, que en conjunto ocultaban sus orejas. La tercera, situada a la derecha, era la más mayor de las tres, al menos en apariencia; no sólo su cara era más afilada y adulta, sino que sus ojos, de color miel, desprendían más madurez. Su pelo rizado de un tono rubio anaranjado estaba cortado un poco por encima de la barbilla y su frente estaba adornada por una tiara con perlas en el centro.
- ¡Señorita Índigaaaaa! – dijeron las tres dragonas a coro al tiempo que corrían a abrazarse llorosas a la aludida, quien casi se asfixia por el triple abrazo -.
- ¡La hemos buscado por todas partes, señorita Índiga! – dijo la dragona de cabello azul -.
- ¡Sí, nos teníais muy preocupadas, señorita Índiga! – corroboró la dragona de pelo rosa -.
- ¡Empezábamos a temernos lo peor, señorita Índiga! – añadió la dragona rubia -.
- ¡Chicas, chicas, ya vale, por favor, dejadme respirar! – protestó la semi-dragona luchando por librarse de la presión a la que estaba siendo sometida. Cuando por fin logró que la soltasen, suspiró y empezó con las presentaciones: - Éstas son tres de las damas de honor de Gabriele: Crystal, Yumei y Selena. Chicas, éstos son mis compañeros de viaje: Mina, Valteria y Andracis.
- Lamentamos mucho lo ocurrido. – se disculparon las tres dragonas ante los aventureros -.
- Bueno, no tiene importancia… - dijo Mina -.
- ¡Pero es que nosotros detectamos una presencia maligna, señorita Índiga, por eso atacamos! – añadió Yumei -.
- ¿Una presencia maligna? – preguntó Val - ¿A qué os referís?
- ¡A un demonio, naturalmente! – le espetó Crystal como si aquello fuera evidente -.
- ¡Sí, un demonio cruel, feo y asqueroso! – corroboró Selena -.
- Conque cruel, feo y asqueroso… Hum… ¿No se referirán a mí, señoritas? – preguntó Xellos apareciendo repentinamente detrás de ellas -.
- ¡¡¡AAAAAAAAAAHHH!!! – exclamaron las tres al unísono, abrazándose las a unas a las otras y a continuación, señalándole acusatoriamente, dijeron al tiempo: - ¡¡ES ÉL!!
La siguiente reacción de las tres dragonas fue interponerse entre Índiga y Xellos. La mayor de las tres incluso llegó a sacar un arma de debajo de sus faldas, que al desplegarla por completo resultó ser una especie de maza de mango largo rematada con una cuchilla con la que amenazó al demonio.
- Ni un paso más. – dijo ésta tajantemente -.
- ¡Eso! – corroboró la dragona peliazul colocándose en posición - ¡O probarás mis llaves de yudo!
- Sabemos quién eres. – añadió la más joven abrazando fuertemente a Índiga hasta casi ahogarla - ¡Y no permitiremos que le toques ni un pelo a nuestra señorita Índiga!
- Chicas, por favor esperad un momento… - interrumpió la semi-dragona casi sin aliento – No es lo que os pensáis… este demonio es…
* * *
- ¡¡¡¿¿¿QUÉEEEEEE???!!! ¡¡¿¿QUÉ XELLOS METTALIUM ES VUESTRO PADREEEE??!! – exclamaron Crystal, Yumei y Selena al tiempo. Seguidamente las tres lanzaron simultáneamente miradas de sospecha a Xellos, a quien un enorme gotón de sudor le empezaba a asomar por su frente -.
- ¡Seguro que la abandonó! – sentenció Crystal -.
- ¡Era de esperar de un despreciable demonio como él! – añadió Selena mirando al aludido con desprecio -.
- ¿No le da vergüenza, ser tan mal padre? – le espetó Yumei -.
- ¡Calma, chicas, calma! – les tranquilizó Índiga – No es cuestión tampoco de que le acuséis de esa forma…
- Sentimos ser tan groseras señorita Índiga – se disculpó la más mayor – pero es que ver a este… namagomi me da náuseas…
- ¿Porqué todas las dragonas tienden a calificarme con ese adjetivo? – pensó Xellos en voz alta sudando aún más -.
- Además, sencillamente todavía no nos lo podemos creer, señorita Índiga… - añadió Yumei, haciendo caso omiso del demonio -.
- Sí, con lo buena que es usted, señorita Índiga, es una desgracia que tenga como padre a ese despreciable namagomi… - terminó Crystal a punto de echarse a llorar -.
- ¡Y dale! – protestó Xellos de nuevo a punto de perder la paciencia (ya le empezaba a dar un tic nervioso en la ceja de tanto oír “namagomi” por aquí y por allá) -.
- ¿Y dónde está nuestra señora Gabriele, señorita Índiga? – preguntó Selena, cambiando de tema -.
- Sí, dijo que iba a buscaros cuando se marchó del templo hace dos días, pero no la vemos con vos… - señaló Crystal -.
La mirada de la pequeña dragona-demonia se nubló de tristeza.
- Es que… - empezó apretando los puños sobre su falda -.
- ¡Oh! ¿No me digáis que…? – dio un respingo Yumei, temiéndose lo peor -.
- ¡Seguro que él la mató! – exclamó Selena señalando con su arma a Xellos - ¡Confiesa, maldito desgraciado!
- No, no fue Xellos. – les aclaró Val con voz queda – Fue Sherra.
Las tres dragonas dieron un respingo de sorpresa al tiempo y se miraron las unas a las otras con una mezcla de pena y miedo.
- Sherra… La terrible Sherra Garrusherra… - murmuró Yumei -.
- Parece como si todas nuestras desgracias nos vinieran de ella… - dijo Selena con pesar -.
- Sí, primero el templo y ahora… - corroboró Crystal -.
- ¡Un momento, un momento, chicas! – las interrumpió Índiga al oír esto último - ¿Qué queréis decir con eso? ¿Qué ha pasado en el templo?
Las chicas tardaron un poco en responder. Finalmente la rubia suspiró.
- Íbamos a decírselo a nuestra señora Gabriele, pero supongo que ya no vale la pena ocultarlo más – dijo Selena - ¿Verdad chicas?
Las otras dos asintieron.
- Sherra… ha descubierto el templo. – empezó Crystal – Lo ha destruido por completo y se ha instalado en las ruinas de Sailon… Todos los dragones se han visto obligados a huir…
- ¿Huir? ¿Qué clase de dragones sois vosotros? – exclamó Mina indignada - ¿Porqué no les plantasteis cara?
- Lo hicimos. – respondió Yumei – Algunos de nuestros mejores guerreros se enfrentaron a ella pero…
- …fueron derrotados…¡Por culpa de esa maldita espada de Luz que Sherra llevaba! – continuó Crystal llena de rabia y dolor - ¡No tuvieron ni la más mínima oportunidad de defenderse mientras esa demonia les partía en dos…!
- Los ancianos evacuaron el templo – añadió Selena – y condujeron a todos los dragones rumbo a las montañas de Kaatar, como nos dijo nuestra señora Gabriele que hiciéramos en caso de que ella no volviera… En cambio a nosotras nos mandó buscarlas a ella y a vos, señorita Índiga, para avisarles de lo que estaba pasando…
Todos estaban conmocionados por la noticia. Después de la muerte de su líder, aquel era el golpe más bajo que habían recibido los dragones del templo oculto de Ragardia. Mina sobretodo estaba preocupada por Índiga; sabía muy bien que ella era la que más sufría. Abrió la boca para hablar, pero la dragona se le adelantó.
- ¿Qué debo hacer?
La pregunta dejó sin palabras al resto del grupo.
- Tengo que socorrer a los míos, - aclaró Índiga – pero prometí ayudaros a llegar a Erimor para llevarle la cura a la madre de Andracis lo antes posible… No quiero faltar a mi promesa… pero tampoco quiero dejar de lado a los dragones del templo, justo cuando más me necesitan… ¿Qué se supone que debo hacer ahora…?
Mientras tras decir eso último unas lágrimas de impotencia empezaban a aflorar en sus ojos, un silencio se instauró entre los allí presentes. Un silencio que se rompió cuando Xellos dijo:
- No vayas a Sailon. Es una trampa.
- ¿Una trampa? – exclamó Mina girándose repentinamente hacia él, al igual que los demás - ¿Qué estás diciendo?
- ¿Porqué Sherra se arriesgaría a echar a todo un clan de dragones de su territorio, sólo para instalarse en Sailon? – dijo el demonio a modo de pregunta retórica – Es un terreno sin nada de valor. Pero Sherra no es tan estúpida como para conquistar algo que no le fuera de utilidad… Además hay otra cosa en todo esto que no me cuadra: Se supone que Sherra va detrás de Índiga ¿verdad? Entonces… ¿porqué no la hemos vuelto a ver después de su enfrentamiento con Gabriele? ¿Qué necesidad había de enviar a los Soul Reapers para destruir a mi hija, cuando podría perfectamente hacerlo ella misma?
- ¿Adónde quieres ir a parar? – esta vez fue Val el que le interrogó -.
- ¿Es que no lo entendéis? Sherra ha decidido cambiar de estrategia. – se explicó – Se ha dado cuenta que atacando a Índiga directamente no conseguirá nada, porque nosotros estamos allí protegiéndola y que la única manera de tenerla a su alcance es usando un cebo. En pocas palabras: Sherra ha reconquistado Sailon y destruido el templo con el único fin de atraerte. – concluyó señalando a su hija -.
Selena se levantó súbitamente, con los ojos llameantes de furia:
- ¿Estás sugiriendo que no haga nada; que se quede de brazos cruzados, así, sin más?
- Sí. – afirmó el demonio – Es lo más prudente en este caso.
- ¡Dirás que es lo que más te conviene! – saltó Crystal – Después de todo ¿quién nos dice que no estás intentando, en realidad, ayudar a Sherra a que capture a la Señorita Índiga?
- ¡Tiene razón! – señaló Yumei - ¡Eres un demonio y los demonios siempre maquináis juntos todas las malas acciones que cometéis!
- Eso es absurdo. – dijo Xellos sudando de vergüenza ajena – Para empezar, Sherra y yo hemos sido rivales desde hace milenios. No ganaría nada con ayudarla… Y en segundo lugar, ahora soy un proscrito entre los demonios, ya no tengo nada que ver con ellos…
- ¡Razón de más! – exclamó Selena señalándole de forma acusadora - ¡Seguro que serías capaz de traicionar a la señorita Índiga con tal de recuperar tu posición entre los demonios!
- ¡Eso, eso, confiesa! – se unieron las otras dos -.
- ¡Aaaaaargh! ¡Basta ya, vosotras tres! – estalló Mina - ¡No se trata de saber si Xellos es un traidor o no, se trata de decidir qué es lo que debemos hacer respecto a Sherra!
- Índiga… - intervino Val, posando una mano sobre el hombro de su hermana – Sabemos que esto es muy importante para ti. Decidas lo que decidas, te apoyaremos…
- Lo sé, pero… - murmuró Índiga – Es que… sencillamente no sé qué hacer… Además ¿y si realmente fuera una trampa? ¡No quiero poneros a todos en peligro por mi culpa! – concluyó con sus ojos inundándose una vez más en lágrimas -.
Cuando ya nada parecía poder sacar a la dragona de su desconsuelo, ocurrió algo inesperado: Andracis, se puso frente a ella y cogió una de sus manos con las suyas propias, mirándola a los ojos con decisión. La dragona y todos los demás permanecieron mudos de asombro.
- Índiga – dijo – juro por mi honor y por la justicia que haré lo imposible por ayudarte, pero necesito que tú también me ayudes a llegar a Erimor. De momento haz caso a tu padre… después cuando hayamos curado a mi madre buscaremos una solución…
- Pero… - objetó ella -.
- No te preocupes. ¡Todo saldrá bien! – concluyó el joven hechicero cerrando los ojos risueño y con una sonrisa * -.
Índiga ocultó su mirada detrás de su espeso flequillo por unos instantes que parecieron eternos. Finalmente, volvió a levantar la mirada, descubriendo unos ojos tan risueños como los de Andracis.
- De acuerdo. – accedió levantándose - ¡Iremos primero a Erimor y luego pensaremos en cómo patearle el trasero a Sherra!
- ¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIII!! – exclamaron las otras tres dragonas entusiasmadas, mientras el resto dudaba entre sumarse al entusiasmo colectivo o sudar por el comentario tan radical de Índiga -.
Sin más tardar, Índiga volvió a tomar su forma de dragón y se agachó para permitir que Mina, Andracis y Val se subieran a sus espaldas.
- Vosotras tres podéis regresar con los demás. – les dijo la semi-dragona a sus tres compañeras – Ya habéis cumplido vuestra misión, así que no es necesario que nos sigáis…
- ¡Pero queremos hacerlo, señorita Índiga! – exclamó Crystal -.
- ¡Nos gustaría ayudarla en todo lo que podamos! – añadió Yumei -.
- ¡Os protegeremos de cualquier peligro, señorita Índiga! – terció Selena -.
- Está bien, está bien… - las interrumpió ella – Podéis venir, pero será mejor que antes nos repartamos los pesos: yo y Andracis encabezaremos la marcha, dos de vosotras podéis cargar con Mina y Valteria…
- ¿Y yo? – preguntó Xellos con carita de inocente -.
- ¡¡¡TÚ TE VAS A PASEO, NAMAGOMI!!! – gritaron el trío de dragonas al tiempo -.
Viendo que ninguna de ellas estaba dispuesta a cargar con él, y haciendo grandes esfuerzos por reprimir sus ganas de matarlas por llamarle namagomi, Xellos decidió trasladarse por el plano Astral.
- Ah, está bien. – dijo al tiempo que desaparecía – En ese caso me adelantaré. ¡Nos veremos más tarde!
De ese modo, las cuatro dragonas remontaron el vuelo rumbo a Erimor, situadas de esta manera: Índiga al frente, junto con Andracis y el trío vigilando la retaguardia, Selena en el centro, flanqueada por Crystal cargando a Val a su derecha y por Yumei con Mina a la izquierda.
Al principio todo marchaba bastante bien, hasta que Yumei oyó cómo Mina resoplaba con fastidio.
- No quisiera entrometerme – dijo – pero noto que algo os preocupa, señorita Mina…
- Ésa Índiga… - murmuró Mina malhumorada - ¡Mírala cómo disfruta charlando con Andracis de sus cosas! Es tan vomitivo…
- ¡Ay, se ve que lo amáis profundamente, por eso tenéis celos! ¿Verdad?
Al hacer ese comentario, al principio Mina se sonrojó totalmente cortada. Cuando consiguió reaccionar, lo hizo de muy mala manera…
- Esa clase de comentarios pueden costarte muy caro… - amenazó la hechicera ocultando su mirada y empezando a conjurar un matadragones al tiempo que sonreía de forma sádica con un par de afilados colmillos brillando peligrosamente -.
- ¡Lo siento, no quería ofenderos! – lloriqueó la dragona asustada -.
* * *
El sol del mediodía caía a plomo sobre un campesino que labraba en su pequeño huerto aquella mañana. El sudor recorría cada milímetro de su piel verdosa y cubierta de pequeñas rocas aquí y allá. Dejó un momento de clavar la azada y bebió un poco de su cantimplora. Sus cabellos lilas metalizados brillaban por el reflejo del sol abrasador. Pronto tendría que volver a casa y comprobar que su mujer estaba bien.
Le preocupaba. La fiebre que la afectaba, ya de por sí alta, había subido considerablemente en los últimos días. No le gustaba dejarla sola, pero ahora que su hijo no estaba, y con ella enferma, él tenía que encargarse de hacerlo todo, desde limpiar hasta conseguir comida y cocinarla…
Otro punto que le preocupaba: su hijo. Hacía mucho tiempo que no sabía de él… ¿Cuánto hacía ya que se había marchado de casa? ¿Un mes? ¿Dos meses? Puede que más incluso… No sabría decirlo y eso aumentaba su preocupación. De Erimor a Zefilia había como mucho una semana y media de camino. Y de Zefilia a las montañas de Kaatar, para ir a buscar la auténtica Biblia Clair, unos 20 días… Demasiado tiempo había pasado. ¿Qué había ocurrido? ¿Porqué se demoraba tanto?
Zelgadis sacudió la cabeza. Cuanto más pensaba en ello más angustiado estaba. Y un hombre en momentos así debía mantener la cabeza fría. Se dijo a sí mismo que ya era momento de volver para ver cómo estaba Amelia.
Se cargó la azada al hombro y miró atrás hacia el horizonte que se extendía sobre la pequeña colina sobre la que estaba construida la pequeña cabaña que le servía de hogar. De pronto oyó algo que le llamó la atención. Era una voz chillona y estridente, aparentemente la de una chica joven, que parecía quejarse de algo. Agudizando más el oído, logró descifrar lo que decía:
- ¡Índiga, mira que eres burra! ¡Cómo se te ocurre aterrizar entre los árboles! ¡Me he tragado lo menos tres nidos de pájaro carpintero!
- Lo siento Mina-san, ha sido un error de cálculo… - se disculpó su interlocutora, con voz casi inaudible -.
- Parad de discutir las dos. – les interrumpió otra voz, masculina esta vez, que le resultaba extrañamente familiar, aunque no lograba acordarse de quién podría ser – No nos falta mucho para llegar a casa de Andy y no es cuestión de andar montando una de vuestras escenitas…
¿Andy? ¿Se referirían quizás a Andracis?
No, no, Zelgadis, mantén la cabeza fría, se dijo a sí mismo. Habían cientos de personas que bien pudieran responder al nombre de Andy ¿Quién le decía que se estaban refiriendo a su hijo y no a otra persona?
- ¡Eh, mirad, ahí está mi padre! – exclamó otra voz masculina, sacándole de sus pensamientos - ¡Papá! ¡Eh, Papá, soy yo! ¡Papáaaaa!
Lo veía y todavía no lo creía. Allí subiendo la colina estaba él, su hijo Andracis.
Por fin había vuelto.
- ¿Andracis? – preguntó la quimera sin poder creérselo aún -.
- ¡Papá! – saludó Andracis subiendo a toda prisa la colina - ¡He vuelto con la…!
¡PAF! Sin darle tiempo a seguir, el joven recibió un golpe de pantufla en plena cara.
- ¡¿A qué ha venido eso?! – inquirió el joven enojado, dirigiéndose a su padre -.
- Te dije que no te demoraras. – le espetó éste de mal humor - ¿Se puede saber qué clase de tonterías has estado haciendo todo este tiempo?
- Ah, pues verás, es una historia un poco larga y… - empezó Andracis llevándose una mano a la nuca, hasta que de pronto cayó en la cuenta de que tenía algo más importante que hacer que darle explicaciones a su padre - ¡Pero no hay tiempo para eso! ¿Dónde está Mamá?
- Todavía en su cama. ¿Has traído la medicina? – preguntó Zelgadis -.
- Sí, aquí está. – respondió Andracis mostrándole el frasco azul que Aqua le había dado -.
- ¿Estás seguro de que esto…? – preguntó de nuevo la quimera -.
- Completamente – confirmó el joven – Pero hay que dársela enseguida.
Y diciendo esto, padre e hijo se dirigieron rápidamente al interior de la modesta cabaña de madera, seguidos de Mina, Valteria, Índiga y las tres dragonas damas de honor, Crystal, Yumei y Selena. Mientras, y haciendo caso omiso de los que les seguían, Andracis y Zelgadis seguían con su conversación acerca del estado de salud de la madre del joven.
- ¿Cómo está? – preguntó el chico -.
- Ha empeorado en los últimos días. – le informó su padre – La fiebre le ha subido y vuelve a tener temblores…
La quimera condujo a los cuatro adolescentes hacia una pequeña habitación, separada del resto de la casa (constituida únicamente por una sala-comedor-cocina-y-de-todo-un-poco de apenas cuatro metros cuadrados) por una puerta de madera que abrió con suma delicadeza para evitar molestar a la enferma que descansaba en su interior.
Aunque claro, lo de descansar era un decir… Nada más entrar en la pequeña habitación iluminada por la luz que pasaba a través de una única ventana, pudieron comprobar que tal y como muchas veces les había dicho Andy, el estado de su madre era francamente grave; la mujer estaba tumbada en su cama, situada en el único rincón de la habitación sumergido en la penumbra, jadeando ruidosamente en busca de aire con el que llenar sus pulmones y murmurando palabras completamente ininteligibles en medio de su delirio febril.
- Mamá… - la llamó dulcemente Andracis – mamá, soy yo, Andracis. vengo con tu medicina… - diciendo esto la ayudó a incorporarse un poco mientras abría en sello de la botella con los dientes – Bebe esto… Despacio…
Seguidamente la ayudó a abrir la boca para tragar algo del líquido azulado. La mujer se atragantó con el primer trago y empezó a toser. Su hijo le dio unas cuantas palmaditas en la espalda hasta que se le pasó el ataque de tos y siguió ayudándola a tragar el líquido. Fue sólo en ese momento en que Zelgadis se fijó en los otros tres adolescentes que habían venido con Andracis y Mina consideró que ya era hora de hacer las presentaciones oportunas:
- Un placer conocerle al fin, Maestro Zelgadis. – saludó la hechicera – Soy la increíble y todo poderosa Mina Gabriev. Mi madre Reena le manda recuerdos…
- ¿Tú eres la hija de Reena? – preguntó Zelgadis incrédulo, tras lo cual la echó un vistazo de arriba abajo – Hum… Debí sospecharlo… Las dos estáis igual de…
- ¡¡¡No lo diga, señor Zelgadis!!! – exclamó Valteria alarmado tapándole la boca a la sorprendida quimera - ¡Que luego se cabrea y es capaz de destrozar la casa!
- ¡O peor, incendiarla! – añadió Índiga -.
- ¿Eh? ¿Qué os pasa? – preguntó Mina confundida - ¿De qué estáis hablando…? ¡¿No será de mis pechos, verdad?! – inquirió cuando por fin logró entender por donde iban los tiros – ¡¡Os advierto que como sea de mis pechos de lo que estéis hablando…!!
Pero Zelgadis ya no escuchaba las amenazas de la hija de Reena. Su atención ahora estaba centrada en el joven de cabellos turquesa que le había tapado la boca. Aquellos ojos, aquellas marcas en las mejillas, aquella voz… Por supuesto que le había sonado antes… habían pasado los años y a pesar de haber renacido, aún conservaba el aspecto de rebelde sin causa con el que le conociera hace 18 años…
- ¿Val? – preguntó sorprendido - ¡Vaya es increíble! ¡La última vez que te vi, todavía eras un bebé en brazos de Filia!
- ¿Conoció usted a mi madre? – preguntaron al tiempo Valteria e Índiga. Al darse cuenta de lo que habían hecho se miraron y sonrieron ligeramente -.
- ¿Y tú quién eres, si puede saberse? – preguntó Zelgadis al percatarse finalmente de la presencia de la semi-dragona de pelo índigo -.
- ¡Ah, es cierto, no me he presentado! Soy Índiga Mettalium, encantada de conocerle, señor Greywords.
- ¿Mettalium? Oh, no… ¿me estás diciendo que tu padre es…?
- ¡Desde luego, es mi hija, en efecto! – dijo Xellos apareciendo finalmente, justo detrás de la quimera - ¿Qué tal, chico piedra? ¡Cuánto tiempo sin vernos!
- Y desearía que hubiese sido mucho más tiempo… - murmuró Zel de mal humor – No puedo creerlo… Jamás pensé que Filia pudiese caer tan bajo y reproducirse contigo, con lo sensata que parecía…
- Si por sensatez te refieres a ponerse histérica e intentar golpearme con la maza cada vez que detectaba mi presencia, entonces tienes un concepto bastante raro de lo que es sensato, Zelgadis-kun… - bromeó Xellos -.
- ¿De…de verdad Mamá hace esas cosas…? – le preguntó Índiga a su hermano con un gotón de sudor rodando por su frente -.
Antes de que Valteria pudiera responder, todos volvieron su atención a la madre de Andracis, que milagrosamente, después de tomarse el brebaje que Aqua le había dado al joven hechicero, había recuperado su salud. Era muy hermosa, de tez pálida destacada por unos cabellos oscuros, casi negros, de corte algo corto y aspecto desaliñado y con unos preciosos ojos azul profundo. Ya no tosía ni sudaba por la fiebre, incluso tenía fuerzas para sentarse sobre el reborde de la cama. Zelgadis, entre asombrado y lleno de felicidad, fue hacia donde estaba su mujer, por fin sonriente después de tanto tiempo, la abrazó y la besó con todo el amor y la pasión de que era capaz. No cruzaron ni una palabra, ni falta que les hacía; aquellos gestos por parte de Zel bastaban para hacerle saber que se alegraba de volverla a tener a su lado.
La enternecedora escena, sin embargo, fue interrumpida por Xellos, que ni corto ni perezoso hincó una rodilla en el suelo y se inclinó respetuosamente ante la madre de Andracis.
- Celebro ver que ya ha recobrado la salud, señorita Amelia Alset… ¿O debería decir – añadió con una sonrisa pícara y guiñando un ojo – Amelia Will Tesla Seyruun, hija segunda de Philionel El Di Sailon y por tanto soberana por derecho de sangre del Reino de Sailon?
* * *
Mina, Val e Índiga se quedaron con las bocas abiertas. ¿Acaso Xellos estaba diciendo que aquella mujer, aquella humilde campesina que tenían frente a sus ojos, era en realidad la hija menor del Príncipe Philionel de Sailon, la que desapareció hace 16 años, propiciando, de forma indirecta, la caída de la Capital de la Magia Blanca?
- Entonces es cierto… - soltó Andracis, muy serio -.
Aquello sorprendió todavía más no ya sólo a ellos, sino también a sus padres, que no se explicaban cómo podía haber averiguado aquel secreto tan celosamente guardado durante años.
Aunque Zel ya había sacado sus conclusiones…
- Grrrr… ¡Xellos! – exclamó Zelgadis enfurecido - ¿Con qué clase de sucias mentiras has llenado la cabeza de…?
- Déjalo, Zelgadis. – le interrumpió Amelia y ante la cara medio de estupor, medio interrogativa de su marido, aclaró: - Tarde o temprano tenía que pasar, después de todo… Es hora de que Andracis conozca sus verdaderos orígenes…
Seguidamente, la mujer se puso en pie, con algo de dificultad al principio ya que se había pasado prácticamente 15 años sin salir de la cama, y se dirigió a un pequeño tocador de madera. Abrió el primero de los tres cajones y sacó una caja forrada en terciopelo, ahora algo deteriorado por los años. Con aquella caja en sus manos se encaró a su hijo y la abrió ante sus ojos, mostrando una figura de un corazón con una corona encima y un castillo en el centro, que a su vez estaba adornado con una especie de pergamino en el que había escrita una leyenda.
- Este es el sello de la familia real de Sailon. – le explicó ella – La prueba de que tal y como ha dicho el Señor Xellos, soy la desaparecida princesa Amelia Will Tesla Seyruun…
- E… Entonces… - balbució Mina asombrada - ¿¿¿Es una princesa de verdad??? – tras unos minutos de reflexión, la hechicera se puso a dar vueltas a su alrededor, haciéndole la pelota, para vergüenza ajena de Amelia, a la que le salía una gota de sudor al tiempo que Mina le decía atropelladamente: - ¿Quiere que le haga un masaje? ¿Le limpio los zapatos? ¿Le beso los pies? ¿Le barro el suelo? ¿Le…?
Haciendo caso omiso del intento de peloteo por parte de la joven hechicera, Amelia continuó con las explicaciones.
- Hace ahora 16 años – dijo – mi padre quiso prometerme con el príncipe de un reino vecino. Sin embargo no estaba preparada para un matrimonio concertado, entre otras cosas – añadió mirando a los ojos de Zel mientras éste depositaba tiernamente una mano sobre su hombro – porque yo ya amaba a otra persona…
- Tu madre y yo decidimos, de común acuerdo, huir juntos. – continuó Zelgadis – Aquel día cogimos un caballo, salimos de Sailon y tras largos días de caminata llegamos hasta aquí y… en fin, el resto ya lo sabes…
- Pero… Mamá…¿tienes idea de lo que provocaste con tu marcha? – le riñó Andracis, entre enojado y confundido - ¡¿Te das cuenta de que, muy probablemente la historia de Sailon habría sido muy distinta si no hubieras decidido huir tan cobardemente?!
- ¡Jovencito, no te atrevas a juzgar a tu madre tan a la ligera! – dijo Zelgadis saliendo en defensa de su esposa – No tienes idea de lo que…
- Pero en el fondo tiene razón. – le interrumpió ella -.
- ¡Pero… Amelia…! – balbució Zelgadis tratando de decir algo, pero su esposa no le dejó continuar -.
- Zelgadis, cariño, las cosas como son, que ya no soy una niña. – le dijo antes de dirigirse de nuevo a su hijo: - Sí, Andracis, lo reconozco, fue una cobardía por mi parte… además, debo confesaros algo: creo que la razón por la que me puse tan enferma… fue porque estaba deprimida…
- ¿¡Deprimida!? – exclamó Zelgadis sin poder creérselo -.
Por eso Aqua me dijo que el problema de Mamá probablemente era de tipo emocional… meditó el joven Andracis para sus adentros.
- Sí… las noticias de la caída de Sailon me hicieron sentirme terriblemente culpable… y esa culpabilidad hizo que la mínima enfermedad que tuviera se agravara…
- ¡Pues claro! – cayó Índiga – Es algo que me solían decir los sacerdotes del templo respecto a la curación: a veces el hecho de sanar a una persona no depende tanto de lo eficaz que sea el método curativo, sino de la voluntad del paciente por curarse. Si dicho paciente tiene ganas de recuperarse pronto, es mucho más probable que el remedio surta efecto… pero si el paciente no tiene deseo alguno de curarse, entonces… - Índiga dejó la frase en el aire, pero todos sabían muy bien a qué se refería -.
- Así fue… yo… sé que diréis que es una tontería, pero… - a Amelia se le empezaban a inundar los ojos de lágrimas – Me sentía tan responsable por lo que le había pasado a Sailon, que pensé que no tenía derecho a seguir viviendo mientras el resto de mi familia había muerto defendiendo la ciudad…
- Amelia… - Zelgadis acercó el cuerpo de su mujer a su pecho, para que ésta pudiera desahogarse mientras él la consolaba -.
- Te equivocas, Amelia. – habló de pronto Xellos, captando su atención – Hubo otro miembro de la familia real que sí sobrevivió; Philionel logró escapar.
No bien acababa de sorprenderse Amelia con aquella noticia, cuando el trío de dragonas sacerdotisas le confirmó todo:
- ¡Es cierto! – Crystal fue la primera en hablar - ¡Nosotros nos encargamos de llevar a Philionel y a su gente lejos de la ciudad!
- ¡Le llevamos hacia las montañas de Kaatar, a ver a Milgazia! – añadió Yumei -.
- ¡Y él y unos cuantos más le llevaron hacia Elmekia, a la capital, para que estuviera a salvo! – terció Selena -.
- ¡Pero… eso es fantástico! – exclamó Zelgadis - ¿Has oído Amelia? – añadió dirigiéndose a su mujer -.
- Sí, lo he oído, pero… - dudó ella – No sé, después de tanto tiempo…
- Mamá… - intervino Andracis, cogiendo a su madre de ambas manos y mirándola directamente a los ojos - ¿Quieres volver a empezar de nuevo; redimirte, enfrentarte a tu pasado y dejar de huir?
Amelia, al principio, no supo qué decir. Se quedó largo rato, mirando a su hijo a los ojos, ojos grises, profundos, los mismos que tendría su padre antes de convertirse en quimera, y ese brillo, un brillo apenas perceptible, pero que al verlo era capaz de convencerte de cualquier cosa. De que todo era posible.
Y ella quería hacerlo. Ansiaba desde hacía tiempo enmendar su error de juventud. Un error que le llevó a separarse de su padre. No es que se arrepintiera, desde luego que no; su vida junto a Zelgadis, a pesar de la carencia de lujos, había sido mucho más dichosa de lo que habría sido si se hubiera quedado en palacio. Si pudiera retroceder en el tiempo, haría lo mismo una y mil veces. Sin embargo, sí hubo algo que jamás se perdonó: irse sin despedirse de su padre, a quien tanto quería e idolatraba. Un padre que se volcó siempre en ella, tras la muerte de su madre y la desaparición de su hermana mayor, de la que casi ni se acordaba ya…
Deseaba por encima de todo, verle, abrazarle, pedirle perdón…
…y tal y como decía su hijo, dejar de huir. De su pasado y de sí misma.
Finalmente afirmó con la cabeza con decisión, espantando las últimas lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.
- Entonces, vayamos a ver al abuelo. – dijo Andracis a continuación – Mañana por la mañana, en cuanto hayamos descansado un poco, iremos los dos a Elmekia…
- Los tres. – añadió Zelgadis poniéndose entre los dos – Al fin y al cabo yo también pertenezco a la familia ¿no?
- ¡Por supuesto! – afirmó Amelia abrazando al tiempo a su marido y a su hijo -.
Ante tan tierna escena, las tres sacerdotisas dragonas se pusieron a llorar a mares, emocionadas. Claro que no eran las únicas…
- Mina ¿estás llorando? – le dijo Val entre perplejo y divertido -.
- ¿Eh? ¡Ay, no, no es eso! – disimuló la hechicera, secándose rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano – Es que hay mucho polvo en la habitación y se me mete en los ojos…
- Ya, claro… - murmuró el dragón antiguo mirándola de reojo con una sonrisa en el rostro -.
- Oye, Papá, te encuentro un poco pálido… - señaló Índiga al ver que su padre se empezaba a poner un poco verde -.
- Je, je… Lo siento, hija – dijo Xellos tratando de disimular una sonrisa – es que ver escenas así… digamos que no es compatible con los demonios…
- ¿Ah, sí? Pues yo no noto nada… - meditó Índiga - ¿Será porque soy medio dragona?
- Probablemente…
- Lo que me recuerda… - interrumpió Zelgadis dirigiendo una fría mirada de desconfianza hacia el demonio – Xellos… ¿Cómo sabías tú que Philionel estaba vivo?
Pillado con las manos en la masa y sin posibilidad de excusa, Xellos no tuvo más remedio que confesar la verdad.
- Puessss… - empezó poniendo la mano en su nuca y con su típica carita de inocentón – Je, je… Me temo que fui yo el que ordenó atacar Sailon… una lástima, sí, pero qué le vamos a hacer… No… ¿No estarás enfadada conmigo, Amelia?
- Por supuesto que no. – dijo Amelia dulcemente – Después de todo, supongo que estarías cumpliendo órdenes de tus superiores, así que no te guardo ningún rencor…
- Jeje… Vaya, gracias Amelia, tu siempre tan comprensiva…
- Peeeeeero… - el tono dulce de la princesa había adquirido cierto tinte peligroso – a pesar de que te haya perdonado, tienes que compensarme por el gran error que cometiste…
- A-Amelia… - el demonio se había empezado a poner pálido - ¿¿Qu-Qué vas a hacerme??
- Voy a aplicarte el único castigo que sé que tiene efecto sobre ti… ¡Bien, chicos – añadió dirigiéndose a Zel y Andy – ya sabéis lo que tenéis que hacer! ¿No?
Afirmando al tiempo, padre e hijo, abrieron las persianas de la ventana, iluminando la figura de Amelia como si de un foco se tratara. La princesa por su parte agarró un altavoz y tras hacer las pertinentes pruebas de voz (“Sí… Probando… Uno, dos, tres ¿se me oye?”), empezó a cantar:
- ¡LA VIDA ES MARAVILLOOOOSAAAA!
- ¡SÍ, MARAVILLOSA, MARAVILLOSAAA! – cantaron los dos hombres haciendo de coro y bailando una suerte de vals, bien “agarraos” -.
Un aura de rayas apareció casi al instante alrededor del demonio, quien estaba tirado en el suelo sin poder levantarse, tan, tan verde que casi parecía azul…
- Creo que ya lo entiendo… - razonó Valteria aún cuando no podía parar de sudar de vergüenza ajena al ver semejante espectáculo – Los demonios se alimentan de los sentimientos negativos de las personas. Pueden soportar hasta cierto punto algunos sentimientos positivos si llegan de forma aislada, pero si se encuentran ante una sucesión muy manifiesta de efectos positivos, se ponen enfermos…
- Dicho de otra manera – dedujo Mina sudando tanto a más que su compañero – con ese salmo de alabanzas hacia la vida y lo maravillosa que es, Amelia le está provocando a Xellos una indigestión…
- …Algo así…
Y así durante un buen rato, Amelia siguió con su canción de la Vida Maravillosa, mientras en el suelo el pobre Xellos, hecho un trapito, balbuceaba varias incoherencias:
- Ameeeeliaaa… - gimió – Para yaaaa, no puedo soportarlo máaaas… Te lo ruegoooo….
* * *
Horas después, cuando Xellos ya se había recuperado, Mina tomó la decisión de acompañar a Andracis y a sus padres a Elmekia. El muchacho no se negó, más bien al contrario, se alegró mucho de poder seguir junto a Mina una vez más. Y pronto los demás también se apuntaron, incluidas las tres dragonas sacerdotisas, que se ofrecieron amablemente a llevarles a la ciudad.
Aquella tarde, mientras en la casa la gente se movía de un lado para otro, haciendo los preparativos para la cena de esa noche, Mina se escabulló para salir afuera a tomar algo de aire fresco. Se sentó tranquilamente bajo un árbol, contemplando la puesta de sol desde la colina donde se situaba la cabaña.
Cuando estaba en casa, en Zefilia, solía hacer eso; quedarse embobada mirando la puesta de sol o en su defecto las nubes sobre el cielo azul de la mañana. Le encantaba, era uno de su hobbys favoritos. Hacer aquello le proporcionaba una inmensa paz interior, justo lo que necesitaba en estos momentos.
Cuando más estaba disfrutando, el sexto sentido de Mina le puso alerta de repente. Arrancó rápidamente una rama cercana y la puso frente a sí.
Justo a tiempo para parar una espada que se le echaba encima.
Zelgadis permaneció estático durante unos minutos. Realmente la hija de Reena y Gaudy era muy buena. Con tan sólo una simple rama había conseguido parar su golpe. Claro que él tampoco había usado toda su fuerza con ella. Sólo quería probarla…
- Tienes buenos reflejos… - comentó la quimera envainando su espada de nuevo -.
- Gracias, Maestro Zelgadis. – agradeció la chica, tirando la rama a un lado -.
- No es necesario que me llames así. – murmuró Zelgadis con algo de sequedad -.
- Lo siento, pero no puedo evitarlo. – dijo Mina simplemente sentándose de nuevo. Zel no tardó en imitarla, poniéndose a su lado – Mi madre me habló siempre muy bien de usted. – aclaró a continuación – Decía que usted era un excelente hechicero y un gran espadachín, uno de los pocos capaces de compararse a ella… También solía decirme – añadió apoyando su barbilla en sus rodillas – que si alguna vez, por los motivos que fueran, me encontrara con usted, debía tratarle siempre con gran respeto. Y llamarle así es mi forma de mostrarle el gran respeto que le tengo, Maestro Zelgadis. – concluyó con una sonrisa -.
Zelgadis no pudo evitar sonreír. Rápidamente sin embargo, apartó la mirada de los ojos azules de Mina y la dirigió al brillante resplandor del sol poniente.
- Reena fue para mí siempre una gran amiga. – habló la quimera finalmente – Antes de conocerla yo no era más que un ser solitario y amargado… y añado también que era un asesino cruel y despiadado…
- ¡¿Cruel y despiadado… usted?! – Mina reaccionó con sorpresa ante tal revelación -.
- Así era yo, aunque ahora te cueste creerlo. – afirmó él y continuó – Supongo que tu madre te habrá contado porqué tengo este aspecto ¿no?
- Hummm… Sí, me lo dijo una vez. – recordó la h